El hombre del sueño japonés

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En la entrada del mercado de San Andrés Tetepilco espera una furgoneta con las puertas abiertas y en su interior hay un hombre que parece dormir un sueño japonés. Recarga los pies en la zona ventral de lo que antes fuera una vaca espléndida y que ahora cuelga de una manivela y cuyos músculos aún rezuman sangre, de tal forma que el hombre confía en absoluto que lo sostendrá sin reparos.

            A falta de cámara fotográfica, tengo la mente. Entrecierro los ojos.

La luz, y sus trabajos terrestres, confirma los perfiles de los cuerpos y acrecienta los pliegues de las ropas y los ligamentos despellejados como si el momento estuviera sucediendo en un lienzo.

            El hombre, habituado a un espectáculo de esta índole, de vez en cuando asoma su rostro por detrás de una gorra manchada de sangre, manchas geográficas de aceite y sangre, no para ver al cuerpo, o lo que fue cuerpo, sino para comprobar que el sol sigue siendo sol y el mundo está aún ahí, pero el sol no toca a una res desollada ni al hombre sereno ni tampoco es capaz de alterar la oscuridad de su interior semejante a un lago inmóvil. ~


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