Si yo hubiera sido profesor, o mejor aún profesora, si por vocación o por cosas del destino me hubiese tocado hacer clases en un colegio, instituto o liceo de provincia, creo que mi mayor orgullo hubiese sido tener un alumno como David Uclés, estrella de las letras españolas, sujeto últimamente de todo tipo de polémica.
Uclés, el joven de Úbeda que ha conquistado el mundo literario español con su origen humilde, su pelo largo y su acordeón, representa exactamente ese tipo de éxito improbable que los profesores soñamos: el alumno que llega desde los márgenes y obliga al centro a prestarle atención sin traicionar a su pueblo. Conste que no he leído aún su libro La península de las casas vacías, y puedo concebir que sea una obra maestra como de alguna manera es una obra maestra su autor. Conste que quizás no lo leeré por eso mismo, porque por lo que dicen las reseñas positivas y negativas es también exactamente el libro que como probable profesor de instituto o liceo o colegio rural hubiese esperado que un alumno escribiera. Un libro que hable del pueblo en que nos conocimos, pero que dialogue con Cien años de soledad, libro que seguramente le hubiese enseñado con entusiasmo a este alumno fantasma.
A este alumno fantasma de tener esa vocación de profesor rural que nunca tuve le hubiese animado a explotar todos sus talentos: música, ojalá francesa, ojalá en acordeón u otro instrumento transportable. Pintura también, ojalá también figurativa y realista pero con tintes de imaginación que le hubiese enseñado a no espantar como la espantaban esos profesores de antes, de un antes, antes de la guerra, antes de mayo 68 en que reprimían a los niños y los obligaban a ser borregos es decir de derechas. Lo hubiese alentado a no ser contable, funcionario o campesino –aunque haya pocos campesinos en su pueblo–, pero a llevar el atuendo de sus abuelos con toda su dignidad y pobreza, sin renunciar a las redes sociales o no. Le hubiese enseñado a recibir premios, amañados o no, pero sin venderse, claro. Con la cabeza en alto y todos los pelos largos para no ceder al estereotipo machista de ir cortándoselo a ras (para luchar contra los piojos que, como los campesinos, ya no existen o no importan).
También le hubiese alentado a vivir su sexualidad libremente, ser gay para no perder su talento en la trampa de los hijos en que los mejores talentos renacentistas se pierden. Le hubiese enseñado a no avergonzarse de ser tímido, y a no hacer deportes, y enseñado a sus compañeros de curso machistas y molestosos que ellos son los perdedores. Le hubiese enseñado que la guerra es siempre mala, y siempre torpe, y Miguel Hernández cantado por Serrat, y Paco Ibáñez y el lobito bueno, los Beatles y hasta los Stones y el 36 y Franco y la democracia asesinada, pero no hubiese sido tampoco tan ciego para esconderle que del bando de los buenos también hubo crímenes y errores. No hubiese cometido el error de principiante de hacerlo comunista, o independentista, o hippie, o rockero o junkie como otros profesores de provincia hicieron con otros niños buenos de otras generaciones. No hubiese cometido el error, también de principiante, de hacerlo alérgico a todo el poder sino al poder que no puede dejar de mostrarse como tal.
En otro tiempo David Uclés habría sido Arthur Rimbaud o Jean-Paul Sartre o hasta Voltaire. Todos ellos fueron alumnos adorables y adorados de estos profesores llenos de buenas intenciones. Los tres se rebelaron y no fueron lo que prometían aunque fueron algo mejor, algo libre, algo peligroso, algo suicida. Uclés no es Rimbaud y no es Sartre, es algo mejor que un escritor, es un personaje literario: Julien Sorel y el Gran Gatsby y el Pijo Aparte. Como todos los que vienen de ninguna parte, es decir de otra parte, es un perfecto diagnóstico del clima cultural de una época. Lo que los profesores de provincia hablan no es otra cosa que la síntesis de lo que hablaron antes, mucho antes en los círculos intelectuales de las grandes ciudades de las que huyeron o los expulsaron: ¿La guerra civil? ¿El realismo mágico? ¿Aznar como un vampiro? ¿Juan Cruz como un tipo simpático? ¿España que es mejor llamar Iberia para no ofender nacionalismo alguno? Es difícil buscar temas más obsoletos, más aparentemente ya resueltos. Pero quizás es justamente lo que hace apasionante al personaje. Almodóvar, que también venía de la nada, era la homosexualidad y los toros y el gazpacho, Buñuel y Cocteau con las telenovelas y el bolero en la voz de Chavela Vargas. Uclés es en cambio la transición ya transitada, la guerra ya enterrada, la sencillez como emblema, la bondad como arma de marketing, todo en una bella melodía de acordeón.
Que todo eso ofenda a los que entendieron tarde que ser los astutos, los rebeldes, los ejecutivos del pueblo es también una señal. Uclés es después de todo lo que los profesores de provincia más tememos: la confirmación de que se puede ser bueno, abierto, empático y triunfar usando las mismas tácticas que los “malos”, es decir faltar a tus compromisos, denunciar a los que no te gustan, exagerar tus dolores y hacer publicidad de incluso tus operación a corazón abierto. Porque resulta que educar al niño bueno para que no traicione a su pueblo era también educarlo para que triunfe exactamente donde siempre triunfan todos: en Madrid, en Barcelona, en los suplementos culturales donde solo le piden que pose de pobre y provinciano y odie lo que es más fácil odiar (Ayuso, Aznar, Vox). Que sea después de todo no la voz del pueblo en la gran ciudad sino solo un muñeco de ventrílocuo de la misma burguesía ilustrada de siempre, cerrada como nunca a cualquier cosa que la desafíe, moleste o solo cuestione ligeramente.