La hora distraída

A lo largo del invierno nos hemos acompasado a un ritmo luminoso creciente. Un trabajo constante y paciente.
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Salgo a comprar el pan y a la vuelta el árbol más grande se ha llenado de hojas verdes. A punto de empezar la primavera, cada día amanece más radiante y madrugar sale solo. A lo largo del invierno nos hemos acompasado a un ritmo luminoso creciente. Un trabajo constante y paciente. Seis meses acompasándonos al sol, como practicando un paso que se verá desbaratado en un par de semanas, en cuanto cambien la hora.

Esa hora robada es la que teníamos reservada para pensar en lo que nos ha querido decir el invierno que se va. 

Entre los libros que quiero leer en las horas de estos días está Historia de los bombardeos, de Sven Lindqvist, publicado en España por Turner con traducción de Sofía Pape (el original sueco es de 1999, la edición española es de 2002). “La atroz historia de la guerra aérea”, anuncia la contracubierta. En fragmentos numerados que a veces remiten unos a otros proponiendo un orden no lineal de lectura, como en Rayuela, Lindqvist hace una historia de los bombardeos. Por ejemplo, el fragmento 34 dice: “Ya en la Edad Media, los chinos cargaban sus bombas con filamentos de loza o pedazos de chatarra que, en el momento de la explosión, salían despedidos en todas direcciones. El método fue redescubierto en 1784 por el teniente Henry Shrapnel, autor de una bomba hecha con pólvora y pedazos de hierro. Se la denominó ‘cartucho’ o ‘bomba de metralla’ y fue la precursora de las bombas especialmente diseñadas para matar a seres humanos que más tarde se utilizaron a gran escala en Vietnam”, y remite al fragmento 88, que aunque por cierto para los nazis era como decir Heil Hitler, no habla de los nazis. 

Para escapar de las pilas de libros que no me da tiempo a leer en mi casa me voy a escribir a una biblioteca. No me tengo por una persona despistada, pero paso una mañana despistadísima. Cuando me dan la tarjeta con el número del pupitre que me han asignado, no soy capaz de dar con él en la sala, y eso que voy casi todos los días. Vuelvo a mirar el plano para ver dónde está el pupitre, lo encuentro y me acomodo, y hasta pasado un buen rato no me doy cuenta de que los números de la tarjeta y el del pupitre donde estoy sentada no coinciden. Pero como hay muy poca gente y sería mucha coincidencia que le diesen ese número a otra persona que viniese entonces con razón a reclamarme, me quedo ahí sentada, aunque no me gusta mucho el sitio. Más tarde, al salir de la biblioteca, se me olvida pasar por el control donde te escanean el ordenador y comprueban que coincide con el registro de tu carnet, y cuando después de las taquillas vuelvo a pasar por el control sin haberme dejado registrar, los vigilantes me lo afean. Ellos sí me deben de tomar por una persona despistada, ya que la semana pasada fui a pedirles ayuda porque al sacarme del bolsillo la llave de la taquilla donde había guardado mis cosas, la encontré sin número. Es decir, tenía una llave sin identificar y delante unas cien taquillas cerradas, que podían todas ser la mía. No me acordaba con claridad de los movimientos que había hecho por la sala de las taquillas al dejar mis cosas, ni por tanto del rango de números en el que podía estar la mía. Así que después de probar en varias, sintiéndome una delincuente descuidera que prueba a ver qué pilla con una llave maestra, me dirigí a uno de los puestos de vigilantes a explicarles mi problema. El chico, muy joven, se me quedó mirando como si le estuviese contando que un rodondendro benedictino me había pedido aguarrás para freírse unos auriculares. Lo cierto es que a veces, y esa era una de ellas, me dirijo a quien tenga cerca no por la seguridad de que me pueda ayudar, aunque no habría estado de más que mostrasen un poco de interés en lo que les estaba contando, sino por el gusto de hablar y porque me parece que los humanos estamos dejando de hablarnos entre nosotros y lo fiamos todo a las aplicaciones. Alguien puede parecernos tonto; preguntémonos si no es porque nos considera su prójimo.

Salgo preguntándome a qué se debe mi despiste, con qué lo puedo comparar o qué puedo prever gracias a la suerte de haber reparado en él. Bajo el sol radiante distingo en la parada del autobús a alguien que hace años que no veo. Nos ponemos de acuerdo en coger el mismo autobús para seguir hablando un rato más. Nos cogemos el autobús que no es, el que no solo no es el adecuado para ninguno sino que tampoco es el punto medio. La siguiente parada después de darnos cuenta nos deja bastante lejos de la parada que nos conviene. Ya nos lo habíamos contado todo pero ahora tenemos que seguir un rato hablando. Aun así, conseguimos encontrar qué decirnos sin repetirnos demasiado, pero observo que, en cuanto ponemos el pie en la acera y rehacemos mentalmente cada trayecto respectivo, se da un cambio en el tipo de conversación, que se hace más difusa.

Consigo llegar a casa sin haber perdido el ordenador, ni la cartera ni el teléfono. Resuelvo no arriesgarme mucho en el resto del día, porque aunque no conozcamos los motivos no se nos escapan las tendencias. Aunque no conozco los motivos no se me escapan las tendencias, eso es.


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