La serie de obras completas, obra poética, poesía completa, antologías y rescates de Jorge Luis Borges es ya tan amplia y tan distinta que podría crearse una biblioteca con ella. A veces la variación es mínima, pero provoca que unas obras completas sean distintas de las otras, como se afirma en “La biblioteca de Babel”. A este corpus se suman ahora los tres tomos que Alfaguara está publicando de sus Cuentos completos, Ensayos completos y Poesía completa, publicitados con el eslogan “Del laberinto se sale leyendo”. Pero publicidad y literatura no suelen ir en la misma dirección: como lo sabe cualquier lector de Borges, al laberinto se entra más bien leyendo.
Lo primero que hay que decir es que la obra de Borges nunca podrá encerrarse en unas obras completas, pues de manera inevitable y feliz las acabará desbordando. Es mítica la edición de Emecé en un solo tomo de 1974, supervisada por el propio autor, que es donde empiezan los problemas. Borges se resignó –el verbo es suyo– a incluir sus primeros tres libros de poesía de la lejana década del veinte, pero no tuvo la misma benevolencia con sus primeros ensayos. Ni Inquisiciones (1925), ni El tamaño de mi esperanza (1926) ni El idioma de los argentinos (1928) aparecen en esa primera recopilación con ínfulas de totalidad, pues Borges no se reconocía o se avergonzaba de ellos, según qué tan extremos queramos ser, y prefirió borrarlos de su bibliografía, es decir, tratándose de él, de su vida. Estos tres libros reaparecerían años después, y en mis obras completas de Emecé de los años noventa –publicadas con Borges ya muerto, sin poder ya reclamar que se le adjudicaran libros que sí escribió– ya están allí, como también lo están en los Ensayos completos de Alfaguara.
Esto de ninguna manera significa que ni en unas ni en otros estén publicados todos los ensayos de Borges. En todo caso, con cierta generosidad, podría afirmarse que están incluidos todos sus libros de ensayos, pero esto tampoco es verdad. No están, si por completos entendemos completitud, El “Martín Fierro” (1953) ni su Leopoldo Lugones (1955), escritos respectivamente con la colaboración de Margarita Guerrero y de Betina Edelberg, por poner dos ejemplos. Si bien es cierto que algunos –no todos– de los textos incluidos en dichos libros se encuentran incluidos en otros, leerlos juntos permite apreciar la forma en que Borges pensó a lo largo de varias décadas a dos de sus autores de cabecera, y por algo él mismo decidió reunirlos en libros monográficos. Tampoco está el delicioso Prólogos con un prólogo de prólogos (1975) que, a diferencia de sus otros libros ensayísticos –centrados en un periodo– reúne textos escritos a lo largo de cincuenta años, con lo que se aprecia la evolución de su escritura ensayística.
Pero estas ausencias son menores si se las compara con la de los ensayos que nunca fueron recopilados en un volumen en vida del autor, equiparables en cantidad y calidad a los que sí tuvieron ese privilegio. La labor editorial ya estaba hecha por el mismo grupo al que pertenece Alfaguara, pues en Debolsillo pueden –o podían, porque ya no están en librerías– encontrarse los tres tomos de los Textos recobrados y los de Miscelánea, que recopilan los ensayos, notas, reseñas y toda clase de textos desperdigados en Sur, El Hogar, Revista Multicolor y La Nación, entre otros muchos suplementos, revistas y periódicos en los que Borges colaboró obsesivamente a lo largo de su vida. Es de celebrarse la publicación de un tomo con los ensayos completos de Borges –lo que nunca se había intentado–, pero hubiera sido una buena oportunidad para publicar los ensayos completos de Borges, cosa que no ocurrió. Si el criterio editorial era que la recopilación abarcara solo un tomo –el libro de Alfaguara es cómodo de leer a pesar de sus mil páginas–, entonces simplemente podría haberse omitido el “completos”.
Lo mismo y más ocurre con la Poesía completa. De nuevo, hubiera sido una buena ocasión para incorporar al corpus poético de Borges los poemas que fueron negados dos veces por él: los que fueron desechados para integrar Fervor de Buenos Aires (1923), del que de todas formas Borges renegaría durante décadas. Me refiero a sus primeros poemas –juveniles, vanguardistas y comunistas, mezcla de la que no podía salir nada bueno– que muestran a un Borges desconocido y que él nunca quiso que se conociera, pero donde ya se presiente en algún verso y alguna imagen al poeta que habría de venir. Más escándalo ha suscitado en Argentina –único país donde el volumen ya se ha publicado– la mutilación de El hacedor, del que se omitieron todos los textos en prosa, la mitad del libro. Ya Matías Serra Bradford ha señalado en Clarín la inconsistencia de despojar a El hacedor de sus prosas pero conservarlas en La cifra y en Los conjurados. No obstante, debe recordarse que en las muchas ediciones de la Obra poética que se publicaron en vida de Borges se siguió el mismo criterio e incluso alguno más disparatado: por ejemplo, en la de Emecé de 1964 y en la de Alianza de 1972, que tengo en mis manos, se omite por completo El hacedor y sus poemas se integran, sin ninguna clase de advertencia, en El otro, el mismo, cuyo título de pronto adquiere nuevas resonancias.
Me gusta que nadie, ni el propio Borges, sepa bien qué hacer con El hacedor. Una posible solución, si se decidió respetar su voluntad de solo conservar los poemas en verso en las recopilaciones de poesía, sería incluir las prosas en las de cuento. Así, además, se ampliaría la concepción de este género, en la línea de uno de sus grandes renovadores. Lo que es lamentable es que en unas obras completas como las de Alfaguara no se incluyan textos como “Una rosa amarilla”, “Everything and nothing” o “El hacedor”, que podrían tener cabida en cualquiera de los tres tomos, dependiendo si se les quiere leer como cuentos, poemas o ensayos. Lo mismo sucede con “Borges y yo”, que desapareció en esta edición con todo y sus dos Borges, el que camina por Buenos Aires y el de las mitologías del arrabal, y dejó a un tercero un poco más pobre. Lo que sucede es que El hacedor, como libro, lleva al límite la disolución de los géneros tradicionales, y Borges los mezcla como quiere, los respeta cuando le da la gana y los cuestiona siempre. No por nada, justo a propósito de este libro, Juan José Saer escribió: “Creo que las categorías clásicas –prosa / verso, ficción / no ficción, fantástico / realista– resultan demasiado rígidas para encarar la obra borgiana, ya que hay una continua transmigración estilística y temática que se desplaza a través de las formas y de los géneros”.
El volumen de Cuentos completos es el menos problemático, siempre y cuando nos conformemos con nombrar con este rótulo a los textos cuyo autor siempre se negó a encasillar en un género. A los de Historia universal de la infamia (1935) Borges se refiere como “ejercicios de prosa narrativa”; a los de Ficciones (1944), bueno, como ficciones, y a los de El Aleph (1949) como “piezas”, aunque también desliza los términos “fantasía” y “relato”. No fue sino hasta El informe de Brodie (1970) y El libro de arena (1975), es decir, ya en su supuesta decadencia, como injustamente afirman Ricardo Piglia y Juan José Saer, cuando nombra a sus textos como cuentos, quizá porque los escribió deliberadamente como tales, con la reivindicación de la trama y la narración que caracterizó a sus últimos años, en contraste con el experimentalismo y el barroco de los primeros, extensos y fabulosos.
Negar que leemos todos estos textos como cuentos sería una necedad, y eso empobrece nuestra lectura de Borges. Cómo envidio a sus primeros lectores, aquellos que no sabían a qué se enfrentaban pero creían saberlo –de una forma distinta a nosotros–. Todavía años después de su primera publicación en Sur, los índices de la revista –como encontró la académica Nora Pasternac– seguían catalogando a “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Tres versiones de Judas” y “Examen de la obra de Herbert Quain” como ensayos, y ahora que lo pienso, es probable que ellos estuvieran en lo correcto y nosotros seamos los equivocados.
Si el criterio seguido por Alfaguara fue apegarse lo más posible a la voluntad del autor, entonces eso se debió de haber hecho con textos y paratextos. Me refiero a la supresión de dos dedicatorias, la de Estela Canto en “El Aleph” y la de María Esther Vázquez en “Poema de los dones”, que figuraron en todas las ediciones de Borges en vida y desaparecieron misteriosamente en las póstumas. Hubiera sido un buen gesto restituirle ese cuento y ese poema a quienes les pertenecen, pues cuento y poema son de ellas, primero, y también, claro, de todos los lectores del mundo. Ese mínimo cambio, esas dos sencillas dedicatorias ya habrían hecho de estas nuevas obras completas una apuesta distinta, más justa y más osada.
Toda tentativa de obras completas de Borges, de nuevo, está destinada al fracaso, y él mismo se encargó de que así fuera. Conviene recordar que la primera intentona fue escandalosamente prematura, en 1953, cuando el autor apenas tenía cincuenta y cuatro años, no estaba enfermo de muerte y le faltaban por escribir al menos la mitad de sus libros. Sus obras completas se fueron publicando a lo largo de varios años, en volúmenes dedicados a un solo título, hasta que el ritmo frenético de las novedades borgeanas hizo caducar a su primera tentativa de posteridad. Ahora, toda la obra de Borges se encasilla en tres géneros, y si la pertenencia de según qué textos a qué tomo resulta cuestionable, lo es más todo lo que quedó afuera, desde las obras en colaboración hasta las conferencias, cursos, entrevistas y los diálogos, por ejemplo, los que mantuvo con Osvaldo Ferrari o Ernesto Sábato.
Yo me alegro de que así sea, de que sus obras completas sean imposibles, y ni el criterio genérico ni el cronológico –recuérdese que a él le gustaba cambiar textos de lugar para hacerlos viajar en el tiempo– lograrán domar a una de las literaturas más libres. La publicación de los tres tomos de Alfaguara es una buena noticia, y más si logra perder a nuevos lectores en el laberinto. Si hay que reprocharle algo –partiendo de que se había propuesto una imposibilidad– es que no fuera más atrevida ni más ambiciosa y que no introdujera alguna novedad o propusiera otra lectura, sino que se limitara a guardar las formas con un escritor que se dedicó, con una ironía cortés, a romperlas. ~