Dos poemas

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DISONANCIAS

Era
un animal dentro de un cuerpo
y cambié de voz.

La primera traición
de lo físico. El comienzo
de mis cacofonías.

Con sonidos metálicos y agudos
dejó de pertenecerme.
Alguien abrió la jaula en mi garganta
y durante meses
escaparon las aves con alboroto.

¿Siempre fui esta voz
debajo de mi voz?

Matroska de sonido.

En busca de mi centro
la palabra se volvió robusta
y el cuerpo se fue desgajando
sin que yo lo pidiera.
Tenía voluntad
y no era mía.
Tenía los hilos
pero otra mano los jalaba.

Bastó un cambio de frecuencia,
descenso en las escalas,
ampliación de ondas,
para rendirme.
Nunca tuve el derecho
de reclamar su territorio.
Siempre fui un ocupante.
Me lo hizo saber
despojándome del grito.
Caprichoso dictador,
cruel monarca de la biología.
Tuve que aceptar
sobre mí su sentencia.

Cuando empezaba
a conocerme
se me quebraron
las vocales.

Me quedé a solas
con el cuerpo.
Con su desobediencia.

MANOS

Al final del brazo
una navaja suiza
preparada para abrirse.
Hierros encendidos,
imprimen su marca
en lo que tocan.
Frascos sellados al vacío,
en su tacto guardan
por unas horas
el calor de un cuerpo.
Mapas abiertos
donde ningún río se repite.
Tarántulas mancas.
Peines de emergencia.
Termómetros.
Antenas de insecto
para mirar en la oscuridad.
Salvavidas. Armas.
Consoladores.
Estrellas amorfas.
Neuronas cuyas dendritas
hacen sinapsis con el mundo.

Muchas veces extendí mis manos
al desconocido
y las retiré
a veces demasiado pronto
o muy tarde.
Me quedé con un cuenco
que no sé llenar.