Casa Rorty LXIII: Instrucciones para sobrevivir a la IA

La integración de la IA en nuestras vidas no acabará ni con la humanidad ni con el arte, como sostienen algunos pensadores catastrofistas.
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El suplemento dominical que el diario El País dedica al mundo de las ideas –aunque en la práctica suelan ser solo algunas ideas más o menos recurrentes– traía esta semana a sus páginas al filósofo Éric Sadin, interrogado por el corresponsal Daniel Verdú sobre uno de los temas del momento: la naturaleza y el impacto de la Inteligencia Artificial. Sus respuestas son características de un tipo de aproximación a la tecnología en la que se detecta la huella de la primera Escuela de Fráncfort, aderezadas con una indignación humanista de ascendencia francesa: foucaltianamente preocupado por la vigilancia que hacen posible los dispositivos digitales, Sadin acaba de publicar un libro (El desierto de nosotros mismos, traducido al español por la editorial argentina Caja Negra) en el que advierte sobre la “catástrofe civilizacional” que se nos viene encima por culpa de la IA. Es, claro, un bestseller.

Según confiesa a Verdú con unos croissants en la mano, Sadin no pudo dormir la noche del día en que ChatGPT salió a la luz. Debería estar prohibido, señala, pues amenaza con “destruir” principios tales como la sociabilidad, la dignidad, la integridad humana o la libertad: la IA generativa es, a su juicio, inaceptable. Sadin señala que la lógica correlativa de la IA hace que en ella “ocurre siempre todo lo que ya ha ocurrido”; su lenguaje apesta a muerte. Y eso es lo opuesto al lenguaje humano, sostiene, que funciona mediante una asociación de ideas de orden imprevisible: “nadie recorre el mismo camino”. Para colmo, esta vez será diferente: la IA no espiritualiza el mundo del trabajo, como hicieron las tecnologías que nos permitieron abandonar el campo o automatizar las cadenas de montaje, sino que robotiza las profesiones de carácter intelectual.

Su propuesta alternativa recuerda a aquel mundo de la libertad descrito por Karl Marx, en el que cada uno podía decidir de qué manera contribuir a la famosa “administración de las cosas” después de terminada la lucha de clases y una vez suprimida la política por ser ya innecesaria: “el futuro debería ser colectivo”, dice Sadin, “en el trabajo y en el ocio”. Y ello porque “la primera consecuencia del liberalismo no es la desigualdad, sino la muerte del espíritu”, como demostraría un paseo por cualquier oficina; es preferible organizarse en pequeños colectivos autónomos y luchar contra la mercantilización. Por eso recomienda que los jóvenes de ahora mismo se inspiren en William Morris y aprendan a hacer artesanía. Aunque proclama que “salvar el mundo de hoy depende de la conciencia de los padres”, vaticina un porvenir en el que habrá “héroes cotidianos y esclavos de su propia pereza”. El diagnóstico, libre de matices, queda claro.

Va de suyo que Sadin no es el único pensador que advierte sobre las consecuencias negativas de las nuevas tecnologías; también los científicos sociales participan mayoritariamente de una lógica conspirativa que desemboca forzosamente en el pesimismo. Por tomar un ejemplo casi azaroso, la teórica social Karoline Kalke nos habla de una “autenticidad trivializada” que resulta del neoliberalismo algorítmico –la sustancia moral de la autenticidad ilustrada habría quedado vaciada de contenido– y de una “hiperautonomía” que describe el modo en que las redes sociales y la IA promueven una autodeterminación individual desvinculada ya de cualquier obligación colectiva y dedicada, por el contrario, a expresar verdades y significados individualizados a través del branding personal. En suma: los viejos ideales emancipatorios habrían sido reemplazados por una sujeción tecnológica que nos empobrece como individuos y nos condena a vivir en una sociedad estratificada y desigual donde las aspiraciones utópicas han dado paso a los temores distópicos. ¡Menudo panorama!

Es evidente que quienes así razonan con más o menos brillantez no establecen una comparación entre el pasado histórico de las sociedades occidentales y un futuro pavoroso que entienden contenido ya en un presente inquietante, sino que toman como referencia un ideal que no ha llegado nunca a realizarse; uno que puede definirse de distintas maneras según se tome como referencia a Kant o a Marx: la ilustración gradual o la ruptura mesiánica. Porque no está claro que hayamos dejado de ser auténticos, solidarios, libres o creativos, como si esos atributos nos hubieran adornado hasta el momento y la ominosa tecnología digital –con ChatGPT y sus émulos a la cabeza– nos convirtiese ahora irremediablemente en lo contrario. Por más que Sadin diga que el lenguaje humano nada tiene que ver con las correlaciones y que todos hablamos una lengua impredecible, la realidad es un poco menos brillante: la IA generativa se nos parece en eso más de lo que quisiéramos, ya que no saber qué palabra vamos a usar a continuación en modo alguno quiere decir que la elijamos deliberadamente o que hablemos lenguajes privados e irreductibles. Y si afirmar que “el futuro debería ser colectivo” carece de un significado discernible, recomendar el aprendizaje de la artesanía es tan inútil como denunciar las sevicias del neoliberalismo. 

Ansiedad y cotidianidad 

En cualquier caso, nos hemos acostumbrado a dar por buena la idea de que las sociedades humanas –al menos las occidentales– están atravesadas por el miedo a las nuevas tecnologías, en particular esa IA que unos días se considera el remedio para nuestra falta de productividad y otros es presentada como una amenaza existencial para la especie humana. Tiene sentido: el procesamiento de una novedad significativa en el plano tecnológico tiene por fuerza que conducir a toda clase de vaticinios y evaluaciones, lo que incluye un sinnúmero de exageraciones y no pocas opiniones emitidas a menudo sin el menor conocimiento acerca de cómo funcionan los algoritmos o la propia IA. Y vamos descubriendo sus efectos sobre la marcha: ahí tenemos su aplicación al otrora llamado arte de la guerra en los cielos iraníes o los vídeos que nos mandan esos amigos que ya se han subido a un coche autónomo en alguna ciudad norteamericana. Pero lo cierto es que esa presunta ansiedad colectiva convive en la práctica con la integración de la IA generativa en la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo: le pedimos que traduzca un texto, que identifique una imagen, que nos recomiende lugares donde almorzar, que nos explique cómo cuidar a una planta que amenaza con morirse, que indique a qué medicamentos podemos recurrir en caso de resfriado, que nos escriba un correo electrónico o reorganice la bibliografía de un trabajo académico…

Por supuesto, la risa va por barrios y el impacto de la IA sobre el mercado laboral es ya visible en gremios particulares –traductores, diseñadores gráficos, contables, dibujantes– donde la preocupación es más que comprensible. Mientras tanto, los profesores universitarios han recibido la confirmación definitiva de que tiene poco sentido pedir trabajos hechos en casa y solo quien tiene un número reducido de estudiantes a su cargo tendrá la posibilidad de trabajar en clase con una IA que los jóvenes están obligados a saber manejar. Se desencadenan efectos imprevistos: existe ya el temor de que la sustitución del buscador clásico por el agente de IA reduzca dramáticamente el tráfico de los periódicos, probado que la mayor parte de los usuarios pregunta sobre un acontecimiento en lugar de acudir directamente a un medio de referencia. Simultáneamente, hay quien señala que la mayor moderación de las opiniones expresadas por los chats de IA puede ayudar a recentrar una opinión pública que se ha desplazado a los extremos desde la consolidación de las redes sociales. Y bien podría suceder, a este paso, que volviéramos a los hábitos del pasado analógico: a un lado, unos pocos lectores de prensa seria; al otro, todos los demás. Pero cualquier pronóstico es arriesgado; lo que tenemos delante, por el momento, dista de ser un escenario de pesadilla. Si algo necesita el análisis de la IA son matices y prudencia.

Porque de la IA puede hablarse de muchas maneras, según atendamos a sus implicaciones filosóficas, económicas o incluso antropológicas. El historiador Chris Otter habla de “objetos liberales” para referirse a los mecanismos y artefactos creados por la sociedad industrial, que habrían dado lugar a particulares formas de subjetividad y conducta: del aire acondicionado al automóvil, pasando por el televisor, el saneamiento centralizado, las vacunas o la aviación comercial. Desde este punto de vista, la tecnología posee una dimensión social de primera magnitud; además de proporcionar utilidades de diverso tipo, engendra hábitos y modos de ver el mundo. De ahí que Jacob Minakowski se preguntase hace unos años –no es el único– si la conectividad digital no habrá condenado a la marginalidad a una concepción de la individualidad cuyo cultivo requiere introspección y soledad. Bien, pero ¿hubo alguna vez once mil sabios? Otra vez se confunden el ideal normativo de algunos con la realidad de la mayoría: no somos tan aficionados a quedarnos en casa leyendo; si deberíamos serlo, es ya cuestión distinta.

Y aunque no faltarán los partidarios de categorizar la IA como un “objeto neoliberal” debido a su tendencia a la maximización de la eficiencia, sigue siendo una tecnología nacida en una sociedad liberal donde la innovación juega un papel decisivo. Se trata, en cualquier caso, de un problema menor; la cuestión es si Sadin y los demás apocalípticos llevan razón.  ¿Qué será lo que cambie con la difusión social de la IA? ¿Se transformará nuestra experiencia cotidiana? ¿Veremos la realidad de otra manera? ¿Dejaremos de ejercitar capacidades tales como la memoria? ¿Aprenderemos más, menos o solo de otra manera? ¿Nos sentiremos más solos o menos tontos? ¿Dejaremos de trabajar? ¿Convertiremos a ChatGPT en nuestro consigliere personal? ¿Obtendremos una mejor atención sanitaria? ¿Disfrutaremos de administraciones públicas más eficientes? ¿Habrá menos accidentes de tráfico? ¿Dejaremos de aprender idiomas? ¿Se transformará Internet en un tedioso espacio despersonalizado de agregación indiferenciada?

Solo hay una respuesta honesta a tales preguntas: nadie lo sabe. También las tecnologías de la comunicación fueron inicialmente saludadas como salvíficas antes de ser condenadas como demoníacas, cuando no son ni una cosa ni la otra y en conjunto proporcionan a los seres humanos más ventajas que inconvenientes, pese a que los inconvenientes son bien visibles y las ventajas se pasan enseguida por alto. Pero sobre la IA pueden hacerse, faltaría más, algunas observaciones.

Tecnología y humanidad

Hablar de inteligencia artificial no es inocente: como han señalado distintos pensadores, el término es problemático en la medida en que no describe correctamente ni la naturaleza ni el modo de funcionamiento de esta tecnología. O tecnologías, en plural: aunque solemos identificar la IA con el ChatGPT y sus variantes, nos encontramos ante un conjunto que va del coche sin conductor al llamado “Internet de las Cosas”, pasando por los robots que van a Marte, el buscador de Google, los sistemas financieros orientados a la predicción de movimientos en el mercado financiero, las aplicaciones en el smartphone, los avatares en la realidad virtual, los robots de compañía, los drones militares, etc. Tal como señala Margaret Boden en su jugoso librito sobre el tema, no se trata exactamente de computadoras, pues lo que importa es lo que hacen y no lo que calculan. Aunque necesitan de un soporte físico, estos sistemas de procesamiento de información quizá puedan verse como “máquinas virtuales”. Y la propia mente humana –señala Boden como si se dirigiese a Sadin– puede entenderse como una máquina virtual que funciona en el cerebro. 

Sin necesidad de entrar a distinguir aquí entre los diferentes tipos de IA, que van de las redes neuronales artificiales a la llamada programación evolutiva, distinguiéndose cada una de ellas por la manera en que procesan la información, es importante subrayar que estas computadoras no entienden el significado de los textos que leen ni de las imágenes que ven; hablar de “lectura” y de “visión” es ya un malentendido. Insiste en ello el filósofo alemán Markus Gabriel: las computadoras no piensan por más que llegue a parecérnoslo. Y ciertamente así es, pues nos hablan en nuestro idioma; como dice Pablo Sanguinetti, da la impresión de que hay alguien detrás. Eso, claro, nos asombra: la IA es una tecnología sublime –abruma e intimida– porque no comprendemos bien su funcionamiento. De ahí que quepa preguntarse si su diseño habría de humanizarla (con el fin de dejar claro que detrás de la máquina estamos nosotros mismos), o si más bien procede subrayar su artificialidad (para evitar que la confundamos con el ser humano). Sea como fuere, la IA proporciona herramientas útiles sin replicar la inteligencia humana; no compartimos la misma ontología, entre otras cosas porque nosotros tenemos un cuerpo orgánico y ellas no. Eso explica que Boden descrea de la posibilidad de que surja algún tipo de Inteligencia Artificial General que piense de verdad o cobre conciencia de sí misma:

“La IA se ha centrado en la racionalidad intelectual, ignorando la inteligencia social/emocional y no digamos la sabiduría. Pero una Inteligencia Artificial General que pudiera interactuar con nuestro mundo necesitaría también de esas capacidades. Súmese a ello la prodigiosa riqueza de las mentes humanas, así como la falta de buenas teorías psicológicas/computacionales sobre cómo funcionan aquellas, y las perspectivas de una IAG se antojan tenues”.

Eso no significa que la IA tal como la conocemos sea una tecnología menor o carezca de un potencial revolucionario. Pero aún está por verse qué pueda llegar a ser y de qué manera se va a integrar en un ecosistema tecnológico que dista de haber aprovechado aún las oportunidades creadas por la digitalización: vean a esos farmacéuticos españoles que recortan el código de barras de las cajas de los medicamentos y lo adjuntan con papel celo a la receta de Muface; piensen en la cantidad de papel que se usa cada vez que compramos algo en una tienda o un restaurante y se nos entrega el recibo correspondiente. Resulta obvio, por lo demás, que la IA generativa facilita multitud de operaciones que antes llevaban un tiempo considerable y nos permite saltar la barrera del idioma extranjero –aunque no leerlo ni hablarlo– con engañosa facilidad, aunque también programar aplicaciones que antes hubieran requerido forzosamente la participación de un ingeniero informático o realizar investigaciones académicas de corte empírico manejando cantidades de datos cuya sola compilación hubiera exigido anteayer incontables horas de trabajo. Y eso solo es la cara visible de su funcionamiento, ya que las grandes empresas del sector desarrollan software de todo tipo para gobiernos y otras empresas; ahí es donde las ganancias en capacidades y eficiencia serán mayores.

Adaptación

En cualquier caso, puede aceptarse sin dificultad alguna que estamos ante una creación artificial, lo que se contrapone a aquello que es natural por haber sido creado sin intervención humana; aunque el ser humano ha ido adquiriendo con el tiempo la capacidad de “artificializar” el mundo natural interviniendo en procesos genéticos o procediendo a la selección de especies. De modo que la IA es obviamente una tecnología, si bien de ahí no se sigue –o no debe seguirse– la afirmación de que es enemiga del ser humano o una creación que contribuye a nuestra deshumanización. Porque el animal humano ha tenido desde los inicios mismos de la civilización una relación ambivalente con la tecnología –como atestiguan con claridad los mitos de Prometeo y la expulsión del Paraíso– y sin embargo no podría en manera alguna prescindir de ella sin un grave perjuicio para sus expectativas de supervivencia y su confort material. ¡Incluso en la más remota de las tribus amazónicas dependen de ella! Quien experimente la tentación de identificar la tecnología con artefactos peligrosos o disruptores, en fin, hará bien en recordar que el libro, las gafas o el bisturí son también productos de una técnica que es consustancial al ser humano y no desviaciones de su “naturaleza”.

Asunto distinto es que nos preguntemos sin alarmismo qué tecnologías queremos y para qué las queremos, así como cuáles son los límites que queremos imponer a su empleo; lo que supone decidir acerca de qué cosas queremos que haga por nosotros (o con nosotros) y cuánta tecnología y de qué tipo deseamos tener en nuestra vida cotidiana. Pero incluso aquí debemos tener cuidado con el lenguaje: hablar de colonización de la vida por la tecnología es muy distinto a hacerlo de presencia o auxilio técnico. Tal como se ha señalado en este blog, sin embargo, este debate presenta innumerables complicaciones y no hay manera de que su desarrollo conduzca a decisiones colectivas satisfactorias para todos.

Y ello porque la innovación tecnológica no se vota antes de que tenga lugar, sino que se lleva a cabo en el marco de unas sociedades que la han convertido en un imperativo sistémico; en todo caso, se aplauden o lamentan sus efectos posteriores y se procede con mayor o menor éxito a regularlos. Dado que los países compiten entre sí y no existe un gobierno mundial, de hecho, cualquier prohibición tecnológica sería ineficaz; siempre habrá países y empresas dispuestas a seguir por su cuenta en busca del beneficio o la ventaja potenciales de la innovación exitosa. Finalmente: no es fácil forjar un consenso acerca de la bondad o maldad de las tecnologías particulares, entre otras cosas porque las nuevas generaciones se socializan con naturalidad en las que ya existen, que a su vez han podido ser objeto de rechazo por parte de sus mayores; súmese a eso que la reticencia a aceptarlas ha sido una constante histórica y el balance general para el bienestar humano –aunque esto sea debatible– resulta claramente positivo.

Tal como ha señalado Ricardo Dudda, el individuo del futuro será probablemente una suerte de centauro que integre la IA en su vida cotidiana y profesional; como apuntaba el economista Jesús Fernández-Villaverde hace unos días, hay que aprender a usarla como útil complemento de nuestra actividad, haciendo más fácilmente tareas repetitivas o que consumen demasiado tiempo. Facultades específicamente humanas tales como la ironía, el humor o la asociación imprevista –por no hablar de la serendipia o hallazgo casual– seguirán fuera del alcance de la IA, salvo en aquellos supuestos en los que esta replique ejemplos precedentes. Al fin y al cabo, los modelos generativos funcionan apoyándose en la masa de la producción intelectual de la humanidad: supone la legítima explotación del patrimonio que nosotros mismos hemos creado. Apoyarse en ella para todo será un error; dejar de aprender idiomas o prescindir de la lectura de textos largos puede tener efectos perversos. Pero habremos de lidiar con ello, igual que se hará necesario mitigar los inevitables efectos de la enésima ola de destrucción creativa que afectará a unos empleos más que a otros. Bien podemos resaltar su potencial para promover cambios positivos, como ha escrito Antonio Diéguez: en el cuidado de la salud, el desarrollo de la robótica asistencial, la preservación del medio ambiente, la prevención de pandemias, la gestión de transportes, y así sucesivamente.
Si establecemos una oposición tajante entre la cultura humanista y la IA, tomándonos en serio los delirios de la denominada “Ilustración oscura” o añorando la pluma estilográfica, caeremos en el alarmismo y nos será más difícil procesar el cambio que ya está en marcha. Calma: eso que llamamos humanismo –abreviatura del conjunto de saberes y prácticas que ponen la experiencia humana en su centro y encuentran su máxima expresión en esa finalidad sin fin que es el arte– no ha sobrevivido hasta hoy por casualidad. Así que no perdamos el tiempo con jeremiadas catastrofistas: esforcémonos en adaptarnos de la manera más segura y justa posible a una revolución tecnológica sobre cuyo porvenir nadie –ni siquiera un pensador francés– tiene todavía la última palabra.


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