Dorothy Scarborough y el viento

En su novela El viento, basada en las fuerzas de la naturaleza y sus implicaciones, Dorothy Scarborough se adueñó virtuosamente de la mitología de la frontera.
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Una de mis novelas favoritas es Cumbres borrascosas. A Dorothy Scarborough (1878 – 1935) la descubrí precisamente por esta novela y por esta escritora. Considero que no fue mera casualidad, sino una causalidad libresca toparme con El viento (Errata naturae editores, 2019), cuyo texto de contraportada afirma que: “Con ecos de Cumbres borrascosas (…), El viento está considerada la gran novela gótica americana.”

En 1925, Harper & Brothers publicó El viento sin el nombre de la autora. El anonimato, según la editorial, fue concebido como “un truco publicitario”. Las críticas fueron favorables porque se consideró que el libro presentaba la “fría y dura verdad” de los tejanos y el Oeste. Incluso, se llegó a creer que la novela había sido escrita por algún yanqui de Nueva Inglaterra cuya intención había sido ridiculizar el espíritu sureño.

Nada más lejano de la realidad, pues Scarborough, hija de la Reconstrucción, se sentía orgullosamente tejana y sureña. Tenía cuatro años cuando su familia y ella se mudaron a Sweetwater, al centro-oeste del estado de Texas, en busca de un clima más favorable para el tratamiento de la tuberculosis de su madre. En esta localidad semidesértica también se desarrolla El viento.

La novela, ambientada en la sequía de 1885 a 1886, tiene como protagonista a Letitia o “Letty” Mason, de “ojos azules como la hierba doncella de los jardines anticuados”, que, huérfana a la edad de dieciocho años, se traslada de su natal Virginia a Sweetwater, donde “el viento sopla a tumba abierta en la llanura”. En el tren camino hacia el pueblo tejano, Letty tiene esperanzas de que su nuevo lugar de residencia se parezca un poco a donde nació, hasta que su acompañante de tren, Wirt Roddy, le advierte que:

—La gente dice que el Oeste está bien para un hombre o para un perro, pero no es lugar para una mujer o para un gato.
—¿Por qué?
—Lo peor es el viento.

El viento, como se lo explica el pérfido ranchero, es “la ruina para el aspecto y los nervios de una mujer. Seca su piel hasta que se vuelve parduzca, como cuero. Sopla todo el día, y la arena que levanta las deja medio ciegas. Les ataca los nervios con su bufido constante, las vuelve irritables y asustadizas”.

Letty, por su propio bien, intenta no creerle, aunque la duda ha sido sembrada. Como es “una mujer delicada y sensible”, poco a poco se convierte en presa de la incertidumbre. A falta de opciones (“¿Por qué no enseñarán a las niñas a buscarse la vida y cuidar de sí mismas, como los hombres?”), es enviada a vivir con su primo Beverly por decisión del pastor de su antiguo poblado. Cora, la esposa de este, la rechaza abiertamente y la ofrece cual pieza de ganado a dos de los vecinos: Lige Hightower y Newt Wortham, vaqueros ignorantes de buen corazón que terminan enamorándose de Letty. Ella se ve obligada a casarse, sin amor.

Pasan las estaciones, las condiciones climáticas empeoran y la espiral de la protagonista, que inicia en una ansiedad manejable, se transforma en desesperación, la cual desemboca en muerte. Conforme avanza la lectura, también Letty se vuelve cada vez más nerviosa e irritable: “se sobresaltaba en cuanto el viento hacía crepitar las hojas enclenques”. Se siente al borde de la locura porque el viento no concede “el alivio que conlleva la locura absoluta”

Novela antiwestern, El viento cuestiona una de las bases de la identidad nacional estadounidense: el viejo Oeste. Las promesas de esa región se rompen cuando la protagonista tiene que enfrentarse a un paisaje con una complejidad que la rebasa. Letty deja su vida bucólica en el campo de Virginia, donde reinaba la tranquilidad, para asentarse en un rancho ganadero en Texas que resulta ser “un cambio infernal”: “Entrar en una región que no conocía de nada era duro y dejar el hogar que siempre había amado, cruel. La vida no le había dado elección, solo la empujaba de un sitio a otro.”

Esta pieza narrativa de Scarborough, basada en las fuerzas de la naturaleza y sus implicaciones, expone la insondable oscuridad de la tragedia humana: un asesinato, una violación y un suicidio se encuentran entre sus páginas. Scarborough asume una postura crítica ante la idealización androcéntrica del salvaje Oeste y replantea el papel de las mujeres en esa tierra virgen y salvaje. Letty –“una muchacha desamparada a la que siempre habían tratado como si fuese una niña” que nunca “se había visto obligada a asumir ninguna responsabilidad, tampoco había tenido que tomar decisiones por sí misma, de modo que se sentía débil, perdida e impotente”– está lejos de ser una de esas heroicas pioneras, “símbolo de la civilización”. Aun así, comparte con ellas el amor romántico y los cuidados y el trabajo doméstico que conllevan: “El amor tal vez también significaba fregar suelos y lavar platos, y vivir sin cosas que las mujeres anhelan, tal vez significaba sacrificios e incertidumbres”. Al igual que ellas, es prisionera porque “el viento sopla a tumba abierta en la llanura” y con “aquella arena, que parecía no tener fondo”.

De acuerdo con el perfil de Scarborough elaborado por Sylvia Ann Grider para Texas women writers: A tradition of their own, la escritora fue un modelo a seguir para “toda una generación de mujeres ambiciosas y luchadoras”.

{{Sylvia Ann Grider y Lou Halsell Rodenberger [editoras], Texas women writers: A tradition of their own, Texas A&M University Press, 1997. La traducción del fragmento es mía.}}

Sin embargo, su repentina muerte (relacionada con “los abismos de la depresión”) la confinó al olvido, a pesar de que su obra es “un testamento a su notable inteligencia, creatividad y profundidad intelectual”.

Scarborough estudió en Baylor, la segunda universidad estadounidense en aceptar estudiantes mujeres, y fue una de las primeras profesoras del campus. También fue residente de la Universidad de Chicago, donde escribió poemas (algunos de ellos compilados en Fugitive verses, publicado por Baylor en 1912). En 1910 se fue a Oxford, donde estudió literatura durante un año.

Publicó también cuentos en varias revistas y fue notable su labor como antologadora y estudiosa de la literatura de horror. Fue autora de libros juveniles, entre ellos The story of cotton, y como folklorista recopiló canciones de su tierra (no es gratuito que en El viento aparezcan baladas de bluegrass y los personajes canten: “Don’t mind the weather so the wind don’t blow”). A los 38 se mudó a la ciudad de Nueva York para obtener su doctorado en Columbia. Desde 1917 hasta 1935 enseñó escritura creativa en esa universidad. Para titularse, escribió The supernatural in modern English fiction y lanzó una predicción: el interés por lo sobrenatural de parte del público lector no haría más que crecer con el paso del tiempo.

Y así ha sido porque, como escribió en su tesis doctoral, “el lado nocturno del alma nos atrae a todos. El espíritu se alimenta de misterio. No vive solo de los hechos, sino de lo incognoscible, y no hay misterio elevado sin lo sobrenatural. El hombre ama el toque helado del miedo y sólo se da cuenta del terror puro cuando es tocado por lo inmortal.”

((La traducción es mía.))

Scarborough se adueñó virtuosamente de la mitología de la frontera y, tras el éxito de El viento, escribió una adaptación teatral de su libro, la cual no tuvo éxito debido a que era sumamente difícil y costoso representar las inclemencias del viento en un escenario.

Tiempo después vería su obra maestra en la pantalla grande. El trailer de The wind abre con la siguiente frase: “Esta es la historia de una mujer que entró a los dominios del viento”. En pantalla aparecen una serie de personajes enfrentándose a violentas masas de aire que pueden destrozar todo lo que cruza a su paso. Era 1928 cuando la gran estrella del cine mudo Lillian Gish, protagonista de las polémicas épicas fílmicas de D. W. Griffith, se empeñó en la realización de este filme. Inspirada en la novela de su amiga Dorothy Scarborough, que la actriz consideraba como “puro movimiento”, la cinta dirigida por Victor Sjöström ha sido considerada como una de las mejores películas mudas en la historia del cine, porque refleja fielmente la esencia de la novela: “En los viejos tiempos, el viento era enemigo de las mujeres. ¿Las odiaba porque veía en ellas el símbolo de esa civilización que menoscabaría paulatinamente su propio poder?”. Para Letty no hay redención. Yo espero que para Scarborough sí la haya. Y que llegue muy pronto.

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