Sobre los campos de México
vuela el águila en los siglos,
con sus ternuras azules
siempre prendidas al pico.
Quiere a esta tierra encrespada,
quiere a esta tierra de brillos
y mieles dulces por rostro
como al hijo ya nacido.
Entra presto en el gran llano
su vuelo de historia y mito,
portando el cielo en las alas,
mirando abajo cada hito
de las gentes de los valles
entre cumbres y gollizos.
Se pregunta por la espera
y por la hoz del campesino,
que trasiega con su afán
los empeños del destino,
frutos del tiempo y el azar
juntados en el mismo hilo.
Son frescos estos lugares
de cintura y portes finos,
ceñidos por nieves altas,
lejanos del mar perdido,
plenos de agua limpia y clara,
donde tantos han vivido
buscando al sol en el cielo
y a la luna en los abismos.
Se eleva el sol encorvado,
libre de cantos y ritos,
el volcán harto de nubes
lleva un sombrero amarillo.
Se ocultó la luna oscura,
paciente espera su sitio,
y la luz nace en el campo
sin grandes dramas ni gritos.
Levanta su vuelo el águila,
del mediodía testigo.
Desciende luego en su rumbo,
a la tarde con sigilo.
Hay entre los hombres algunos
arreando en el camino,
camino pedrizo y eterno
que lleva al nopal antiguo
y a la huerta de la milpa,
casa de muertos y vivos,
hogar del pájaro y la hidra.
Siguiendo el camino mismo,
vienen también las mujeres
con paso lento y escondido,
sombreando los semblantes
bajo su manto adolorido,
hundidas en el recuerdo
de una niñez que es olvido,
como mujeres y ancianas
rodando por tiempos míseros.
Se juntan al mediodía
en la plaza, con el brío
perenne del vendedor,
los rumores y los dichos
de la vida ancha y estruendosa,
ofreciendo entre vecinos
las semillas y los frutos
de la tierra y el paraíso.
Es un portento del mundo,
que sabe al alegre ciclo
del tomate y la guayaba,
que huele a sudor y a río,
que se siente como un ánimo
de madreselvas y pinos.
El anciano dice al joven:
“Escucha bien, niño mío,
morirse es que se te ven
los huesos, ay, niño mío”.
El joven dice al anciano:
“Dios no te oiga, ay, viejito”.
En muchedumbres acuden
al templo, flecha y castigo,
ya prestos los corazones,
con sus muros de castillo
por almenas coronados.
Admirados y contritos
observan los techos altos,
abigarrado racimo
de molduras y figuras
donde vive lo infinito
entre colores y arcángeles
morenos, siempre al abrigo
de paredes y retablos.
Piensan en aquel delirio
de chiles y capulines,
y se miran a sí mismos,
asombrados por la marcha
de los muertos despedidos.
Están ya húmedos de gotas
de la cúpula los ritmos:
la lluvia moja por fuera
y por dentro este otro elíseo
de ahogados y leprosos.
Al raso el patio marchito
se hincha y relincha de aromas,
de unos aires primitivos,
del brillante rojo y verde
de los geranios de estío.
Y abrevan los canalones
de barro, como si vino
fuera la lluvia del cielo.
Qué milagro de agua y frío
cuando estaba soleando.
Qué calor de los sentidos,
qué emociones de la carne.
Y es María con magnífico
ademán quien devuelve
el gesto, dando cobijo
como madre de esta unión.
Y ellos rezan conmovidos,
por el presente y el ayer.
Es éste un pueblo sencillo
como una flor en la tierra,
ancestral como un ombligo,
que sabe de dónde viene
sin saberlo, bien hundido
en su sangre y sus adentros
cargando ahí lo sabido
de lo primero hasta lo último.
Sobre cimientos más prístinos
se alza la cruz en la piedra,
en el altiplano herido
la piedra sobre la piedra,
herido pero nuevo hijo
con otra piel y otra lengua,
hijo de un mundo afligido.
Abajo yace el talud
y el tablero, persuadidos
de sueños de calendario,
en el tiempo repetidos
por los años de los años,
con una ristra de signos
esculpidos en el pecho.
La serpiente muestra un guiño
de perfil, sintiendo cerca
del viento agrio los suspiros.
Va mordiéndose la cola,
con un ojo distraído.
Ha recorrido las épocas
la serpiente, entre olvidos
y memorias, y milenios
que parecen sometidos
por el polvo y la ceniza
pero encarnan en los niños.
Sabios de penachos de oro,
sobre sus pies recogidos,
contemplan serios los astros,
la serpiente, con alivio,
queriendo de ellos la ayuda,
con la piedad y el oficio
de quien presiente el futuro.
En esos días no vistos,
los hombres se encaminaron
de los ensueños derruidos
a la calle que llevaba
al gran lago, al cerrillo
que acechaba la visión
de aquel lago grande y huido.
La serpiente los condujo
por la vida, atavío
de la muerte y la discordia,
engendrando sin más ruido
creación y destrucción
de universos abstraídos.
No cabían en el cosmos
tantos dioses en conflicto.
La piedra se torna piel
y una serpiente en el piso
saca la lengua y se ríe,
de un golpe la mata el chico.
Pero el reptil no es mortal
en estos cuentos prolíficos
loados por estas tierras.
En el dogma sumergido,
seguirá reptando solo
entre despierto y dormido.
Va la penumbra invadiendo
el espacio de improviso,
los ámbitos de la tarde
se diluyen en vestigios.
Ya va pasando la luna,
relumbrando sin marido
en la creciente negrura.
Se escucha sólo el ladrido
de los perros, las canciones
solitarias de los grillos.
El águila grande y libre
ronda los campos en círculos,
con una última mirada
de franqueza y de cariño.
La noche irradia un perfume
de paz y sabores tibios.
El aire intuye un silencio
que lo tiene pensativo.
Y se acerca a las estrellas
el águila y deja el nido.
Y abre el ojo la serpiente,
y todo vuelve al vacío.