Querida Aloma:
Aciertas en que no he leído El Museo de la Rendición Incondicional. El título es buenísimo. Me gusta también el título del capítulo La noche de Lisboa. Aunque sea más comedido, es inevitablemente misterioso por las imágenes de la noche y de lo lisboeta, que se manifiesta incluso en el título de la película de Alain Tanner En la ciudad blanca, aunque no mencione cuál es. Justo estos días algunos de los amigos con los que estábamos acababan de ver Misterios de Lisboa, de Raúl Ruiz, y aún fascinados insistían mucho en que la viésemos.
Pero no quería que nos perdiésemos por Lisboa sino hablar de las fantásticas máscaras para ver el eclipse o para viajar por el espacio viendo bien de cerca las estrellas que me enseñas en tu carta, más vistosas incluso que las boinas carlistas que mencionas. Supongo que las habéis hecho vosotros: los provincianos de la Osa Menor debemos fabricarnos nuestras propias escafandras.
Por cierto, qué sorpresa enterarme de que existe ese museo. Me gustaría saber más sobre las guerras carlistas para poder hacer un chiste con el título del libro de Dubravka Ugrešić.
La foto que te mando es de una postal que le mandó Godard a Truffaut en abril de 1960 a propósito de Le petit soldat (¡desertado de las filas rossellinianas!), que estuvo censurada hasta el final de la guerra de Argelia y que le trajo broncas de todo tipo. La postal está en La fraternidad de las metáforas, una exposición que hay en la Virreina, en Barcelona, comisariada por Manuel Asín y buenísima para comprender casi diría espacialmente el trabajo de Godard. ¿Más espacialmente que plástica u ontológicamente?
Y antes de despedirme quería compartir contigo la pena por la muerte de Víctor Coyote. Nos hemos puesto muchas de sus canciones estos días. Me encanta su versión con Rita Braga de Havemos de ir a Viana, que cantaba Amália Rodrigues: “Entre sombras misteriosas, em rompendo ao longe estrelas, trocaremos nossas rosas para depois esquecê-las…”. Ojalá ese coyote haya llegado a Viana.
Muchos abrazos,
Bárbara

Querida Bárbara:
Aciertas: las máscaras las hicimos para el eclipse o para viajar por el espacio, hay que estar preparado para todo. La noche del eclipse, por cierto, era la lluvia de perseidas: nos alejamos del alumbrado público todo lo que el miedo de los niños nos dejaron y, tumbados, vimos unas cuantas estrellas fugaces, además de aviones que iban de Madrid a Bolonia o a Estambul.
La muerte de Víctor Coyote me dejó apenada, me caía realmente bien y me gustaba casi todo lo que hacía. Nació un año antes que mi padre, los dos en Galicia, y ahora suena “Esta noche me voy a bailar” (tiritirititaun) mientras te escribo y yo juraría que he visto a mi padre bailar y cantar esa canción con más acento gallego que Coyote. Con él hablé una vez, diría que hace unos cinco años, para un podcast sobre libros que hacía a distancia: me encerraba en una habitación y desde allí hablaba con los invitados y con mi compañero y sonaba como si estuviera ahí mismo. Ahora, claro, pienso que ojalá hubiera coincidido con Coyote –siempre pensé que antes o después sucedería.
He tardado un poco en contestarte porque ahora estamos en Garrapinillos-sur-mer, y estaba haciendo inmersión en el líquido amniótico, ya sabes. También en la piscina, ahora de agua salada, eso y que ayer estuvimos un poco atareados con una avería –reventón de tubería– que pudimos solucionar gracias a una casualidad salvadora: uno de los vecinos había invitado a comer a unos amigos, uno de ellos fontanero y en un santiamén, puso remedio al asunto para gran alivio nuestro.
Un beso,
A.

Hola, Aloma:
Qué suerte lo del fontanero, es como cuando se busca un médico a bordo. Me imagino el fin de la escena de la reparación con los de vuestra casa y los de la casa vecina improvisando juntos la cena.
Es muy gracioso el dibujo del girasol, supongo que dibujado con los nuevos rotuladores que esperabas. Me recuerda que estoy leyendo ahora por primera vez al asombrosísimo Gerald Murnane, en concreto su libro Distritos de frontera. Hace un par de días leí los fragmentos donde cuenta que, cuando sus hijos se independizan, se da por fin el capricho de comprarse una enorme caja de lápices de colores de fabricación inglesa combinando los cuales es capaz de alcanzar, o provocarse, determinados estados de ánimo. Como no puedo copiar los párrafos porque no puedo entrar ahora en la habitación donde lo he dejado, copio uno de otro libro que no tiene mucho que ver pero que a cambio tengo aquí a mano, que es Ritos y mitos equívocos, de Julio Caro Baroja: “Personalmente, como soy un hombre nacido en 1914, que no tiene inconveniente en proclamar que le gustan los frescos de Puvis de Chavannes y las fantasías románticas de Arnold Böcklin (sin que esto me impida apreciar bastantes obras de arte moderno o las esculturas de Benin), lo de estar muy al día me tiene sin cuidado”.
Yo ya estoy en casa. En el viaje de vuelta, por la carretera, encontramos un tramo de tormenta muy fuerte, durante el cual lo más excitante entre los muchos estímulos excitantes fue la rapidez a la que bajaba la temperatura, que además era como si estuviese conectada a las distancias y a la velocidad. Iba viendo el termómetro en el coche y cada doscientos metros bajaba medio grado en el exterior, así desde 39 hasta 16. Calculo que fue entre Calatayud y Sigüenza cuando se puso a llover. ¡Pero espera! Puedo saber exactamente dónde si miro una cosa que es el historial de google maps.
Bueno, pues fue a la altura de La Almunia de Doña Godina, no tan lejos de vuestra piscina de agua salada y de vuestra tubería en la que se estaría ya fraguando el estropicio. Me gusta usar la aplicación al revés, para ver el dibujo que dejan nuestros trayectos ya hechos, como una especie de mancia contemporánea. Para emprender los viajes considero que deberíamos seguir usando los mapas de papel plegado.
Abrazos,
Bárbara

Alo, alo, querida Ming
Estoy de acuerdo contigo: es mucho mejor mirar el mapa después. Yo antes nunca lo entiendo, al menos cuando tengo que dar las indicaciones, pero es verdad que cuando me siento en el asiento del conductor, logro comprender el mapa como supongo que el resto de la humanidad lo hace sin esforzarse demasiado. Tengo problemas espaciales, eso es así. Me gusta ver el mapa con fotos apiladas que organiza el teléfono recopilando todos nuestros datos, mientras nos vigila, fabrica memoria.
Donde tú ves un girasol, yo quise hacer un cardo. Pero sí lo hice con los rotuladores que tardaron mucho en llegar y además dejaron el paquete en otra casa y los niños preguntaron a muchos vecinos si alguien había recogido unos rotuladores.
Casi casi he terminado la novela de Ugrešić, entre medio, se me han colado otras lecturillas, en eso soy promiscua y poliamorosa. Esta tarde, después de darle la Enciclopedia ilustrada de Espasa a mi hijo mediano, buscando algo con qué distraerle de su disgusto por no poder bañarse por una leve intervención en su pie, he dado con un libro finísimo, verde y alargado (de Wunderkammer), que he pensado que era perfecto para ti: Viaje a Oriente, de Herman Hesse. Te copio solo el inicio de la primera frase: “Ya que me concedieron la fortuna de vivir algo grande…”
¡Un beso va!

Hola, Aloma, es un comienzo fantástico. ¡No me hace falta leer más!