Foto: Adriana Ortega Calderón

Pulp: crónica de una noche memoriosa y memorable

En su concierto en la Ciudad de México, Pulp demostró que su vigencia no se basa en la nostalgia ni se resigna a la interpretación en vivo de sus grandes éxitos.
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A Adriana Ortega Calderón

Al término de la interpretación de “Spike island”, la multitud corea “Jarvis, Jarvis, Jarvis”. Jadeante, el vocalista agradece juntando las palmas pero ante la duración de los vítores corrige: “No, ¡Pulp, Pulp, Pulp!”, justo recordatorio de que la banda no está a su servicio: él es un miembro más, como lo corroboran los créditos de cada composición. Más tarde, sin embargo, al concluir “Underwear”, aceptará los aplausos y las menciones, intercambiando miradas con el bajista Andrew McKinney, quien sonríe con gesto cómplice: “Ni modo, acéptalo”.

Jarvis es un frontman atípico. Otros cantantes acuñaron una postura que se solidificó en una pose icónica: Mick Jagger flexionando las rodillas mientras se contorsiona con las manos en las caderas; Liam Gallagher, de anteojos oscuros, con la cara erguida y las manos a la espalda en actitud retadora; Robert Plant, con el torso descubierto, acariciándose con procacidad barriobajera. Jarvis, en cambio, es el primero en asumirse histrión sin representar caracteres, a diferencia, por ejemplo, de Peter Gabriel. Si muchos grandes frontmen encarnaron un personaje hasta el punto de que hombre y artista se vuelven indistinguibles, este vocalista, cuya vestimenta actual recuerda la de un profesor bohemio –cuando lo veo, pienso en un Ichabod Crane regresando por la noche de los pubs de Sheffield con el rugir de las fábricas al fondo–, supo desde sus inicios que no era una personalidad heroica ni seductora, sino un médium para encarnar las historias de Pulp; una suerte de ectoplasma en una sesión espiritista.

Foto: Adriana Ortega Calderón

A medio camino entre el baile y la gimnasia, sus movimientos escénicos parten de la torpeza corporal para convertirse en una extraña coreografía que incluye flexiones de falanges –uno esperaría escuchar el crujido–, alzamientos de hombros como si bailara voguing, torsiones de cuerpo, rodillas que se doblan como si hubiera recibido un martillazo, brazos extendiéndose para señalar, no con la demanda del líder que te involucra para seguirlo, sino con la del amigo que te integra a la conversación porque te sabe parte de la historia. Por separado, sus ademanes carecen de simetría, elemento primordial en la danza, pero en conjunto resultan dinámicos. Gracias a su resabio de amateurismo, son más auténticos que los ensayados a la perfección. Seguramente hay estudios de proxemia que clasifican cada uno de los gestos de Cocker, pero a mí me resulta evidente que sus desplantes provienen de la timidez y la desmesura que debe arrogarse el tímido para no sucumbir a las acechanzas de los matoncitos en los callejones: “You could end up with a smack in the mouth / Just for standing out”, canta en “Mis-shapes”. No hay en esa corporalidad un alarde de virilidad, sexualidad o liderazgo, sino indefensión: el carisma del inocente. O de la víctima. No obstante su histrionismo, Jarvis es todo menos impostado. Muchas expresiones podrá haberlas aprendido en sus modelos melodramáticos –Scott Walker, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, Edith Piaf–, pero incluso en los episodios más exagerados –como en “This is hardcore”, con sillón estilo Imperio y mascarilla de oxígeno incluidos–, no lo consideramos un farsante. Si para descubrir la verdad de un hombre hay que confiar en su mentira, Cocker es el intérprete más sincero. Antes de que escribiera “Common people”, sabía que era una persona común y el aficionado también: nadie lo idolatra. Si Jarvis subió al escenario fue para encarnarnos y morir por nosotros. Bienaventurado sea porque asume los pecados del rock.

El hilo conductor de You deserve more Pulp es la memoria. El repertorio articula un diálogo entre el pasado y el presente. La gira surgió como una extensión del octavo disco de estudio del antiguo quinteto –en el intervalo discográfico murió Steve Mackey, en 2023– y su nombre es un juego de palabras que, a la manera de un enigma, incluye el título: More. Desde finales de 2024, Jarvis anunció a su fanaticada lo que vendría en un mensaje que entonces parecía un acertijo y hoy resulta transparente: “You deserve more –& we have more. In fact, we have More – (but that’s a whole other story… you’ll have to wait a little More time to hear that one)”.

Foto: Adriana Ortega Calderón

A diferencia de otros artistas, la vigencia del grupo no se funda en la nostalgia ni se resigna a la interpretación en vivo de sus grandes éxitos. Por el contrario, como la inesperada aparición de More demostró en junio de 2025, para la banda de Sheffield proseguir implica comportar, en el sentido de este verbo en italiano: llevar consigo la experiencia. Así, mientras la mayoría reservaría sus éxitos para el tramo final, Pulp no teme soltar dos de sus más emblemáticos, “Sorted for E’s & wizz” y “Disco 2000”, al inicio; del mismo modo, no vacila en cerrar habitualmente con “A sunset”, una canción sin el estatus de himno de “Common people”, por ejemplo. La secuencia entraña un compendio temporal. Situada en el promontorio del ahora, en vez de privilegiar un momento –la apoteosis de los noventa, digamos–, Pulp contempla ambos tiempos y los enlaza en un continuum. Esa narratividad no es inédita; ya era evidente en la composición de We love life, su álbum de 2002.

El sello memorioso refulge en los temas melancólicos de recapitulación inherente: “Something changed” –durante su interpretación, varios espectadores de las primeras filas exhibieron fotografías de Steve Mackey–, “Slow jam”, “Do you remember the first time” y “Babies”, aunque dado el cariz saturnino de Cocker, diríase que todo su cancionero está plagado de piezas que registran el paso del tiempo. Si en ellas hay una indagación sobre las mutaciones y las posibilidades de existencia –patente en “Something changed”–, la actual gira no solo prolonga el examen de conciencia de More (publiqué mi reseña en este mismo sitio), sino que exige la confrontación del público con su propio pasado.

Ante la insistencia de un sector que demanda “Seconds”, después de que perdiera la elección, mediante aplausómetro, frente a “Bad cover version”, Jarvis, regularmente complaciente, deniega tal posibilidad porque “así es como funciona la democracia”. En la utopía de Pulp hay acuerdos y estos son indisociables del diálogo, de involucrar al otro. Por eso, cuando canta “Common people”, auténtica apoteosis de la noche, con la multitud coreando y saltando frenética, entregada al vértigo del ritmo que anula la temporalidad, el cantante, convertido en el mesías que sus iniciales sugieren, apunta a la gente a diestra y siniestra mientras declara “like you… and like you… and you”.

Foto: Adriana Ortega Calderón

Para comprender la recapitulación de Pulp, es necesario incluir a los espectadores, quienes finalmente le dan sentido al espectáculo. Este connota nuevos significados porque incorpora la experiencia del grupo y la de sus seguidores, para quienes palabras como “¿Recuerdas la primera vez?” adquieren, además del sentido que se les da en la canción así titulada, el de nuestra experiencia. Hoy su cancionero incorpora el aura que le otorgan las lecturas y apropiaciones personales de la audiencia.

Concluida la votación sobre qué canción estrenarían, Jarvis leyó unas páginas escritas en español macarrónico, en la que relataba que antes de comenzar la gira se reunieron en un lugar del Norte de Inglaterra para ensayar con guitarras acústicas –incluida la suya–, un tambor africano y un teclado de juguete. A continuación, con él y Mark con guitarras acústicas, Candida en un pequeño teclado y Nick Banks golpeando acompasadamente un cajón, todos al frente del proscenio, tocaron “Something changed”. Dentro del concierto, funge como una analepsis: relatar eventos pretéritos dentro del presente; portal mediante el cual el Pulp de ahora dialoga con el Pulp del pasado. “You’ve gone from all you could be to all that you once were”, dicen en “Slow jam”.

El segundo momento memorable fue con “Babies”. Para introducir la canción, Jarvis cuestionó si nos gustaría saber más de Sheffield y tras la pregunta retórica aparecieron en la pantalla imágenes de Jarvis y los otros integrantes del grupo, mientras el cantante recita el monólogo introductorio. Confieso que me pareció el más emotivo porque aquello que fue moderno hoy es fehacientemente antiguo: las camisas de colores chillones, la tipografía luce más sesentera que de los noventa, la propia estética audiovisual.

Foto: Adriana Ortega Calderón

La memoria implica el reencuentro. En More, Jarvis cuestiona su existencia y sus decisiones, mientras que musicalmente conlleva un balance del legado del grupo. En la gira, el reencuentro es con su audiencia. La presentación en México suscitó una gran expectación no solo por ver a uno de los grandes grupos británicos vigentes, sino porque presagiaba una reunión amorosa. Nuestro país es proclive a forjar romances con las grandes estrellas del pop: para corroborarlo, ahí están los ejemplos de The Beatles, Creedence Clearwater Revival y más recientemente de Paul McCartney, U2 y Morrissey. Con Pulp hay asimismo una relación especial. Por ello, aun cuando fuera una expectativa acaso ilusoria, los asistentes esperábamos una actuación memorable, más allá de la estadística, pues ya lo era porque se habían estrenado en la gira “Bad cover version” y “O. U. (gone, gone)”. Antes de interpretar “Do you remember the first time”, Jarvis rememoró: “¿Recuerdan la primera vez? Fue el 23 de abril de 2012, hace poco más de 14 años. ¿Quiénes estuvieron aquí en esa ocasión? Hasta el día de hoy, es el concierto más largo que hemos dado”. Entonces, añadió: “Bueno, pensamos que quizá esta noche podríamos romper ese récord”.

Regularmente el programa concluye con “A sunset” como pieza número 22 o 23; la cifra varía. El del Palacio de los Deportes incluyó dos canciones más, igualmente estrenos. En México, Pulp cambió su narrativa. En el resto de la gira, “A sunset” enfatiza el carácter cíclico del concierto [quitar], en el que las imágenes crepusculares presagian incertidumbre, mientras que la elección de “Help the aged”, la sarcástica reflexión de Cocker sobre el envejecimiento, y “Like a friend” es una declaración del paso del tiempo, un guiño irónico a la amistad y un remanso musical después del frenesí. No solo implican una carga emocional para el país, sino que, desde otra perspectiva, son un cierre adecuado para una noche en la que el pasado se convirtió en presente y en la que el presente incluyó el pasado.

Como testigo de los dos conciertos mexicanos de la banda –sin mencionar su aparición dentro del programa del Corona Capital, un evento que incluso el propio cantante soslayó–, considero que ambos han sido excepcionales. El primero –cuya reseña apareció en Letras Libres– mostró al quinteto en plenitud, pese al aire de fantasma de las Navidades pasadas que despedía, además de que Mackey aún vivía. Este segundo tiene el sentimiento de melancolía de viejos amigos –o antiguos amantes– que recorren los sitios en los que fueron felices, conscientes de que la felicidad está en el presente, sin porvenir. Contra los vínculos sentimentales, es difícil competir; por ello, en los anales de la música en México, las actuaciones de Pulp ocupan un sitio privilegiado. ~


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