Maestro Zúñiga

La literatura de Juan Eduardo Zúñiga, que murió el 24 de febrero a los 101 años, es una ilustración continua de la figura del inútil, del hombre superfluo de Turguéniev.
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La obra de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919-2020) ofrece uno de los casos más curiosos de la literatura española moderna. Se trata de una obra desubicada para los historiadores y carente de popularidad para el gran público. Sin embargo, cada vez somos más sus seguidores entusiastas entre escritores y profesores. Quizá la explicación de este desequilibrio entre popularidad y admiración sea que lo hemos leído relativamente pocos. Pero hay otras razones. Una de ellas es la absurda tendencia a encuadrar a los escritores en generaciones y grupos que suele mantener la historia literaria convencional. Según ese criterio, Zúñiga corresponde a la generación de literatura social de posguerra, la que emergió en los años cincuenta en Madrid en torno a la revista Acento cultural.

Sin embargo, las piezas más significativas de la obra de Zúñiga han ido apareciendo a partir de 1980 –las últimas, sus Fábulas irónicas y sus Recuerdos de vida, son de 2018 y 2019–, con la excepción de la novela El coral y las aguas, que fue premio Acento cultural en 1959 y publicó –con estrepitoso fracaso– Seix Barral en 1962. Mi apuesta es que esta obra está llamada a ser central en la literatura española moderna. Para eso quizá tenga que esperar un siglo, el tiempo necesario para que el aura de autores menores que hoy gozan del favor de la opinión pública se vaya desvaneciendo. Con seguridad no será el único caso.

Para sostener esa apuesta voy a tratar de explicar cuál es mi argumento, en qué aspectos de esta obra veo la maestría de Zúñiga. La primera lección –explícita– de Zúñiga es la primacía de una pareja de figuras: el hombre inútil y la mujer libre. Es de sobra sabida la presencia que la literatura rusa tiene en la estética de Zúñiga. Turguéniev y Chéjov son sus grandes referencias. En el ensayo biográfico que Zúñiga dedicó a Turguéniev –la versión más reciente de ese ensayo se encuentra en Desde los bosques nevados– puede verse un capítulo acerca de este asunto, “Rudin, hombre inútil”.

Para la filología rusa esta figura es un asunto nacional. No es así. Estudiosos occidentales han visto en Hamlet el primer gran inútil. Se trata de una figura masculina, desorientada en el complejo mundo moderno, pero dotada de cierta capacidad ideológica. La primera novela de Turguéniev ya apuntó en esa dirección: Diario de un hombre superfluo –el superfluo es otra denominación del inútil–. Y, aunque Turguéniev se inspiró en inútiles como Bakunin para Rudin, no tuvo que ir muy lejos. El Eugenio Oneguin de Pushkin es el primer inútil de la literatura rusa y el mismo Turguéniev fue persona y personaje inútil.

La obra de Zúñiga es una ilustración continua de la figura del inútil. Y también de su partenaire femenina: la mujer libre, que prefiero llamar andrógino. La mujer moderna ofrece un perfil literario opuesto a la mujer premoderna. La Modernidad es el tiempo de las mujeres. La mujer en la cultura occidental premoderna –y en las otras– es una figura subordinada, reducida a las tareas domésticas y su papel social es pasivo. La mujer moderna asume los atributos activos del varón. Y el varón entra en crisis. Esos atributos activos permiten a la mujer moderna adoptar dos tipos opuestos: el de la mujer fatal y el de la mujer redentora.

Oblómov, el personaje de Goncharov, ha pasado a ser el paradigma universal de esta fórmula moderna. Oblómov permanece tumbado en el sofá, acosado por los acreedores y su inutilidad. Su amigo Stoltz le presenta a Olga, que lo redimirá. Esta dupla es el paradigma de la novela moderna. Claro que hay otras figuras en la literatura moderna, pero las demás son continuidades adaptadas de personajes premodernos.

Zúñiga ha entendido esto con la profundidad que el asunto demanda. Las literaturas occidentales modernas están plagadas de inútiles y de mujeres-andrógino. Pero no suelen explotar el potencial de esta pareja de la manera como lo ha hecho el escritor madrileño. En el plano de la investigación académica el hombre inútil o superfluous man sigue siendo un personaje ruso o shakespereano. Y el andrógino, un hermafrodita, al estilo del balzaciano Shéraphita. Es incapaz de ver la trascendencia de la pareja y de superar la percepción parcial de sus facultades.

Hay otras lecciones esenciales en la obra de Zúñiga. Sobre todo su hermetismo humorístico y su ensimismamiento. Las tres dimensiones constituyen la arquitectura de esta obra. Son dimensiones que, precisamente porque están latentes en toda la literatura moderna, suelen pasar desapercibidas para críticos y estudiosos. El individualismo es un arma poderosa, pero también ciega. Y la crítica moderna suele buscar lo que diferencia a los autores y se ciega para ver lo que es común y propio de la época –la Modernidad–. Y, sobre todo, que la dimensión trascendente de la literatura y del arte consiste en explicar a su propio tiempo y a los tiempos venideros las claves de su época en el contexto de la gran travesía del espíritu de la humanidad. Y eso es lo que funda la lección de Juan Eduardo Zúñiga.

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