hamlet
Imagen: Eugène Delacroix, CC0, via Wikimedia Commons

Sumamente gracioso

Para afinar el oído y el gusto por la prosa, no hay como leer a buenos prosistas, pero no todos los ojos y oídos nacieron para distinguir el trigo de la paja.
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Digamos que se estrena la Novena sinfonía de Beethoven. Al final, luego de la climática “Oda a la alegría”, se acerca al compositor un diletante musical autodenominado melómano. Entonces le dice con un tuteo de colegas: “Tu obra me recuerda mucho otra de un mexicano. Tienes que escucharla”. Y para que no quede duda, se la canta: “Felicidad, hoy te vengo a encontrar, cuánto tiempo huiste de mí”.

Esto que suena caricaturesco en la música pasa con frecuencia en la literatura, donde para buena parte de los lectores el tema lo es todo y dos obras se pueden cotejar por el argumento. Incluso he escuchado a brillantes escritores elogiar series de pantalla porque “es Shakespeare”, como si no fuese viejo el truco de robarse argumentos, pero imposible el de equipararse en lenguaje. Aunque Shakespeare tenga buenos argumentos en sus dramas, Shakespeare es ante todo un poeta.

Pongamos este famoso parlamento de Macbeth, cuando se entera de que la reina ha muerto:

She should have died hereafter;
There would have been a time for such a word.
To-morrow, and to-morrow, and to-morrow,
Creeps in this petty pace from day to day
To the last syllable of recorded time,
And all our yesterdays have lighted fools
The way to dusty death. Out, out, brief candle!
Life’s but a walking shadow, a poor player
That struts and frets his hour upon the stage
And then is heard no more: it is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing.

Y su versión para una adaptación televisiva española:

Debieras haber muerto un poco más tarde.
Me reuniré contigo hoy mismo.
Apenas te haré esperar.

Pues sí, tanto en la versión original como en la hecha para simplones, pasa lo mismo.

Así las cosas, si Faulkner hubiese sido español, su novela se llamaría Apenas te haré esperar y sería tan deslucida como el título. Y como en la traducción de Hamlet “a fellow of infinite jest” pasa a un deferente y despoetizado “un hombre sumamente gracioso”, ya nos preguntaremos sobre el título de David Foster Wallace.

Si Shakespeare hubiese consentido a desconfiar de la inteligencia de su público, entonces se habría forzado a refrenar su talento para no darles perlas a los puercos. Pasa con el propio Marcelino Menéndez Pelayo, que por pereza o ganas de predigerir, traduce “the last syllable of recorded time” como “sepulcro”. Y pese a haber estudiado a los retóricos griegos, le espanta la repetición, como a los escritores de ahora tan bien educados en escuelas de escritura, y traduce la lamentación de Casio: “Reputation, reputation, reputation! O, I have lost my reputation!”, apenas como: “¡He perdido la fama, el buen nombre!”, pues aunque el estado de rabia y vergüenza por el que pasa Casio hace que le retumbe la palabra “reputación” como martillazo, en español es preferible la frívola elegancia.

Así las cosas, aquel To-morrow, and to-morrow, and to-morrow habría de traducirse como “Al día siguiente, cuando amanezca, al arribo de la alborada”, y no falta quien lo crea más poético.

Ni los libros sagrados se salvan. Proverbios 26:14, en la Reina Valera 1960, dice: “Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso se vuelve en su cama”. Los chocarreros de la Biblia en Lenguaje Actual traducen, como: “¿En qué se parece el perezoso a la puerta? ¡En que los dos se mueven, pero ninguno avanza!”. Falta el emoticón riéndose y hacer ver a los traductores que no se trata del libro de Adivinanzas, sino de Proverbios.

Que algún literato mediocre le quiera enmendar la plana a algún clásico, es entendible, aunque no justificable, ¿pero corregir a Dios? Aquí hay pecado mortal.

Sé de lectores que mucho leen, pero no captan la diferencia entre la buena y mala prosa. Es un lector feliz y agradecido con las editoriales que piensan mucho en él. En cambio cultivar el gusto al punto de necesitar fuerza, belleza, claridad y significado en la prosa se vuelve una maldición y hace que el lector suela detenerse en la página cinco de buena parte de los libros.

Para afinar el oído y el gusto por la prosa, no hay como leer a buenos prosistas, pero no todos los ojos y oídos nacieron para distinguir el trigo de la paja. También se pueden comparar dos traducciones, que supuestamente dicen lo mismo. Quizás le hablan igual al cerebro, pero no al alma. Veamos dos versiones de un parlamento de Hécuba en la pluma de Eurípides, la primera de Aguilar, la segunda de Gredos:

Desagradecida es la ralea de cuantos ambicionáis honores adulando al pueblo. ¡Ojalá no conociese nunca gentes como vosotros, que no os importa hacer daño a los amigos con tal de poder agradar con sus discursos al populacho!

Desagradecido es vuestro linaje, todos cuantos envidiáis los cargos de hablar en público. Ojalá no me fuerais conocidos vosotros, los que no os preocupáis de causar daño a los amigos cuando decís algo por halago a los más.

Uno de los dos es mejor por prosa y significado. Usted, desocupado lector, sabrá distinguirlo.

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