Los funerales de la Mamá Grande

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Escribo estas líneas mientras en el Palacio de Bellas Artes se lleva a cabo un magno funeral en su honor. Su cuerpo ya cremado aguarda el arribo de dignatarios venidos de aquí y de allá; de funcionarios, colegas, críticos y personalidades de todo ámbito;  de miles de lectores: deudos anónimos de sus páginas memorables; de periodistas de todas latitudes que ponderarán su obra y su vida, su luces y sus sombras; su influencia y su poder. Y de manera simultánea, en el entorno de ese gigantesco mausoleo marmóreo: feria y fritanga, puestos que venden esto y aquello, el espeso calor de la primavera de esta ciudad, jolgorio y tumulto vacacionales. Quién le hubiera dicho a aquel aracataquense de 35 años que tantísimas décadas después sus propias exequias no poco tendrían de las que él mismo retrataba en esos desaforados Funerales de la Mamá Grande publicados en 1962.

Y escribo también tras leer, después de más de dos décadas de haberlo hecho por primera ocasión, precisamente ese libro de cuentos: seminal y fundacional en más de un sentido.

Mucho se ha contado -y se cuenta en estos días- la ya mítica historia de cómo un día, camino a Acapulco y con familia incluida, Gabriel García Márquez decidió dar vuelta y regresar a la ciudad de México para escribir Cien años de soledad. Cómo supuestamente en medio de la carretera fraguaron de golpe la primera frase, el tono y el trazado general de la novela que anheló durante años.

Una simple hojeada a Los funerales de la Mamá Grande haría dudar a cualquiera de la veracidad de esta anécdota. En ese puñado de historias el futuro nobel colombiano no se remite a escribir una serie de cuentos. Algo que trasciende por mucho el ámbito del relato va fraguándose desde las primeras páginas y genera la sensación de que el autor más bien edifica algo que no conoceremos todavía, probablemente porque él mismo no ha terminado de descubrirlo. De que esas narraciones de ladrones, funcionarios de medio pelo, dentistas, viudas encerradas a piedra y lodo, coroneles, hacedores de jaulas maravillosas o de flores artificiales, pájaros que mueren inexplicablemente, curas seniles, mujeres todopoderosas, vegetación desbordada y calor asfixiante, son en realidad inmensos bloques con los que el escritor ha comenzado a erigir un mundo propio que incluso ya nombra: Macondo. O, mejor dicho, que se ha dejado concebir por él. Porque es ahí, en ese libro y no en una carretera mexicana, donde Cien años de soledad procrea a Gabriel García Márquez. Luego seguramente sucedió eso que pasa cuando se escribe: dudas, inseguridad, sensación de que la empresa es desmesurada, desidia, maduración, hasta que finalmente llega ese instante en el que la propia novela lo alcanza en definitiva, lo arrincona y no le da otra opción sino la de ser escrita.

Instalado todavía en una suerte de hiperrealismo costumbrista -que claramente está ya en deuda con su recién leído Rulfo, pero que también acusa recibo de las narraciones más escuetas de Hemingway y de la elaboración faulkneriana- Los funerales de la Mamá Grande generan en el lector la sensación de que algo extraordinario está por acontecer. Al igual que en el brillante relato inicial (La siesta del martes), en el que la verdadera historia no es la narrada, sino la que sucederá en cuanto esa mujer adulta y esa niña salgan tomadas de la mano ante la mirada y el juicio lapidarios del pueblo entero, todos los cuentos del libro provocan esa sensación de inminencia y están barnizados de ese tinte liminar.  Como si García Márquez hubiera construido una sólida plataforma desde la que está a punto de lanzar su misil de eso que -ante la incapacidad de ser mejor nombrado- llamamos “realismo mágico”.

Todo es aparentemente “normal” todavía en los primeros  siete cuentos del libro. Sin embargo, si ponemos atención, veremos que de a poco las hipérboles han ido creciendo como enredaderas a lo largo y ancho de los relatos; que las metáforas germinaron como orquídeas gigantes, mientras que las metonimias y las sinécdoques se reprodujeron como hongos acelerados. Aureliano Buendía surge. Úrsula aparece. Macondo mismo emerge lerdo con su topología y su meteorología, con su flora y su fauna.

Y así llega ese final apoteósico en el que la diosa madre seminal fecunda todo con una muerte llena de vida, y confiere a Gabriel García Márquez  el valor y el poder para soltar de golpe todas las amarras e instalarse en esa locura lúcida en la que se convirtieron su prosa, su narrativa y su vida misma.