Stefano di Giovanni

Pienso en algunas cosas sobre las palabras

Pienso en dónde estarán algunas penas que he sentido. Me acuerdo de ellas mientras camino por la calle, sin sentir la desazón de aquellos momentos, sin sentir nada, solo recordando que alguna vez estuve triste por algunas cosas.
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Pienso en algunas cosas de la vida. En cómo se puede preservar, y así usarlo luego, el centelleo de las palabras para el momento en que queramos expresar lo exultante, o iluminar el fondo de nosotros. Todo aquello que no se podría expresar de otra manera, que quizá no existiera antes y se haya generado por la combinación de las palabras mismas, los misterios que nos atraen y de los que no hablamos casi nunca, helos aquí a expensas de las palabras, moneditas de uso cotidiano. No que las palabras se gasten o se pierdan, no que haya que limpiarlas y darles lustre, sino probar a ver si en otro mostrador nos dan algo diferente a cambio de ellas. Mira la mano que se detiene y las oculta un instante cuando se desparraman sobre la madera pulida.

En cómo se puede expresar el asombro ante las cosas, que podría acompañarnos siempre, si tenemos que ponernos de acuerdo cada vez con nuestros interlocutores, extender y alisar juntos el tapete de juego mientras vamos repasando una vez más las reglas. Me asalta la sospecha de que pasamos mucho tiempo en un estadio inicial, hablando mediante lugares comunes, tanteando en la oscuridad aun a plena luz del día para establecer el contacto, dejando el lenguaje en la función fática, que nos sirve para asegurarnos de que nos estamos escuchando. Estamos tan nerviosos que esa garantía nos tranquiliza y nos basta y nos deja exhaustos a la vez, y el mensaje, si lo hubiera, lo dejamos para más adelante. Pero a lo mejor el mensaje era que qué alegría encontrarnos. Muchas veces lo que les divierte a los niños de los juegos es definir muy bien las normas antes de empezar a jugar. El resto tiene menos gracia, o a lo mejor es que el recreo es demasiado corto.

Para no asustar a los demás o para no meternos en líos repetimos el mismo papel en versiones sucesivas. Lo dice Pessoa en su poema Tabaquería: que se quiso quitar la careta y la tenía pegada a la cara. La protagonista de La debutante, el cuento de Leonora Carrington incluido en la Antología del humor negro que hizo Breton, al menos interrumpe la función zampándose la cara que usa de máscara.

Así estamos escamoteándoles algo a los demás.

Pienso en dónde estarán algunas penas que he sentido. Me acuerdo de ellas mientras camino por la calle, sin sentir la desazón de aquellos momentos, sin sentir nada, solo recordando que alguna vez estuve triste por algunas cosas. ¿Qué tenía que haber hecho con aquello y no hice, cómo es que no dejé que abriesen toda su flor?, me pregunto ingenuamente sin darme cuenta de que justo aquellas penas modificaron mi trayectoria, también la física, y es por ellas por las que estoy cruzando este paso de cebra y no otro, y que por eso las recuerdo. Ese es su olor. En su reaparición noto que mi pena tiene algo que decirme que no sé cómo atender. Adónde me llevaría hacerle caso. ¿Y cómo podría volver a ellas por propia voluntad? Son penas por personas con las que no me entendí, preguntas que no llegué a hacer, revelaciones que llegan años más tarde, una falta o un exceso de confianza en un momento crucial (o vulgar que se convierte en crucial por ese desajuste), etcétera.

En todas las maneras que tenemos de expresar sentimientos sin hacerlo mediante las palabras. En el desorden, en el frenesí del trabajo, en dejar las cosas para más tarde, en lo que cocinamos, en los platos que fregamos o dejamos sin fregar. Oh, bellísimo estrambote de dejar la cama sin hacer. Así les aliviamos del trabajo a las palabras, que descansan.

En cómo yo a veces, estando podría decirse mucho más desamparada, he escuchado las tribulaciones de mis semejantes. En las veces que habrán escuchado las mías. En cómo es posible cambiar la jerarquía de las urgencias en el curso del ping-pong de una charleta. Pienso en las veces en que estamos en mitad de una conversación digamos seria, y de repente se nos ocurre una respuesta intempestiva, algo que lo desbarataría todo. Es muy gracioso. Por supuesto el caso evidente se da cuando nos están molestando pero seguimos asintiendo, cuando en la pantalla de la mente se proyecta un insulto que es el que nos hace sonreír (no la amabilidad) por el repentino recuerdo de la complicidad que nos gastamos con nosotros mismos, pero otras veces es el puro sinsentido de la frase que no viene a cuento, que ha aparecido asomando la cara simpática entre los arbustos de la mente, el desconcierto en el que quizá nos encontraríamos los dos interlocutores, a partir de entonces amigos. Ahí se vienen abajo los pilares de lo que hay de más aburrido y mentiroso en nuestra sociedad.

Schopenhauer escribió que habíamos inventado el lenguaje para ocultarnos detrás.

Pienso en todo eso y en nuestras maneras de expresarnos y lo siguiente es que pienso en los cromañones. ¿Qué tendremos que ver con ellos? ¿Cómo podríamos orientarnos por su mente, si fuesen posibles, si creyésemos en la usurpación del yo y en los viajes en el tiempo a la vez?  En qué encrucijada o mesa de ping-pong me encontraré con ellos, y cuándo me enseñaron a jugar. Pienso en cuando se extinguen los idiomas y en la muerte del último hombre que no llegó a hablar nunca.


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