Laura Carneros, del diario a la comedia

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Un debut. Laura Carneros (Málaga, 1988) empezó a escribir a los quince años, poemas. En 2013, la frustración por su situación la llevó a comenzar unos diarios en los que está el germen de su primera novela: Proletaria consentida, el penúltimo título de Jonás Trueba como editor invitado de Caballo de Troya. El libro conserva algo del tono diarístico: los capítulos breves podrían ser las entradas del diario, aunque no están fechados. Carneros, licenciada en Comunicación, colabora con el Festival de Málaga y escribe sobre cine (por ahí llegó Trueba a ella, a través de sus críticas). Llevaba tiempo con este proyecto entre manos, que seguía inacabado a pesar de que la pandemia, presuntamente, habría podido ser un tiempo para terminarlo. Uno de los temas del libro es, como dice la narradora, alter ego de Carneros, escribir sobre la culpa de no estar escribiendo. “En enero de 2016 hubo un terremoto de 6,3 grados y tuve la certeza de que si hubiera sido más fuerte habríamos muerto todos. Me desperté con el movimiento de la cama, fue como una revelación: tenía que escribir mi libro. Pero no lo hice”. 

De clase baja no, pobre. Lidia, la protagonista de Proletaria consentida, vive en casa de sus padres, con su abuela, que está en silla de ruedas, su abuelo, su hermano y sus padres. Cuando muere el abuelo pierden también la pensión con la que afrontaban algunos gastos: “La muerte del abuelo nos dejó abatidos y más pobres. Con la pensión pagaba la luz, el agua y el cupón de los viernes. Quería ganar la lotería, como todos los viejos. Invertía tres euros a la semana como penitencia, para sobrellevar la culpa de no ser rico”. La madre reniega de la clase baja, se reivindica pobre, y ese es otro de los temas de la novela: un retrato de su situación pero llevado a la comedia, sobre todo desde el tono, no hay sermón ni queja, tampoco burla, por mucho que la tentación, imagino, estuviera ahí: por ejemplo, cuando cuenta cómo no puede llorar a solas en el baño porque solo hay uno en la casa y la abuela necesita entrar urgentemente y ella, aún niña, se echa a llorar y confiesa el motivo: su prima le ha llamado gorda. La madre responde como un resorte que la que está gorda es la prima. 

Novela de aprendizaje. Proletaria consentida es en cierto modo una novela de aprendizaje, sigue al personaje durante una larga temporada, que no es fácil de fechar, pero que se intuye larga. Usa las elipsis y esas escenas, a veces reflexiones, a veces casi venganzas, dibujan la trayectoria de Lidia, su evolución y sus peripecias. Consigue una cosa muy complicada: mantener la sensación de inmediatez en la escritura y que parezca un texto muy en crudo, pero sospecho que la sensación de desaliño del libro está buscada: un poco como cuando en las películas llevan las trenzas desehechas, aquí también ha habido alguien deshaciéndolas. El resultado es una novela absolutamente fresca, en la que cabe desde la descripción de la clase baja a plantear dilemas como elegir entre estar tullida o embarazada o preguntarse por qué ermita no lleva hache, si la letra “es silenciosa, mística, a veces solitaria como una ermita, como el ermitaño”. 

Sexo triste y suciedad. Lidia, la protagonista, tiene la sensación de que se le escapan los trenes: el de los chicos, el de irse fuera a probar suerte, de independizarse, de escribir su libro, de ser alguien… Laura Carneros convierte la frustración de su protagonista en risa, pone sus circunstancias al servicio de la comedia. Por ejemplo, una cena romántica termina con arcadas en el váter de un parking, después de que le haga una mamada a su compañero, trate de tragarse el semen y termine vomitándolo junto al queso de cabra. Analiza sus decisiones: “Tenía tantas esperanzas puestas en Julio que para no idealizarlo mucho me follé al italiano”. Y se ríe también de su propensión a la desgracia sentimental: “Yo prefería eso, el drama al aburrimiento”, como Faulkner, “entre el dolor y la nada, prefiero el dolor”, pero en fresco y sin bigote. 


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