Sabiduría del automenoscabo

Monterroso supo reírse como nadie de sí mismo y de su oficio, para mostrarnos, con tanta humildad como maestría, la miseria de la condición humana.
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Si existe un escritor que recurrió en todas sus facetas –filosóficas y retóricas– al arte del automenoscabo, este fue Augusto Monterroso. Recuerdo cómo la autoderrisión se produce cuando un autor subraya su condición ridícula frente a los demás, acción encaminada a conectarlo con quienes lo leen y que le permite ahondar, con pleno derecho, en lo que Tito supo definir como “la insondable tontería humana”.

En él, el automenoscabo atiende tanto al reflejo de sí mismo como a la configuración de personajes y situaciones signados por el ridículo. De este ejercicio, reivindicado en “Autoflagelación” –“La burla de uno mismo, el reconocimiento abierto de los propios defectos como ideales masoquistas” (La letra e)–, se extrae una enseñanza fundamental: el rechazo de las que Spinoza denominara como “pasiones tristes”, que acechan a cada paso y que en Monterroso se plasman en unos cuantos errores de carácter como la ansiedad individual, el fanatismo colectivo, el miedo al qué dirán, la vanidad o la envidia. Frente a ellos, su obra se descubre como un poderoso revulsivo encaminado a reivindicar una existencia liberada de miedos, por lo que nos acerca, como pocas creaciones contemporáneas, al arte del buen vivir.

El extraordinario valor de sus páginas, en las que ética y estética se dan la mano, me llevó a elegirlo hace treinta años como motivo de mi tesis doctoral, consciente de que sus enseñanzas –siempre amables y acompañadas de una sonrisa, nunca maniqueas ni enfurruñadas– lo perpetuarían en mi mesilla de noche. Leerlo transforma, y el eco de sus palabras queda en la memoria a la manera de lo que lograban los ejercicios espirituales; uno de los más atendidos por las escuelas clásicas de pensamiento fue, precisamente, la autoderrisión, cuya tradición demuestra vínculos con la creación monterroseana.

Epicuro reivindica en una de sus máximas el final de la ansiedad para, en la tradición eudemonista, buscar el máximo bienestar en la existencia: “El ser dichoso e inmortal ni tiene preocupaciones él mismo ni las causa a otro, de modo que no está sujeto a enfado ni a agradecimiento. Pues tales sentimientos residen todos ellos en un ser débil”. Monterroso hace suya esta idea desde la fábula dedicada a Horacio, titulada significativamente “El cerdo de la piara de Epicuro” (La oveja negra y demás fábulas), a la desopilante “Agenda del escritor” (La letra e), enumeración de las tareas inútiles que acosan al “profesional de la literatura” impidiéndole crear y que lo llevan, tras días de insulsas reuniones y comidas, a pergeñar un mísero haiku.

De rerum natura, de Lucrecio, insiste en la insignificancia y ridiculez humanas para restar dramatismo a las fantasías –religiosas, políticas, existenciales– que dificultan nuestro cotidiano vivir. En esa línea de pensamiento se encuentra Tito cuando alaba el carácter de su amigo Rubén Bonifaz Nuño, no en vano gran traductor de Lucrecio:“Hoy, mientras hablamos, pienso en su invencible voluntad, y lo envidio; en su indiferencia ante el éxito momentáneo, y lo envidio; […] y envidio su tranquilidad y me avergüenzo cuando me recuerdo a mí mismo colocando mi librito en lugar visible cada ocasión que voy a una librería” (La letra e). La comparación con autores admirados para mostrar la propia debilidad se extiende a entradas de Movimiento perpetuo como “A escoger” –donde se autodenigra frente a Kafka y Borges– o “Fecundidad”, que le permite recalcar su parquedad expresiva frente al autor de La comedia humana: “Hoy me siento bien, un Balzac: estoy terminando esta línea”.

¿Y qué decir de la adoxografía, ese arte de elogiar de modo erudito realidades sin valor, popularizado por el escéptico y antidogmático Luciano de Samósata en su Elogio de las moscas? Estos insectos, bien lo sabemos, revolotean incesantes las páginas de Movimiento perpetuo, donde leemos que “solo hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas”, mientras el comentario a “De animales y hombres” viene precedido de la siguiente introducción: “El tulipán y la mariposa / aparecen con abrigos más alegres que el mío; / vístame yo lo mejor que quiera, / las moscas, los gusanos y las flores me seguirán / excediendo” (Isaac Watts: Cantos divinos para niños)”. Luciano, uno de los primeros humoristas, resulta asimismo esencial para comprender la importancia del tema del desacuerdo con la propia naturaleza en la obra de Monterroso, motivo manifiesto, entre otros inolvidables títulos, en las fábulas “La Mosca que soñaba que era un Águila”, “La Rana que quería ser una Rana auténtica” y “El Perro que deseaba ser un ser humano” (La oveja negra y demás fábulas).

Avanzando unos siglos en el recorrido por la autoderrisión, Montaigne subrayó en sus Ensayos tanto sus defectos físicos como psíquicos –pereza, poca memoria, tacañería, languidez, indecisión–, estela que continuó Tito al bromear de forma recurrente sobre su escasa estatura: en el temprano relato “El centenario” (Obras completas y otros cuentos) y, sobre todo, en la entrada de Movimiento perpetuo “Estatura y Poesía”.

En este tema resulta especialmente significativo La letra e, dietario en el que rechaza la alabanza de la vida literaria para recuperar momentos marcados por el ridículo. Así ocurre con sus frecuentes ataques de timidez, mostraciones de pánico escénico cuando va a dictar una conferencia o rechazo de las poses intelectuales autosuficientes. Remito, entre muchos otros episodios, a su visita en Barcelona a la “elegante y bella editora Carmen R.”, ante quien se presenta tan seguro de sí mismo como cercano –la tutea porque piensa que ella sabe quién es–, pero pronto descubre su error cuando la mujer permanece distante: “y salí con una enorme cola enredada entre las piernas, como un animal americano dibujado por Oski y que según Carmen, probablemente, no solo hablaba, sino que encima le hablaba a la gente de tú”.

Se hace evidente, pues, la sabiduría que encierra el automenoscabo en Monterroso, que supo reírse como nadie de sí mismo y de su oficio –las entradas de Movimiento perpetuo “Homo scriptor”, “Ganar la calle” y “El poeta al aire libre”, la extraordinaria novela Lo demás es silencio (la vida y obra de Eduardo Torres) lo avalan– para mostrarnos, con tanta humildad como maestría, la miseria de la condición humana.

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