Vibra México

Algunas observaciones al vuelo sobre la marcha “Vibra México”

La marcha no estuvo más nutrida porque la convocatoria cayó en tres trampas: la racionalidad, el falso consenso y la corrección política.
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En buena medida la marcha no estuvo más nutrida porque la convocatoria cayó en estas trampas:

La racionalidad hizo que en vez de movilizar la emoción (el enojo), los convocantes se pusieran a debatir y analizar (con lógica) que México está débil ante Estados Unidos porque tiene muchos problemas: corrupción, pobreza, injusticia, desigualdad, inseguridad…. Sí, es verdad… ¿Y eso qué? ¿Vamos a esperar a resolver esos problemas para responder contra una agresión extranjera? Es como si tu hijo fuera golpeado en el recreo, y en vez de enseñarle a defenderse e ir de inmediato a hablar con la directora de la escuela para que ponga orden, le digas: “mira hijo, cuando te madreen recuerda que la razón subyacente y real es que estás vulnerable porque tu mamá y yo nos estamos divorciando, en realidad preferimos a tu hermano y eres bastante feo. Pero si vas a terapia, superas todo eso y te haces de autoestima… ¡estarás más fuerte para enfrentar a tu bully cuando cumplas 49 años!”. Lo peor es que, al ver que no vamos a defenderlo, el niño terminará con peor autoestima y más “buleado”.

El falso consenso hizo que la convocatoria fuera un galimatías de buenos deseos, frases hechas, y conceptos arcanos en los que se notan los enormes egos de distintos liderazgos sociales y académicos que sienten que si su brillante idea sobre el futuro de la democracia representativa y la justicia social no se reflejaba en el texto no había forma de apoyar la marcha.

La corrección política hizo que la marcha tuviera un aire conservador. El miedo de las élites a que la exigencia de rendición de cuentas y eficacia al gobierno “debilite más” al presidente solo fue contenido por su otro miedo: que la marcha terminara pareciendo “pro-gobierno”. Una marcha exitosa requería una convocatoria “espresso doble” para despertar a la sociedad. Pero terminamos con una convocatoria “descafeinada deslactosada light con leche de soya gluten-free” que se les indigestó a muchos que prefirieron no ir.

A la “unidad” ya la “chupó el diablo”: necesitamos “unión”. La palabra de moda en el discurso presidencial es “unidad” y esto ha sacado muchas ronchas. Primero, por la baja estima social que tiene el mensajero. Y segundo, porque para muchos “unidad” tiene un fuerte tufo al PRI tradicional, vertical y autoritario. “El candidato de unidad” es una expresión 100% producto de esa cultura política en la que la disciplina se impone a las ideas y la obediencia al jefe aplasta los argumentos. El sinónimo de “unidad” es “conformidad”, es “uniformidad”. Lo contrario de “unidad” es “pluralidad”, “diversidad”, “disenso”. Y lo que necesita un país tan grande y diverso es “unión”, no “unidad”. E pluribus unum, reza el escudo de Estados Unidos de América: “de muchos, uno”. Esa es la unión que necesitamos: somos diferentes, pero estamos juntos.

El autoritario que todos llevamos dentro. Los lamentos están a la orden del día. “Es que ya no hay liderazgos”. “Es que los políticos nos dividen” “Es que cada quien jala agua para su molino”. “Es que estamos desunidos”. “Es que la derecha”. “Es que la izquierda”. “Es que el mexicano es así: [inserte aquí el cuento de los cangrejos mexicanos, japoneses y gringos y las tres cubetas]”.

En realidad, lloramos nuestras desgracias porque nuestra cultura política sigue siendo colectivista / verticalista. Si no nos convoca un “líder” que nos “convenza”, entonces ¿para qué ir? Si no nos gusta ninguna de las decenas de organizaciones que convocan porque “no son puras” ¿para qué ir?  Si no vamos en “contingente institucional” ¿para qué ir? Si no hay consignas de clase ¿para qué ir? Si el 100% de los que marchan no piensan 100% como yo ¿para qué ir a marchar con ellos? ¡No se lo merecen! Dudo mucho que quienes asistieron a las marchas masivas en Estados Unidos contra Trump se hayan detenido a pensar en esos términos. Se pusieron su abrigo y fueron porque les salió como individuos y como ciudadanos la necesidad de expresar su horror, su repudio y su indignación.

La narrativa política dominante encierra muchos riesgos. Finalmente, es claro que la narrativa dominante en la élite formadora de opinión más vocal, visible y movilizada de la Ciudad de México (que no es “todo México” o “la opinión pública mexicana”, aunque así se creen) es la que piensa en términos binarios: el pueblo bueno contra los políticos malos. Las ONGs buenas contra las ONGs malas. Los empresarios malos contra la sociedad buena. Los conservadores malos contra los progresistas buenos.

Esta narrativa es muy efectiva porque es simple y fácil de entender, no exige ningún esfuerzo de parte del ciudadano (más que encumbrar a un líder que resuelva todo por él), mueve y se nutre de las emociones (sobre todo el enojo) y está llena de ejemplos que parecen darle toda la razón (cada caso de corrupción, cada historia de abuso). Lo malo de esta narrativa es que desempodera al ciudadano, lo minimiza, lo cosifica y masifica, lo vuelve un medio para que alguien (un líder) haga algo (purifique la República, salve a la patria, expulse a los extranjeros, castigue a los corruptos, haga a México grandioso de nuevo). Lo peor es que esta narrativa se alimenta del encono, del odio a lo diferente: si no piensas como yo no es porque piensas distinto, sino porque eres inferior intelectualmente a mi: ignorante, manipulado, idiota. O peor: es porque eres moralmente inferior: vendido, traidor, corrupto, o de plano: maligno, malvado, vil, bajo. Si sigue creciendo esta forma de ver, pensar y vivir la política, estaremos pavimentándole el camino a nuestros propios Donald Trump. Y ahí sí, no habrá marcha que nos salve, por más masiva que sea.

 

 

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