Vidas minúsculas, de Pierre Michon

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FONT FACE=Georgia, Palatino, Times SIZE=3>Pesimismo vital
     Pierre Michon, Vidas minúsculas, traducción de Flora Botton, Seix Barral, México, 1999, 213 pp.
El recuerdo de un hombre mínimo, de un huérfano adoptado por sus bisabuelos en una provincia francesa, le salvó la vida a Pierre Michon, y lo convirtió en uno de los prosistas más originales y destacados de su país. La historia de André Dufourneau, el hijo postizo desprovisto de riquezas y blasones que parte a África a "hacerse rico o morir ahí", tomó cuerpo en un texto rico y lleno de musicalidad que en menos de veinte cuartillas da cuenta de una existencia que habría sido olvidada por completo de no ser por la escritura, y es también el testimonio del encuentro del autor con su voz narrativa.
     Decir que esa historia le salvó la vida a Pierre Michon no es una exageración: al tiempo que recordaba los recuerdos de su abuela sobre ese modesto aventurero, los exponía, glosaba y cuestionaba, el autor salía lentamente de un marasmo existencial y creativo que había durado varios años. Después de esa "vida", vinieron otras siete historias de familiares cercanos y nebulosos personajes secundarios de su infancia para conformar el libro de relatos Vidas minúsculas, que fue aceptado para su publicación por la prestigiosa editorial Gallimard en 1984 (además, Michon recibió la carta de aceptación con la firma de uno de sus autores preferidos, Louis-René des Forêts), obtuvo ese mismo año el premio France-Culture y marcó el inicio de un ascenso espectacular en la hasta entonces errática carrera literaria del narrador francés, nacido en Cards en 1945.
     Michon es un autor atípico y sin generación, pues comenzó a publicar a los cuarenta años —cuando los de su edad ya habían probado el éxito o la frustración—, aunque no sin influencias, como lo dejan ver sus citas y referencias a Faulkner, Conrad, Victor Hugo y Rimbaud. Autores canónicos y rebeldes, lenguaje clásico y vanguardia: todo cabe en su zurrón de lector devoto, siempre y cuando se trate de autores "intransigentes", esos que se distinguen por poseer una saludable dosis de rabia contra el estado de cosas. Su obra destila esa misma rabia, pero también ternura, y una mezcla de respeto e irreverencia por la belleza y la docilidad de la lengua francesa: sus párrafos mezclan arcaísmos y expresiones coloquiales con una aplastante naturalidad. Pero ante todo, la prosa de Michon, dentro de su extremada concisión (Vidas no pasa de doscientas páginas, y es su libro menos breve), es rítmica, sensorial, palpitante, con abundantes frases subordinadas y adjetivos que se encadenan felizmente, jugando con la posibilidad de que un hecho haya o no sucedido, hablando de lo que "sabemos" acerca de las vidas de Van Gogh, Goya o Rimbaud, preguntando por qué es que los hombres escriben, o pintan, dejando al descubierto la infinita fragilidad del que escribe, de quienes lo rodean, de todos.
     Sus historias y personajes destilan un pesimismo orgánico, una aguda conciencia de la temporalidad, de la nada, que se hace más acuciante en Vidas minúsculas (sin duda, su libro más personal), pero la "gracia del ritmo" hace que ese nihilismo se transmute en celebración, siguiendo el mismo mecanismo que el propio Michon adivina en Faulkner, a quien denomina el "padre del texto" (de los suyos, al menos) en una entrevista realizada por La Quinzaine Littéraire en 1997. Y los lectores celebramos con él el dominio de la lengua y el frenesí de los personajes, la presencia de la tierra, de los sabores, de las voces y la ausencia de respuestas definitivas: la luminosa complejidad de su escritura.
     La brillante traducción de Flora Botton hace más celebrable aún la aparición de Vidas minúsculas, el segundo libro de Michon vertido al español, y permite anticipar que muchos más lectores descubrirán que tenían mucho tiempo esperando la llegada de un autor como él. –

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