Peor imposible

Peor imposible

Parece que, en la escala de los desaciertos, las dos fuerzas enfrentadas y separadas por la retórica violenta han resuelto “echarse una mano”.
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Hubiera querido titular esta columna con la fórmula utilizada en el film Mejor imposible, pero ni la película que se rueda actualmente es tan buena como aquella, ni los protagonistas se aproximan a la calidad exhibida en aquel entonces por el actorazo de feria llamado Jack Nicholson.

Aun así debo estar exagerando, pese a que sea notorio que el liderazgo político venezolano parezca no haber estado especialmente acertado en sus decisiones, precisamente cuando el país necesitaba iniciativas más fructíferas. Parece que, en la escala de los desaciertos, las dos fuerzas enfrentadas y separadas por la retórica violenta hubieran resuelto “echarse una mano”. Si no fuera así, ¿cómo entender que, cegada por la pasión, no le sacara el menor provecho al cúmulo de tensiones, renuncias y rupturas amargas en el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en sus manipuladas elecciones primarias? Tan intenso fue el malestar despertado que, conforme a opiniones autorizadas, debió acarrear la estampida de no menos del 30% de la militancia en todo el país. Esto, desde luego, luce también exagerado, pero la cuestión no reside en la certeza que pueda tener ese porcentaje, sino en la honda impresión causada en quienes lo emitieron. Por “aprovechar” semejante descalabro no estoy pensando en maniobrillas necias, sino en predicar con el ejemplo.

La parte mayoritaria de la disidencia democrática venía anticipando que estaría en posición de participar lo más unida posible en las elecciones del 21 de noviembre, lo que por sí solo sería un largo paso adelante; uno, por lo demás, esperado por el país y por una fuerte y generosa comunidad internacional dotada de un creciente realismo que puede apreciarse mejor con juicio sereno y sin perturbaciones emocionales. Los gobiernos, los regímenes y los líderes encargados de los momentos difíciles no pueden ser clasificados como insectos pegados con alfileres en láminas de corcho, de una vez y para siempre.

Es ese uno de los defectos en los que caen y recaen numerosos dirigentes. Es difícil entender que gente experimentada pierda de vista, no pocas veces, la “obviedad de lo obvio” (el objeto de esta redundancia es enfatizar la afirmación) y que, en nombre de semejante falta de perspectiva, condenen o absuelvan sin la densidad y la justicia requeridas.

El caso es que el proyecto fue enfrentado en forma desigual e inexplicable por enemigos jurados de la participación. Nadie discute, ni puede hacerlo, que se esté en contra de participar, como ha venido ocurriendo en el país. Ese es un derecho tan sostenible como el de los que piensan lo contrario. No obstante, mientras estos defendieron en su declaración oficial el derecho de los que piensan distinto, algunos sectores, partidarios de la abstención, la han atacado con la ferocidad de un miura en la arena. Los contrarios a dar el paso lo rodearon de amenazas y duros calificativos, seguramente para detener la multiplicación de quienes pudiesen ser atraídos por el sufragio.

La gran pregunta es ¿por qué ocurre esto? Se entienden perfectamente los desacuerdos. Lo que desconcierta al lector imparcial es el enfrentamiento personal de quienes defienden una misma causa, aun con las diferencias que puedan existir.

Y en el caso de los exaltados del oficialismo, el malestar derivado de sus fallidas primarias pudo ser neutralizado por la violencia polémica que estalló en el campo opositor. El escándalo sin límites ni motivos serios calmaría o, en cierto modo, compensaría los temores causados por sus desencuentros, quizá porque los miedos se equilibran. De la zapatiesta o follón del Gobierno siguió la zapatiesta o follón opositora, seguramente más ruidosa que la otra por la desigual forma de reprimir.

Lo gracioso es que la declaración que anunció la participación opositora en los comicios fue sobria y completa, buena en contenido. En otras circunstancias quizás hubiese estimulado una buena movilización para asegurar una clara victoria, que sería anunciada al mundo tal como han anticipado los sondeos de opinión. Pero, a mi modo de ver, la perjudicaron dos factores, el primero, sin la emocionada vitalidad que han mostrado sus adversarios. Si unos exponen fríamente una causa muy polémica, probablemente sean opacados por quienes la enfrentan con feroz agresividad. De todas maneras, habrá que esperar el efecto de la unidad, así sea incompleta, y la acción de candidatos con caudal propio e intención unitaria. Si vencen, allí donde así ocurra, el triunfo sería doble.

Puesto que el tema electoral puede ser particularmente atractivo, entre otras cosas, por los dos escenarios en que discurrirán los actos de la obra dramática electoral, remito al lector a la alusión que hice supra. Me refiero a “la obviedad de lo obvio”, que es el interés que mueve al líder en cuestión. El del presidente mexicano López Obrador, por ejemplo, a quien colocan alineado con Maduro.

Supongo que nadie discutirá que se quiera más a sí mismo que a ningún otro político, aparte de que el mundo le ha otorgado una misión estupenda. Si deja claro que su esfuerzo se dirigió a poner a negociar a Maduro y Guaidó, su prestigio y personalidad se dispararán; si logra sentarlos a discutir la Agenda, tendrá el Nobel de la Paz al alcance de la mano y su crédito mundial sería indiscutible. En cambio, ¿parcializarse por una de las partes le reportará frutos de tal magnitud?

Creo, más bien, lo contrario. Ser percibido como ningún mexicano aceptaría, ni siquiera si se tratara de los grandes conductores de las dos primeras Guerras Mundiales.

Aquel extraordinario indio zapoteca, Benito Juárez, recibió de su Tierra la dignidad, el coraje y la integridad en estado puro y, enriquecida con su ejemplo deslumbrante en estado doblemente puro, las volvió a sembrar en la misma tierra.