Primera dificultad: las novelas de Alfredo Bryce Echenique están llenas de humor y escribir sobre el humor sin humor resulta insoportablemente aburrido. Segunda dificultad: me han entretenido tanto las novelas de Bryce que mi capacidad de alerta crítica, por así decir, se ha embotado. Lo que me gustaría decir de ellas es que me gustan y que me gustan porque sí. Como me gusta cuando me gusta una mujer, sin por qué. Me gustaría quedar hoy aquí, no decir nada más por temor a estropear su encanto.
Pero no. Obviamente quedar aquí no es escribir el artículo que esperan los editores de Letras Libres.
Los lectores sospechan que todas sus novelas son autobiográficas. No solo lo sospechan, lo desean. Los lectores queremos que Alfredo se parezca a sus personajes y casi lo forzamos a que se parezca a ellos. Desde que escribiera esa obra maestra de nuestra lengua que es Un mundo para Julius (1970), Bryce se ha inventado a sí mismo una y otra vez en la escritura. Entonces estar con él era estar leyendo una novela suya y leer alguna de sus novelas era estar conversando con él.
Bryce escribe para respirar y escribe como quien respira. Se siente en su fraseo que trascurre en una conversación larga y relajada. No hay prisa. Al contrario, más bien hay que sujetar los momentos y estirarlos para poder meterse bien adentro de ellos. El narrador se desplaza libre y fluidamente del “yo” al “él” y va incorporando al pasar trozos del habla ajena, esas palabras en las que han quedado las huellas digitales de los demás.
Lo que sujeta los ojos a la página no es la acción sino el humor fino e inteligente. Su escritura tiene ángel. El “yo” de sus protagonistas se construye mientras ellos hablan desde el humor. En un ensayo en la revista Estudios Públicos, Bryce contrastó el humor sarcástico, burlesco y satírico de Quevedo, ese humor “con tesis, seguro de su propia verdad, y que ridiculiza ferozmente lo que desea combatir”, ese “humor de sal gorda” con la ironía sutil de Cervantes.
Bryce cree que la ironía “es el sentimiento de lo contrario”, que se transforma en su opuesto “siguiendo paso a paso ese sentimiento como la sombra sigue al cuerpo. El artista común sólo presta atención al cuerpo; el artista irónico se ocupa a la vez de la sombra y del cuerpo; y en ocasiones más de la sombra que del cuerpo. Como lo hiciera por primera vez el gran Cervantes”.
Lo cómico es una dimensión de la existencia irreductible a otras. Aparece en cualquier momento, incluso en los más solemnes, como un duende no invitado. En las páginas de Bryce a cada rato nos sorprenden estos duendes.
Lo cómico supone una incongruencia. La más elemental es la caída. El payaso del circo se cae. Chaplin se cae y hace caer a otros. Un grandulón pierde el equilibrio, se cae y eso nos hace reír. Ha perdido el piso, el sustento, el poder. También Don Quijote cae, por ejemplo, cuando embiste al rebaño de ovejas pensando que es un ejército. Lo hacen caer de Rocinante las piedras de los ovejeros. En la historia de Don Quijote hay costalazos inmortales. Los personajes caídos a tierra –venganza de la realidad– vuelven a pararse y cuando menos lo esperan, vuelven a caer. Digo esto pensando también en Julius, en Pedro, en Martín, en Manongo, en fin.
Don Quijote pudo haber sido un personaje trágico. La historia pudo ser la terrible vida de un hombre que enloqueció leyendo libros de caballería y causó infinitos males a su familia, a sus conocidos y a la gente que encontró por los caminos. Pero es el humor de Cervantes lo que da la gracia y su particular profundidad a la novela. Digo esto pensando también en las novelas de Bryce.
Somos y no somos lo que somos. Somos y no somos lo que queremos ser. Los personajes de Bryce se ríen de sí mismos, se están tambaleando enteros, en cuerpo y alma. La desestabilización en el mundo de Bryce es radical. Por eso Martín en La vida exagerada de Martín Romaña (1981)no logrará escribir la novela de los sindicatos pesqueros. Pese a que tanto quiere hacerlo y ese querer se encarna en su amor a Inés, quien no tiene mucho humor, y pasó “del catolicismo más militante al marxismo más pío”.
En la tragedia el personaje está atrapado. El humor, en cambio, permite que el personaje se salga de la situación. Y ese salvataje se expresa como carcajada o como sonrisa.
Por ejemplo, Martín Romaña cuando se está ahogando cerca del yate donde está su familia, sonríe y disimula. “Aparecía y desaparecía… Desaparecía con lágrimas en los ojos… pero siempre preparando la sonrisita para la próxima aparición. Y por más que me decía, ya grita pues huevón, nada. Mi carácter se negaba a asustarlos y causarles problemas a la hora del almuerzo en el yate”. Por supuesto, a Martín lo rescatan con sogas, ya casi azul y botando agua por todas partes. “Nuestra relación”, contará Martín hablando de Inés, “siempre estuvo basada en los defectos míos que Inés corregía siempre, y en lo defectos míos que Inés perdonaba, siempre que resultaran incorregibles”.
¿Qué queda en pie en este mundo puesto en duda? Los afectos. Algo como instalar sillas en el vacío y ponerse a conversar y poder, así, estar acompañados.
El humor de Bryce arranca de un fondo de melancolía. “Pretend you’re happy when you’re blue, it isn’t very hard to do”, canta Nart King Cole en No me esperen en abril (1995) y a Manongo le llega muy adentro. Es un humor que ha atravesado la noche oscura y brota, al fin, con ternura y un quizás qué de redentor.
“Pero, en fin, siempre es demasiado tarde algún día…”. Terminar una novela de Bryce es despertar de un sueño que uno no quiere que termine, pero del que se vuelve con ganas de vivir.
Post scriptum: Conversé por WhatsApp con Alfredo el pasado viernes 6. Si hay una palabra inventada para él, para su escritura y su persona, es “entrañable”. Estaba muy alegre, recién de vuelta de la clínica. Nos reímos como siempre. Le pregunté de qué color era el vestido de Cecilia, su mujer, cuando ella tenía catorce años y él la vio por primera vez. Me había contado esa historia hacía unos meses.
“¡Amarillo!” me dijo con pasión. Y su entusiasta carcajada fue lo último que le oí. ~
Una versión de este artículo se publicó en El Mercurio.
**Su última novela es Y entonces Teresa. (Catalonia)