Cuando la derecha es políticamente correcta

Muchos simpatizantes de Trump piensan que la corrección política no está mal si está de acuerdo con sus valores.
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Hay un discurso que se repite tras la victoria de Trump, y que comparten tanto la derecha que lo apoya como algunos en la izquierda: por culpa del elitismo, la superioridad moral o la corrección política de los progresistas, Trump ganó las elecciones. Se ha convertido casi en un meme. Muchos comentaristas tienen el radar puesto y señalan actitudes que, aparentemente, podrían haber alienado a determinado ciudadano y le habrían obligado a votar a Trump. Un ejemplo reciente es el discurso de Meryl Streep en los Globos de Oro. “Todos en esta sala y yo -dijo- pertenecemos a uno de los sectores más vilipendiados en la sociedad americana actual. Pensadlo bien: Hollywood, extranjeros y la prensa.” Luego hizo otra broma, que despertó el radar elitista: “Si nos cargamos a todos [los de Hollywood] no tendréis otra cosa que ver que fútbol y artes marciales mixtas, que no son artes.”

Son las dos frases que han trascendido. El resto del discurso es una defensa de la tolerancia, de las sociedades abiertas y de la empatía. Y aunque las bromas no son especialmente graciosas y tienen un tufo elitista, es sorprendente la hipersensibilidad de quienes han visto una ofensa en ellas. Sobre todo en una derecha que ha votado a Trump para que acabe con la corrección política: basta de ser todos unos pieles finas, basta del buenismo, solían decir, pero de pronto hay que tener cuidado con no alienar o desplazar culturalmente a alguien con un chiste.

La campaña de Trump ha explotado el resentimiento cultural de una población que está harta de un lenguaje demasiado políticamente correcto. Muchos críticos con la corrección política hablan de que al desempleado blanco de clase baja de Ohio le importa muy poco el debate sobre el género de los baños, y piensa que las medidas de “acción afirmativa” o discriminación positiva discriminan a los blancos y colocan en un lugar privilegiado a las minorías. Sin embargo, como ocurre con la libertad de expresión, que para muchos es solo legítima para decir aquello con lo que uno está de acuerdo, la corrección política no está mal si defiende mis valores.

Cuando el vicepresidente electo Mike Pence fue abucheado en la obra de teatro Hamilton, Trump pidió que los teatros sean un safe and special place (lo que recuerda irónicamente a los safe spaces que tanto ha criticado la derecha en los campus norteamericanos). Muchos simpatizantes de Trump están hartos de tener que morderse la lengua, critican la cultura de la ofensa de la izquierda mojigata, pero luego son los primeros ofendidos cuando, si votan a un racista, les acusan de racistas, o de homófobos si están en contra del matrimonio homosexual.

En su discurso de despedida, Obama reiteró su clásica defensa de la empatía con unas palabras de Atticus Finch, el personaje de Matar a un ruiseñor: “Uno no comprende de veras a otra persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista […] hasta que se mete en el pellejo del otro y va por ahí como si fuera ese otro.” Más adelante, pidió a las minorías que intentaran meterse en la piel del blanco pobre que vive en zonas rurales y se siente culturalmente desplazado. Es una buena lección que, en cierto modo, va en contra de la campaña identitaria de Clinton, que ha segmentado a la población según sexo u etnia. Clinton cometió un error y dio un perfecto eslogan a la campaña de Trump cuando acusó a sus simpatizantes de ser deplorables.

Pero es inevitable ver cierta inconsistencia en el discurso antiestablishment, radical, contrario a la corrección política de los simpatizantes de Trump: buscan recuperar un lenguaje más libre, que represente una política más cercana al pueblo, que diga lo que piensa y no esté tan calculado, pero a la vez exigen cierta inmunidad si son objeto del mismo lenguaje. “Decir las cosas como son” nunca ha significado nada más que “decir las cosas como yo quiero que sean”.

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