Festival Benengeli 2022: La casa siempre gana

Un relato de la escritora peruana Katya Adaui con motivo del "Festival Benengeli 2022. Semana internacional de las letras en español".
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Cambió el dinero en la caja, unos cincuenta dólares, recibimos las fichas en envases blancos, de plástico, como los del chifa cuando pides sopa wantan para llevar. 

Frente a las tragamonedas:

Escoge.

Esta.

Introdujo un envase en la palanca:

La marcas y todos ya saben que es tuya.

Se detuvo frente a otras tres. Y a las tres les clavó el baldecito en la palanca. 

¿No vamos a jugar solo con una?

No. Hay que repartir la suerte.

Su método: el bloqueo. Al bloquear la suerte para ella, bloqueaba también la suerte de los demás. El pasadizo, cubierto con una alfombra roja de iglesia o de funeral, su cuadra premiada. Convocó a la buena fortuna con una combinación de rezo, hechizo y profecía. Les habló, como a viejas amistades, cargada de resentimiento:

Esta vez no me pueden fallar.

Y como a personas con las que se tiene cierta intimidad, les sobaba las panzas: 

Hoy nos tienen que dar todo. Todo.

Muchacha que pasaba, algo le pedía:

Flaquita linda, ¿nos dejas otra bandejita?

Una procesión ilimitada de tallarines, cerveza, cigarros, platos de plástico con salsas de colores, sin ser tocados, bajo las luces coloridas y las figuritas triplicadas de palmeras. Nosotras en la noche del casino, como en una vacación todo incluido.

Acepta, decía mi madre. Es gratis. Amontonaba para después, aunque se atiborrase. Acumulaba por si acaso. En las fiestas, envolver pastelitos y esconderlos en la cartera. En los restaurantes, tomar una ruma de servilletas y agolparlas en el sostén o en las mangas. Hurtos al vuelo. Ceniceros y floreros con logos, ¿de dónde salieron?, me los regalaron, a ti qué te importa, todo el mundo me regala cosas. 

Durante el viaje que hicimos a Estados Unidos, se paseó por las góndolas del supermercado y fue guardando, uno a uno, los objetos disímiles que codiciaba: un perfume, un lápiz de labio, una toalla, una vasija. 

La observaba de lejos. Y aprendía de la mejor. 

Yo estaba robando golosinas cuando la detuvieron. Las dos encargadas de seguridad: La esperas acá. Y cerraron la puerta. 

La vi ser interrogada a través de una ventanita rectangular. Retiraban las cosas, una a una, de su elegante bolso azul. Ella las veía estupefacta y negaba con la cabeza como si le estuvieran mostrando armamento. Ahora le pedían los comprobantes de pago. Se palpó los bolsillos, buscó en los separadores de su billetera. No evadía las miradas, los ojos de cervatillo encandilado por faros neblineros. 

Me vio, me hizo muecas y rompió a llorar. Atroces y torturados. Cualquiera hubiera dicho que le arranchaban las uñas. Gritó apuntándome. Prometía que nunca, nunca, nunca jamás volvería a robar nada, lo juraba por su hija, mi tesoro, ¿qué culpa tiene ella?, por favor, no me deporten, no sean así, ¡se los imploro! 

Desde la ventanita suspiré y me dejé arrastrar. Mi Sophia Loren. Mi Elizabeth Taylor. Mi Catherine Deneuve. Mi Gena Rowlands. Mi Ivonne De Carlo. 

Déjenla ir. Le creí todo.

Las alimentó, les rogó, festejó cada timbrazo, fumó en trance. Su cara, la de tener el boleto del pozo de la lotería, a punto de ser anunciado. A punto. 

¡Ganamos, ganamos!, bailaba, una niña desquitándose en su revancha.

Muchas veces bajamos juntas la palanca, su mano sobre la mía, casi igual de larga, los puños bien cerrados, abracadabras, profecías, bendiciones. Las imágenes calzaban una junto a otra, haciéndose esperar –las palmeras cocoteras y las cerezas, sobre todo– y el timbre de las monedas titilaba y brotaban como lava. 

¿Puedo usarla?, le preguntó una señora.

Es mía, rugió.

¡Pero si no está jugando! Y está prohibido separar.

Fingió no escucharla. Le dio la espalda y siguió fumando, los rulos rubios al vaivén: 

¿Me das más cigarros? Dos más, no seas malita. Mira, Susy, ella es mi hija, la menor.

Señora, soy Paula.

¡Paulita!

Yo sentía que competíamos por pasajes al Caribe, nos recibirían con cadenetas de flores fucsias y blanquiazules, Vírgenes Coladas, nos exhibirían como diosas a las faldas de un volcán.   

Ganamos, hijita, ganamos. ¡Qué te dije! Hoy es mi día.

La vi moverse, dueña, diosa, esotérica, sobaba las panzas de las máquinas, las seguía seduciendo entremezclando insultos, golpecitos y frases animistas. El pasillo con la alfombra roja, su pasarela. Se agachaba para ver su reflejo en la pátina negra y, en las pupilas, el brillo de la buena suerte y la conquista, sacaba su lápiz rojo, repasaba sus labios y lanzaba un beso que era a la vez para el dinero y para ella. Una madame.  

El tintineo fue desapareciendo; los baldes, vaciándose. El fogonazo del timbre se espaciaba y la alegría de mi madre se diluía, como el maquillaje en el llanto. 

¿Por qué? ¿Por qué?, se lamentaba. El bajón, igual de eufórico, desfile ida y vuelta a través de la alfombra, les renegaba a las máquinas por no entregar más, por no acceder, ¡ustedes son de lo peor!, autoritaria, como a un batallón desobediente. 

Sin apaciguarse con nada, se volteó hacia mí:

Dame plata, tú tienes.

No tengo.

Te di medio balde.

Se acabó.

Mi madre, ademanes mafiosos. Tampoco me sorprendía.

¿En qué lo gastaste?

En lo mismo que tú.

¿Cómo así?

Se llaman tragamonedas, mamá. 

Basta. Ven. Acompáñame.

¿A dónde?

Adelante, tú ven.

La seguí entre copiosas enredaderas de plástico, vides que caían del techo recreando la fantasía de pérgolas romanas, y absortos jugadores de póker, Black Jack y ruleta. La misma mirada compulsiva y roja. Ojos de conejo albino. Las mozas seguían repartiendo embutidos, tallarines, cigarros, cerveza. Nadie quedaba desatendido. Su presencia está subrayada. Sonrisas, bebida, alimento, colmar, demostrar que cualquiera puede entrar pero que el deleite es exclusivo, que alcanza para todos, que sobra, pero nada es añoso, todo es de hoy para hoy. Aliviar el desasosiego, impedir la frugalidad, acompañar en las buenas y en las malas, compensar la tacañería premeditada del casino con el festín de la abundancia, si no chirrían los bolsillos, al menos el placer va de la boca para adentro. Campanillas y recompensa: dinero en efectivo, sorteo del 0 kilómetros y pasajes a un mar turquesa y cristalino. Auto, barco, avión, catamarán. Sentir en carne propia la literalidad de ser transportado a otro mundo. O comida, bebida y cigarros ilimitados como premio consuelo y desquite. Serás eclipsado por un sinsabor con sabor. La vida no es así, cuando te quita solo te quita. 

Retomamos nuestros pasos hacia la entrada, comparte recepción con el hotel. 

Nos vamos, qué bueno, dije con alivio.

¿Cómo que nos vamos? No. Mi madre se instaló frente a un cajero automático. Otra vez, las múltiples trampas que, por obvias, no menos trampas. Como los aeropuertos y sus duty free, como el animal más visitado del zoológico cuya vitrina colinda con la tienda de peluches, banderas y tazas, esta recepción enlazada con el casino y, a la vez, con el cajero, por si ya agotaste el efectivo en rachas de mala suerte.

Sacó su tarjeta y la introdujo. A lo lejos, las mesas, las manos, las bocas, los dientes, las sonrisas, una alegría sostenida y derrochadora, tenía tanto de cierta como de falsa. 

¿Qué haces?, vámonos. El último recurso, por si pescaba la ironía: ¿Sabías que en otros países a las tragamonedas se les llama mataperras, mamá?

¿¿¿Y???

Ellos nos ponen el taxi, dijiste.

Sí, cuando ganas.

Extrajo un billete de veinte dólares. Sigamos un ratito más.

Me voy.

No te puedes ir, me siento mal, creo que voy a vomitar. Se recostó contra el cajero. Por favor.  

La dejé hablando sola. 

Corrí unas cuadras, en esa época ya no entrenaba, pero todavía corría, si me provocaba, corría, conté las monedas que tenía en el bolsillo, detuve un taxi, regateé. Entre la inseguridad del azar y yo, su apuesta segura, había sabido qué elegiría. 

La casa siempre gana. No la nuestra.

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