El triunfo de Shelley

Hoy se cumplen 200 años de la muerte de Percy Bysshe Shelley (1792-1822), uno de los grandes poetas del Romanticismo inglés.
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El barco se llamaba Don Juan, como el poema de Lord Byron. El 12 de mayo de 1822 la embarcación llegó a Lérici (Liguria), donde Percy Bysshe Shelley se había instalado con Mary, su segunda mujer (Harriet Shelley, la primera, se suicidó en 1816 tras ser abandonada por Shelley). Acosados por las deudas y los escándalos, los Shelley dejaron Inglaterra en 1818 para instalarse en Italia. Su partida fue precedida por la publicación de Frankenstein, la novela escrita por Mary a los 19 años. En Italia tampoco tuvieron una vida fácil, pues perdieron a varios hijos de corta edad. Shelley se refugió en la literatura y en la navegación, sus grandes pasiones. Estrenó el Don Juan (rebautizado Ariel) con Mary el 15 de mayo de 1822. Shelley estaba entusiasmado: “Me sirve de despacho y de carruaje” le escribió a un amigo. Apoyado en el palo mayor, pasaba las mañanas leyendo a Calderón de la Barca y escribiendo. Lo cuenta Richard Holmes en Shelley: The Pursuit (1974), una biografía de referencia. 

Pese a su juventud (29 años) y a la falta de reconocimiento, Shelley ya había producido grandes obras. Hablamos de alguien capaz de escribir más de 200 versos al día. Centrándome en la poesía, su corpus incluye clásicos como el soneto Ozymandias (1819) sobre Ramsés II y la futilidad del poder; el romance La máscara de la anarquía (1819), una denuncia de la masacre de Peterloo que el editor no se atrevió a publicar; la elegía Adonais (1821) por la muerte de John Keats; y La defensa de la poesía (1821), un ensayo que hoy tiene la misma importancia para entender a la segunda generación romántica (Shelley, Byron, Keats) que el preludio de las Baladas líricas (1798) de Wordsworth y Coleridge para la primera.

Shelley escribió El triunfo de la vida, su última obra, a bordo del Ariel entre mayo y julio de 1822. El manuscrito se conserva en la Biblioteca Bodleiana de Oxford. “Los estudiantes vienen mucho por los manuscritos de Shelley, que nunca decepcionan, y sobre todo quieren ver El triunfo de la vida”, me dijo el bibliotecario. Les atrae su oscuridad. Pese a estar inacabado (quedó truncado en el verso 548), constituye el más importante poema inglés en tercetos encadenados, la terza rima inventada por Dante. En efecto, El triunfo de la vida es la mejor muestra de la influencia de la Commedia en la literatura inglesa. Y no solo por cuestiones métricas. El otro gran modelo italiano es Petrarca.

De los Trionfi petrarquistas toma Shelley la imagen central del poema. Imaginen un triunfo como la némesis de un paso de Semana Santa. Ambos son carros alegóricos, pero el paso anuncia la vida eterna, y el triunfo es una danza de la muerte. Por tanto, el título es irónico. La vida triunfa porque su carro arrasa con todo. Es un juggernaut, una fuerza de la naturaleza. Nadie escapa al fracaso, al envejecimiento y en última instancia a la muerte. Incluso las figuras más célebres –hay 16 versos sobre Napoleón– caen derrotadas. A diferencia de Dante y de Petrarca, Shelley no ofrece redención. Recuerden que fue expulsado de Oxford, donde iba poco a clase pero leía 16 horas al día, por publicar La necesidad del ateísmo (1811). 

El poema es visionario, pero no en un sentido místico, pues tiene un regusto pagano. Si Virgilio era el guía de Dante, aquí el cicerone es Rousseau. En este sentido, El triunfo de la vida guarda cierta simetría. Su primera mitad narra un rapto del propio Shelley, que fue insomne y sonámbulo desde la infancia. Tras una noche en vela, se le aparece el triunfo con una comitiva de cautivos: la humanidad. En su segunda mitad, Rousseau (uno de los condenados) cuenta su propia visión, que incluye otra irrupción del triunfo. Por tanto, el carro alegórico aparece dos veces. Al principio se asemeja al carro romano que procesiona triunfal tras la batalla. Pero después se va transformando, de forma proteica, en algo cada vez más siniestro. No es casual que T. S. Eliot, cuya La tierra baldía contiene ecos de El triunfo de la vida, considerara este poema el mejor de Shelley. 

Las imágenes apocalípticas se concentran en la segunda mitad, en el parlamento de Rousseau, que contiene algunas de las cumbres de la poesía inglesa. El filósofo suizo afirma haberse despertado en una montaña que “bostezó” una caverna (Shelley tomó esta imagen de Calderón de la Barca, que a su vez la leyó en Góngora). Allí irrumpe un misterioso personaje femenino: la “forma toda luz”, que ofrece Nepente, la droga amnésica de la Odisea. Hay que beber del cáliz antes de sumarse al triunfo. Rousseau obedece. Entonces su mente se derrama como lumbre bajo los pies de la luz, que pisa los recuerdos extinguidos. Shelley compara esta mente con la arena de la península del Labrador (Canadá). Aún quedan memorias en forma de huellas, pero rompen las olas y las borran. Ahora Rousseau es una tabula rasa. Siente cierto sosiego, pero es la paz de los cementerios. Aparece el carro y es arrastrado por la multitud. 

La recta final del poema es fantasmagórica. Los cautivos amarrados al triunfo despiden sombras fugitivas: son los sueños, esperanzas y deseos que se les escapan. Al abandonarlos, las sombras despojan a los condenados de su belleza y de su fuerza. Ya no son hombres ni mujeres, sino piltrafas humanas. Los que ostentaron los mayores dones en vida son los primeros en caer. Implacable, el carro sigue su camino. Entonces Shelley interrumpe a Rousseau: “Then, what is Life?” [Entonces, ¿qué es la Vida?]. El manuscrito esboza tres versos más, pero la pregunta queda sin respuesta. La mayoría de las ediciones modernas termina con esta interrogación. 

Fueron sus últimos versos. El 8 de julio de 1822, Shelley se embarcó en el Ariel para regresar a Lérici desde Livorno. Lo acompañaban dos tripulantes. Cuando zarparon eran las dos de la tarde. A las seis los sorprendió una tormenta. El mar devolvió los tres cuerpos diez días después. A Shelley le faltaba menos de un mes para cumplir los 30. Mary, su viuda, tenía 25 años. 

El triunfo de la vida ha aparecido en antologías, pero nunca ha sido publicado en español como libro independiente. A modo de homenaje, reproduzco los versos 400-411 de la edición bilingüe que preparo con Prue Shaw, y que este otoño aparecerá en la editorial Pre-Textos. Al final de El Aleph, Borges afirma que nuestra mente “es porosa para el olvido”. Shelley anticipa esta idea con una metáfora amnésica. Tras probar el Nepente de la “forma toda luz”, la mente de Rousseau deviene arena:


‘Arise and quench thy thirst,’ was her reply,

And as a shut lily, stricken by the wand

Of dewy morning’s vital alchemy,

I rose; and, bending at her sweet command,

Touched with faint lips the cup she raised,

And suddenly my brain became as sand

Where the first wave had more than half erased

The track of deer on desert Labrador,

Whilst the fierce wolf from which they fled amazed

Leaves his stamp visibly upon the shore

Until the second bursts—so on my sight

Burst a new Vision never seen before.

*

‘Ven a saciar tu sed’ me respondió.

Y yo me levanté como un nenúfar,

tocado por la alquimia del rocío,

varita de la aurora, obedecí

su dulce mandamiento, alcé los labios

al cáliz ofrecido y lo rocé;

y pronto mi cerebro fue la arena

del Labrador, península esteparia,

donde la ola primera reventó

y borró las pisadas, débil rastro

del pánico de ciervos sorprendidos

por el cruel lobo, que dejó sus huellas

visibles en la playa, la segunda

ola las suprimió; del mismo modo

me inundó una visión jamás gozada.

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