Maayan Eitan: no hay una historia única

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Novela voyeur. La escritora israelí Maaya Eitan da voz en su primera novela a una prostituta que elige Libby como nombre profesional. Libby es quien habla en Amor, una novela eléctrica y rítimica, dividida en dos partes, “Putas palabras” y “Amor”. En la primera parte, la voz de Libby se acerca a la cotidianeidad del trabajo de la prostituta. Hay casi un juego costumbrista en el relato, pero la crudeza del lenguaje y lo que cuenta rompe con eso. Hay otra cosa: desde el mismo inicio, se deja claro que Libby es una pero podría ser cualquiera; es decir, no hay una historia única y Libby no es representante de nadie más que de sí misma: “Os reíais como locas. Teníais las piernas largas, las tetas grandes, el vientre plano. No: estabais gordas. Veníais de hogares rotos, de familias adineradas, vuestros padres estaban locos el uno por el otro. Vuestro padre era contable, miembro de un kibutz, un sintecho, profesor de Lingüística en la universidad”, escribe al principio Maaya Eitan. 

El chófer y la puta. Una de las cosas curiosas de la novela es la relación de camaradería que se establece entre el chófer y Libby. Serguéi tiene dos hijos, su mujer no sabe a qué se dedica y el matrimonio duerme mal porque los niños quieren dormir con ellos. Serguéi lleva a las chicas de una dirección a otra de donde requieren sus servicios, nunca pregunta qué hacen, qué les piden los tipos. A veces, hacen tiempo en el coche y suena música. El coche es un lugar de paso y de seguridad, donde las chicas se conocen y tienen breves intercambios. Eitan lo cuenta en el capítulo “Cómo te llamas”, que es de mis favoritos, porque tiene algo de canción un poco triste y sórdida pero de la que ella sale sin una sola salpicadura. “Todas las noches hay una chica que se sube al coche y otra que se baja. Intercambian chicles. Los billetes en la guantera, el olor a champú barato en el pelo (¡no me digas que te ha dado tiempo a ducharte!), la arena pegada en los tacones, el brillo del asfalto tras la lluvia. Una se sube al coche; luego otra se baja. ¿Cómo te llamas? ¿Y tú? Qué nombre más bonito. Música en otro idioma; Serguei introduce otra dirección en el GPS. Una se baja; otra se sube. ¿Cómo te llamas? Qué nombre tan bonito. ¿Es el tuyo verdadero? No. ¿Y el tuyo? Tampoco”. 

Libby en el kibutz. Entre detalles de qué hace, por qué lo hace, el dinero que gana, las anécdotas cuando comparte cliente con otras chicas, los clientes que piden a una rubia y se encuentran con ella, morena de pelo rizado, Libby se acuerda de su infancia en el kibutz. Libby, que siempre lleva un libro en el bolso; Libby, que es prostituta en una ciudad sin nombre en Israel, creció en un vagón de tren. “Corría el año mil novecientos ochenta y ocho. Extraíamos el agua del valle vecino (en hebreo, la robábamos) y la electricidad la producíamos con un generador. Mi padre desbrozaba los espinos silvestres. Mi madre tuvo un hijo tras otro hasta que no pudo más, y por las noches extendíamos mantas en el suelo para dormir”, escribe. 

Contra la tiranía de la historia única. Elad Bar-Noy ha escrito que Amor es una “antihistoria sobre la imposibilidad de contar una historia”. Aunque hay pistas sobre eso en la primera parte, es en la segunda donde se despliegan todas las posibilidades y se las hace convivir. Tiene un giro alucinado y puede ser que haya un asesinato o tal vez solo sea un desamor y entonces quizá lo de la prostitución sea solo una metáfora de las relaciones, pero entonces por qué vuelve a aparecer quien la llama y le dice dónde ir; quién mata a quién, a quién investigan, quién sufrió abusos si los hubo. Para Libby, “Crecer fue un error, lo comprendí después, error que jamás podría reparar, aunque lo intenté”. Bar-Noy ha dicho de Amor que “difumina la distinción entre las relaciones sexuales que se desarollan dentro del marco de amor, romanticismo y consentimiento, y aquellas que se inscriben en un triple trueque: de dinero, de autoridad y de propiedad”.

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