Conocí a Rodolfo Alonso a principios de 2019. Hablamos por teléfono primero y, a la semana, nos encontramos en su casa de Olivos, en las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Era sábado, y yo llegué a destino minutos antes de la hora pactada. Poco después, como una aparición, se presentó, ante mí, él. Pantalón y camisa color manteca; cabelo cor da neve. Había ido a dar una vuelta y regresaba ahora, en punto, para nuestra cita de las 11. “Sostiene Pereira”, me dijo no bien me vio. Y me invitó a pasar: “Pase, pase…”.
Nos sentamos a la mesa del comedor. Yo venía en plan de conversar sobre Pessoa, en especial, sobre la colección de poemas que él había seleccionado y traducido a finales de los años cincuenta; esa novedad que dio a Latinoamérica la posibilidad de acercarse tempranamente a quien sería considerado después el mayor poeta portugués del siglo XX. Alonso conocía mis intenciones y enseguida se entusiasmó. El diálogo no fue, en absoluto, un asunto lineal. Fue –acabó siendo–, por el contrario, una aventura serpenteante. Hubo pocas interrupciones de mi parte. Salvo en contados momentos en los que lo detuve para recuperar una idea (o, acaso, el aliento) o para encaminar el hilo, lo dejé hablar. Lo que sigue es una presentación ordenada de aquella charla; no de su totalidad, sino de la parte que nos interesa. Las acotaciones entre paréntesis y las citas y testimonios incluidos procuran ampliar la información que surgió durante el intercambio.
A finales de la década del cincuenta, Alonso tenía 25 años e integraba el grupo reunido alrededor de la revista Poesía Buenos Aires. Había traducido a Cesare Pavese, que lo había deslumbrado desde muy joven, mucho más que Pessoa, y estaba enamorado de los modernistas brasileños: Drummond de Andrade, Murilo Mendes, Manuel Bandeira… Sus padres eran gallegos, y el portugués habitaba en él, como le gustaba decir, por el galaico-portugués familiar.
En Fabril (por Compañía General Fabril Editora), un tal Aldo Pellegrini, pionero del movimiento surrealista en el Río de la Plata (además de médico y poeta), dirigía la colección “Los poetas”, de tapas duras, hermosa; una colección animada, al decir de Alonso, por un afán pretencioso: traducir al español las voces más destacadas de la poesía universal; voces que, hasta ese momento, eran, en nuestro idioma, prácticamente desconocidas. Así, en ese contexto y con ese fulgor en mente, Pellegrini se acercó a Rodolfo y le encomendó traducir a Giuseppe Ungaretti y también a Fernando Pessoa (encargo u oportunidad que a Alonso le permitiría después desplegar su talento poético y afirmarse como incesante traductor del autor portugués). Alonso, que era un primerizo, pero sobre todo un osado, aceptó. “Nadie conocía a Pessoa, o muy pocos lo conocía en realidad –dice hoy–. Pessoa era casi un desconocido, no solo entre nosotros, sino también en Portugal. Yo mismo lo conocí cuando Aldo me lo pidió. Y no me dijo, como podría suponerse: ‘Tomá el libro de Pessoa, traducilo’, porque él no tenía ese libro ni nadie”.
Lo primero que hizo fue buscar en las librerías de Buenos Aires. Hurgó en vano aquí y allá. Finalmente, o tal vez milagrosamente, consiguió los primeros volúmenes de Ática, el grupo editor que había comenzado a reunir y a lanzar en Portugal la obra de Pessoa: poemas dispersos que habían visto la luz en revistas de su tiempo y otros inéditos, provenientes de documentos guardados por el propio autor. “Me resulta gracioso decirlo –confiesa Alonso–, pero lo cierto es que conseguí todo eso de milagro”.
En el grupo Poesía Buenos Aires había un integrante extranjero, Milton de Lima Sousa; Alonso lo llamaba el poeta más desconocido del Brasil. Fue él quien le envió, dedicados, los primeros volúmenes de Ática (organizados por João Gaspar Simões y Luiz de Montalvor, entre 1942 y 1946). Con esos tomos en mano, Rodolfo hizo una selección y se puso a trabajar.
Mientras él trabajaba en Buenos Aires, Octavio Paz, que había oído hablar de Fernando Pessoa por primera vez en París, una noche del otoño de 1958, a través de la poeta búlgara Nora Mitrani, preparaba, a principios de los años sesenta, su propia traducción. Como me dijo alguna vez Jerónimo Pizarro, uno de los más exigentes y dedicados estudiosos de la obra del poeta portugués: “Yo creo que Rodolfo y Octavio Paz trabajaron casi en simultáneo. Los veo como a dos contemporáneos, así el libro del uno se haya publicado poco antes que el libro del otro”.
Los poemas de Pessoa y algunos estudios críticos relacionados con su obra comenzaban, en cualquier caso, a despuntar en el mundo de habla hispana. En 1957, el español Ángel Crespo había seleccionado, traducido al castellano y publicado en forma de libro poemas de un único heterónimo: Alberto Caeiro. Y, dos años antes, en 1955, el argentino Ramiro de Casabella había encarado, a pedido de la revista Poesía Buenos Aires, la traducción de “Aniversario”, un poema del heterónimo Álvaro de Campos.
A decir del investigador argentino Mario Cámara, la llegada de Álvaro de Campos a la revista se dio gracias a las conexiones artísticas que promovían sus integrantes, y el poema se publicó acompañado de una larga nota, en absoluto adicional, sino tan relevante como el poema mismo, firmada por Raúl Gustavo Aguirre, el fundador y editor de Poesía Buenos Aires. Aun así, ni Paz ni Alonso se acercaron a Pessoa a través de estos trabajos. Alonso lo hizo a partir de los volúmenes de Ática; el nobel mexicano, quien estaba al tanto de las publicaciones españolas, a través de las traducciones de Mitrani, en francés, seguidas de las de Armand Guibert.
“Su lectura me reveló a un gran poeta, casi desconocido entre nosotros –escribió Paz en ‘El desconocido de sí mismo’, ensayo que sirve de preámbulo a su antología poética de 1962–. Poco a poco descubrí que existía un reducido círculo de lectores de Pessoa, disperso en todo el mundo; Viera da Silva me prestó la Obra poética, en la edición de Río de Janeiro; conseguí el tomo de ensayos de Adolfo Casais Monteiro; más tarde, no sin dificultades, adquirí los volúmenes de la edición portuguesa. Casi sin darme cuenta, empecé a traducir algunos poemas de Álvaro de Campos. Insensiblemente pasé a los otros heterónimos. […] Mis traducciones no son un trabajo de erudición, sino el fruto espontáneo, tal vez un poco agrio, del fervor”.
Aunque Alonso solía repetir con gracia y también con razón que la antología de Fabril Editora era, en rigor, un gol argentino e insistía, además, en arrogarse –legítimamente, claro– el rótulo de primer traductor de Pessoa en América Latina, hubo dos factores a los que podría atribuirse la falta de una asimilación generalizada de este acontecimiento prominente (y, en consecuencia, el hecho de que aún persista cierta falta de claridad respecto de cómo desembarcó Pessoa en el ámbito hispanoamericano): en principio, el escaso énfasis de la crítica en la prensa local, es decir, en Argentina; segundo, la irrupción, en forma casi paralela, de la traducción de Paz, editada y publicada por la Universidad Autónoma de México.
“Fue un éxito silencioso –dice Rodolfo recurriendo ahora a un atinado oxímoron para describir el efecto suscitado en Latinoamérica por la primera antología suya–. En poco tiempo, sin promoción ni publicidad, casi en secreto, hubo que hacer sucesivas reediciones”.
En Portugal, en cambio, la noticia argentina prendió y fue públicamente celebrada por María Aliete Galhoz, infatigable promotora de la investigación pessoana: “Rodolfo Alonso nos restituye un poeta a través del amor de otro poeta”, dijo.
(Años después del encuentro en Olivos y de un modo bastante inesperado, yo mismatuve la suerte de presenciar algo de lo que aún perduraba, y acaso perdura, de aquel entusiasmo sesentero. En abril de 2024, mientras recorría una exhibición de libros de la biblioteca particular de José de Almada Negreiros puestos en diálogo con los de Fernando Pessoa, en la Casa Fernando Pessoa, en Lisboa, vi tras el cristal un ejemplar de la traducción de Rodolfo Alonso, publicado en 1961 por la Compañía General Fabril Editora, ejemplar que ostentaba una larga y enérgica dedicatoria de Galhoz a Almada Negreiros: “Ao Mestre Almada, este libro que diz da grande força que querem já negar a Pessoa. Ao Mestre Almada que nunca teve mais que carinho pela glória sombria de seu amigo-companheiro ainda hoje. Ao Mestre Almada que nunca sujou a alma com inimigos”).
En 2005, la Editorial Argonauta de Buenos Aires, en manos de Mario Pellegrini, el hijo de Aldo, publicó una versión revisada del volumen de 1961, versión que volvería a imprimirse en agosto de 2022.
“Aquí y allá, en todo el universo de nuestra lengua –dice Alonso en este nuevo prólogo–, aquella edición argentina de Pessoa fue conquistando a sus lectores casa por casa, uno por uno, individualmente, por la propia potencialidad de sus textos, de sus poemas, y de una forma tan indeleble que todavía hoy –me consta– se lo conserva en bibliotecas privadas como un acontecimiento y en el corazón y la memoria como un entrañable compañero: íntimo, personal y de huella perdurable”.
Aquel sábado de enero, me despedí de Rodolfo pasada la una. Días después, me envió un correo con el asunto en letras mayúsculas: SEÑALES DE VIDA. “Cara María Soledad: / Fue un gusto recibirte, tan gentil y amable / Sólo espero que mi irrefrenable charla no haya dejado preguntas sin contestar. Siempre a tus órdenes”. ~
*
Tres poemas de la traducción de Rodolfo Alonso para Fabril Editora.
DESDE LA MÁS ALTA VENTANA DE MI CASA (ALBERTO CAEIRO)
Desde la más alta ventana de mi casa
Con un pañuelo blanco digo adiós
A mis versos que viajan hacia la humanidad
Y no estoy alegre ni triste.
Ese es el destino de los versos.
Los escribí y debo mostrárselos a todos
Porque no puedo hacer lo contrario
Como la flor no puede ocultar su color,
Ni el río ocultar que corre,
Ni el árbol ocultar que da fruto.
Van lejos ya, como en la diligencia,
Y yo sin quererlo siento pena
Como un dolor en el cuerpo.
¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?
Flor, me tomó el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedar en mí.
Me someto y me siento casi alegre,
Casi alegre como quien se cansa de estar triste.
¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la que fue suya.
Paso y quedo, como el Universo. ~
¡TAN PRONTO PASA TODO LO QUE PASA! (RICARDO REIS)
¡Tan pronto pasa todo lo que pasa!
¡Muere tan joven ante los dioses cuanto
Muere! ¡Todo es tan poco!
Nada se sabe, todo se imagina.
Circúndate de rosas, ama, bebe.
Y calla. El resto es nada. ~
LISBON REVISITED (1923) (ÁLVARO DE CAMPOS)
No: no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada.
¡No me vengan con conclusiones!
La única conclusión es morir.
¡No me traigan estéticas!
¡No me hablen de moral!
¡Sáquenme de aquí la metafísica!
No me pregonen sistemas completos, no me alineen
conquistas
De las ciencias (¡de las ciencias, Dios mío, de las
ciencias!),
De las ciencias, de las artes, de la civilización
moderna!
¿Qué mal hice yo a los dioses todos?
Si tienen la verdad, ¡guárdensela!
Soy un técnico, pero tengo técnica solo dentro de
la técnica.
Fuera de eso soy loco, con todo el derecho de serlo.
Con todo el derecho de serlo, ¿oyeron?
¡No me fastidien, por amor de Dios!
¿Me querían casado, fútil, cotidiano y tributante?
¿Me querían lo contrario de esto, lo contrario de
cualquier cosa?
Si yo fuese otra persona, les daría, a todos, el gusto.
¡Así, como soy, tengan paciencia!
¡Váyanse al diablo sin mí,
O déjenme ir al diablo solo!
¿Para qué hemos de ir juntos?
¡No me toquen en el brazo!
Me molesta que me toquen en el brazo. Quiero
estar solo.
¡Ya dije que estoy solo!
¡Ah, qué importuno querer que yo tenga
compañía!
¡Oh, cielo azul –el mismo de mi infancia–,
Eterna verdad vacía y perfecta!
Oh suave Tajo ancestral y mudo,
¡Pequeña verdad donde el cielo se refleja!
¡Oh pena revisitada, Lisboa de antes de hoy!
Nada me dais, nada me quitáis, nada sois que yo
me sienta.
¡Déjenme en paz! No tardo, que yo nunca tardo…
Y en tanto tarda el Abismo y el Silencio
quiero estar solo! ~