Agenda pendiente

Una de las ventajas de la crisis que vivimos es que le dio un indispensable baño de humildad al gobierno y acabó con el triunfalismo hueco que prevalecía antes de septiembre.
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Por orden de viabilidad, en el decálogo de propuestas del presidente Peña Nieto hay de todo. Las propuestas que podrán aplicarse a mayor velocidad y dar mejores resultados son la creación de policías estatales únicas y bien pagadas y el establecimiento de un operativo especial para Guerrero y Michoacán. Otras son indispensables, pero tendrán que esperar a las Calendas griegas. Llevará muchos años acabar con la hidra de la corrupción y más aún, If ever, cerrar la brecha entre las regiones ricas y pobres de México. Ciertamente, este objetivo no se logrará estableciendo Zonas Económicas Especiales en el sur empobrecido del país.

La fuente de la propuesta es China (cuyo desarrollo económico debe haber impresionado a Peña Nieto durante su visita reciente). Fue ahí donde se establecieron en los años ochenta y noventa lo que se llamó precisamente así: Zonas Económicas Especiales (ZEE) que gozan de las mismas ventajas que delineó el presidente. Sin embargo, las ZEE se convirtieron en el motor del boom económico chino en una situación muy diferente a la de México ahora: en el arranque de la globalización, gracias a la apertura de los mercados de economías entonces pujantes, EU y Europa, y con base en una mano de obra abundantísima y baratísima. Las ZEE nunca funcionarán en México. El mundo es otro y México no es la China miserable que legó Mao.

Peña Nieto decidió transmitir su mensaje desde la sede del poder, Palacio Nacional, en un escenario formal y con la presencia de los representantes de todas las instituciones del país. El escenario y la concurrencia conllevaban un mensaje político tan claro como la ceremonia con las fuerzas armadas días antes: proyectar una imagen de consenso y unidad de las instituciones centrales del Estado alrededor del gobierno. No hay renuncia “inminente”, ni un probable golpe de estado institucional o violento a corto plazo. El gobierno y sus opositores tendrán que actuar en democracia y ganar o perder no en las calles, sino en las urnas, en 2015 y en 2018.

Una de las ventajas de la crisis que vivimos es que le dio un indispensable baño de humildad al gobierno y acabó con el triunfalismo hueco que prevalecía antes de septiembre. Con todo y las reformas, Peña Nieto enfrenta una profunda crisis política.

Carga con la responsabilidad de haber gobernado en contra de las clases medias (con la malhadada reforma fiscal), de no haber prevenido tragedias como la de Ayotzinapa (tenía información suficiente de lo que estaba pasando en Guerrero para intervenir), haber mandado al último rincón de sus prioridades la lucha contra la corrupción y la inseguridad (a espaldas de la realidad) y de haberle regalado a sus opositores la palabra y la agenda política. (De nada sirve, por ejemplo, que Abarca esté en la cárcel si no esclarece que pasó en Iguala esa noche de septiembre y cuáles eran sus lazos con los partidos y políticos que apoyaron su candidatura). Y Peña Nieto tiene pendiente la cereza del pastel: aclarar el conflicto de intereses en la construcción y financiamiento de la casa de Angélica Rivera (asunto que afectó su credibilidad y destruyó la popularidad de su esposa). Para la opinión pública el tema no está “cerrado”.

Las propuestas de Peña Nieto son buenas, pero se quedaron cortas. En el contenido y en el tono. El equipo del presidente no está haciendo bien su trabajo: tiene que cultivar el talento político, tal como lo definió Isaiah Berlin. Desarrollar la capacidad para entender una situación particular como única; a los hombres que la perfilan y a los hechos y los peligros que representa; a los miedos y esperanzas que están en juego en ese tiempo y espacio concretos. Prever el rumbo de una crisis y el impacto de políticas y propuestas en la sociedad. No se puede gobernar con talento político desde una burbuja impenetrable o desde foros coreográficos.

Además de aplicar la ley a todos aquellos que recurran a la violencia, el presidente debe saldar las cuentas pendientes, abrir canales de comunicación con todos los grupos de la sociedad civil, consultarlos y escucharlos, y medir el pulso de la opinión pública, además de informar, convocando a conferencias de prensa abiertas y frecuentes. 

 

 


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