Clara Campoamor, el cristal y la memoria

Hay hechos públicos lo suficientemente claros y accesibles como para ruborizarse un poco al escuchar a algunos políticos.
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En uno de sus libros de crónica personal y política Clara Campoamor escribe: “Si en aquel ambiente en que las opiniones tienen techo de cristal fue difícil en momentos evitar o constreñir actitudes despojadas de elegancia, júzguense cuáles serían fuera de esa esfera” (El voto femenino y yo: mi pecado mortal, 1935, p. 204 en ed. Renacimiento, 2018).  Los debates públicos sobre el derecho al voto de las mujeres fueron duros, después vino su progresivo aislamiento político y culparla del infortunio electoral de la izquierda; de apuñalar a la República, que diría Prieto, que para algunos era casi lo mismo. 

Ese cliché que es ya la metáfora del techo de cristal para los obstáculos a la movilidad ascendente de las mujeres no proviene de aquí, como es lógico, sino que es una germinación del inglés entre nosotros. Pero me parece más agraciada y eficaz como imagen de publicidad y transparencia que como tope invisible y frágil, pues no es mi entender que los límites al progreso femenino hayan sido ni lo uno ni lo otro. Aunque el cruce de Clara Campoamor sea una casualidad, si me permiten una divagación, sería bonito que empezáramos a contraprogramar adrede imágenes manidas y acudir, por ejemplo, a la balsa de aceite cuando algo puede salir ardiendo, digamos inclemencias del tiempo para la vejez, a bocajarro para una forma de besar, baño de masas para una  forma de ir a la playa, profesional como la copa de un pino para el que no deja crecer a nadie bajo su sombra, dentro de lo que cabe para algo que ni idea de dónde está, verdades como puños para traducir bullshit

Pero sigo con el cristal. Don Ramón de Campoamor, que no tuvo relación alguna con Clara, salvo haber nacido, como el padre de esta, frente al Cantábrico (pero lejos), produjo unos persistentes y pertinentes ripios sobre la verdad y el vidrio.  Según la Wikipedia, fue en la cultura oral de los funcionarios españoles, que ya éramos cucos, donde se acuñó la expresión “ley de Campoamor” para el estilo de administración que imponen los jefes cuando practican el cinismo sobre la verdad e interpretan las normas según su arbitrio. “Aquí aplicamos la ley de Campoamor”, dicen que se decía.  Se los recuerdo: “Y es que en el mundo traidor / nada hay verdad ni mentira: / todo es según el color / del cristal con que se mira”. (“Las dos linternas”, en Las Doloras, 1848)

Digo yo que podríamos resignificar la ley de Campoamor, o llamarla quizá de Campoamores, para referirla al contar y escribirse la historia (con la consabida mayúscula) según nos parece o conviene, dentro del denominado debate político, aunque suceda bajo un techo de cristal. Se resignifica y se recrea, se hace y deshace al arbitrio del que ocupa la tribuna, sin que los que se lanzan al inevitable mentís tengan tampoco mayor respeto por la audiencia. Y es que sobre Clara Campoamor hemos escuchado unas cuantas verdades como puños. 

Aclaremos de inmediato que lo de reescribir la historia no es el problema. De hecho, la historia hay que reescribirla mucho y cuanto más, mejor. El problema es hacerlo como nos mandan, interesa o creemos que dicta la virtud, que en esto vale como el capricho, y no porque vayamos aprendiendo nuevos hechos, descartando otros, encontrando interpretaciones que los acomodan mejor… La historia tiene un método, no es un puro esfuerzo moral. Podría ayudar que diferenciáramos con mucha más claridad historia de memoria y, esta de conmemoración. No es que la historia sea una ciencia ajena a la voluntad, pero la memoria es mucho más oscura; y cuando se “colectiviza” no produce una simplificación inocente; se parece a la historia bastante menos que la divulgación científica a la ciencia, por ponerlo sobre un fondo de color más neutro. Siempre hay selección de hechos, pero la historia hace preguntas, no repite y memoriza. Podemos decidir qué conmemorar y qué no –la libertad aquí también es bienvenida– pero no qué es historia, y la ambigüedad de la “memoria colectiva” a veces quiere hacer pasar preferencias conmemorativas, y algunas obligaciones, por cadenas de hechos. Tenemos un ministerio de la memoria, cosa ya de cuidado, pero imaginemos uno de la historia. ¿Es que la gente no lee novelas? 

Ni la historia de las luchas feministas, ni la de la República, ni la de la misma Clara Campoamor están acabadas ni se me ocurre pretender a mí que las poseo. Pero hay hechos públicos lo suficientemente claros y accesibles como para ruborizarse un poco al escuchar a algunos políticos, y a sus coros de seguidores y detractores, darse bastonadas retóricas con esto.  Lo evidente es que la “memoria” se airea sobre todo para que el azufre alcance a las gargantas rivales. Lo excéntrico es que se utilice un caso en el que no existió la polarización ideológica que se busca avivar, y a una persona que, en general, fue de quienes más claro advirtieron contra la división de bloques de izquierda y derecha durante la breve democracia republicana.

Paseando bajo el cristal del parlamento, lo primero en lo que deberíamos fijarnos es que en ese 1 de octubre de 1931 votaron 282 de los 470 diputados de las Cortes, el 60%. Hoy se consideraría de bochorno democrático que un precepto constitucional se aprobara así. De ellos, 121 votaron en contra y 161 a favor. Un margen de 20 se consideraba apurado, pero ni así se personaron muchos de sus señorías para dar su voto, el que fuera. Eran otros tiempos, pero muchos votaron con los pies. Y la emoción no había terminado todavía. El uno de diciembre se introdujo una propuesta para que se retrasara el ejercicio del derecho hasta que las mujeres no lo hubieran ensayado en unas elecciones municipales. Esto se rechazó por solo cuatro votos de diferencia, que sin duda era menos que el margen de incertidumbre en una cámara en la que unos días iban unos y otros días, otros. (En diciembre, por ejemplo, estaba Unamuno en Madrid, que no se había presentado en los debates previos, y votó bien). Podía haber caído de cualquier lado. De haberse aprobado la moratoria, las españolas no habrían participado en unas elecciones libres hasta 1976, pues los ayuntamientos del 31 nunca se renovaron durante la República. 

¿Qué votaron los socialistas? Ochenta y uno de los 115 diputados socialistas votaron a favor, el resto se abstuvieron o ausentaron. De modo que el 70 % de los socialistas dieron el sí. Que no lo hicieran todos no tendría por qué significar nada –participaron más que la media de los grupos– salvo porque algunos de los socialistas que se abstuvieron dejaron claro en público que se oponían. Pero si la salida de Indalecio Prieto fue ostentosa, igual lo fue la de Manuel Cordero, tratando de hacer de whip al modo ibérico, persiguiendo a compañeros huidizos por los pasillos del Congreso. Cordero era, por lo demás, objeto preferente del sentido del humor, y del desprecio, de la prensa satírica de la derecha, por sus galleguismos, sus bigotes mirando a la luna y la fama que le daban de ser un campeón de los enchufes. No sé si esto sujeta al PSOE, pues siendo su más cumplido feminista en aquella hora, que de Campoamor solo recibió elogios por su idealismo, en su ficha histórica, en la Fundación Pablo Iglesias, ni siquiera se menciona este logro. 

¿Qué votó la derecha? A favor del sufragio femenino, con pocas excepciones. En los reportajes de la prensa de nuestro tiempo se cita mucho algún discurso grotesco y retrógrado que se escuchó ese día pero que no era representativo. En este lado del parlamento apenas había dudas, lo que pasa es que no eran muchos: nacionalistas vascos y carlistas, que habían ido juntos en las elecciones, monárquicos, agrarios, católicos, nacionales, republicanos conservadores (se recuerda un mitin de Miguel Maura animando a las mujeres a “votar como machos”)… La derecha contaba con que los votos de las mujeres, especialmente los de las mujeres de clase media, tendrían menos tendencia que los masculinos a inclinarse por los partidos de izquierda; sobre todo, que evitarían votar a los partidos enfrentados a la Iglesia, de izquierda o de centro, que también los había, como el Republicano Radical de Campoamor y Lerroux, que por eso no apoyó a su diputada. Se las creía más conservadoras y se esperaba que se dejaran influir por el clero.

Existía, además, el precedente del régimen de Primo de Rivera, que fue el primero en conceder el sufragio a las mujeres, bien que muy limitado, en su intento de institucionalizarse mediante una asamblea representativa. “Nos dio la igualdad en la nada” decía Clara Campoamor. Hay que precisar que igualdad no era: solo podían votar las mujeres solteras y las viudas, pero no las casadas. Las casadas sí podían presentarse candidatas, con el preceptivo permiso del marido y si este no aspiraba también a un escaño. Patriarcal y misógino, lo que se diga es poco, pero una cierta inseguridad también revelaba. No se llegó a producir ninguna elección con estas reglas porque cayó el régimen.

La coalición de apoyo fue así transversal, incluyendo a los extremos del parlamento y con algunos refuerzos en el centro y centro-izquierda: se sumaron la mayoría de los catalanistas y galleguistas, los intelectuales de la Agrupación al Servicio de la República y algunos republicanos sueltos más. El PSOE resultó decisivo, y así lo reconoce y agradece Campoamor en sus escritos, pues eran el mayor partido de la cámara, mientras que los demás sufragistas eran grupos pequeños. Pero la aritmética dice que sin el conjunto de diputados de la derecha parlamentaria tampoco habría sido posible ganar la jornada. La historia no sirve para avivar la candela en nuestro tiempo si no es diciendo simplezas. Y así pasa, que se dicen.  

Si no fue una cuestión de izquierda frente a derecha, tampoco las posiciones de las tres únicas mujeres parlamentarias nos dan una pista. La socialista, Margarita Nelken, se abstuvo, aunque había hecho declaraciones muy contundentes en contra del sufragio femenino; la representante de la izquierda republicana, Victoria Kent, votó en contra y lideró esa posición en la cámara; la liberal de centro, Campoamor, se opuso a ambas, a su partido, y a algunos de los partidos que le resultaban cercanos, como el de Kent o el de Azaña.

Los motivos manifiestos de la inmensa mayoría de los que se opusieron al sufragio femenino eran los mismos que tenía la derecha para defenderlo. Estaban de acuerdo casi sin matices.  Por eso los partidos republicanos aspiraban a retrasarlo lo más posible; una generación, si se pudiera. Eso es lo que defendió Victoria Kent. Es lo que defendieron la mayoría en el conjunto de fuerzas que habían impulsado la República, incluyendo aquí a la tendencia del PSOE más favorable a la conjunción republicano-socialista, la de Indalecio Prieto.

Es digno de preguntarse qué idea de República era esa que no se podía permitir que votaran las mujeres. Como ejemplo, Clara Campoamor cita un telegrama de urgente protesta enviado por la Juventud Republicana de Bilbao a todos los grupos políticos de la cámara por entender que “el voto femenino supone para Vizcaya el fracaso de las ideas republicanas y el retraso por varias generaciones del porvenir venturoso de la República”. Se puede disculpar que, visto el asunto desde Vizcaya, la conjunción carlo-nacionalista intimidara a la juventud, pero esas ideas republicanas y venturosas no parecen referirse a la democracia pura y simple. Todo hace creer que se refieren a la religión y a otras formas de “atraso”.

El caso del voto femenino creo que muestra cómo veían su país una buena parte del núcleo irradiador de la república burguesa: como una sociedad necesitada de mucho esclarecimiento y mucha evangelización política. Republicanos hubo que estaban a favor del voto femenino para sacar a las mujeres de su “secular cretinismo”. El PSOE, más elegante en esto, hablaba del voto como “escuela de ciudadanía”. Las mujeres eran un caso particular de un país por desasnar.  Esto no quita el machismo o, como Campoamor prefería decir, la misoginia, pero es lo que lo hacía “republicano”. El caso también apunta hacia una no menos grave propensión a anteponer los hipotéticos logros de la República a la democracia pura y simple, los resultados a los derechos. 

Solo una minoría, liderada por Clara Campoamor, tenía y expresaba la correcta teoría empírica y los valores democráticos correctos. Pensaba, como de hecho fue el caso en todas las democracias tempranas, que el voto de las mujeres se parecería mucho al de los hombres; pensaba también que, si no era así, tanto peor para quienes no supieran atraerlo, pues no era un derecho condicional. 

No consiguió ser reelegida en 1933 en la lista de los radicales. Un chasco, pues había imaginado que las mujeres de Madrid, donde a su partido le fue muy mal, harían con ella una excepción. Lerroux la incorporó a su gobierno como Directora General de Beneficencia, en ese periodo que la historiografía militante de izquierdas llama “el bienio negro”. Llegó incluso a aguantar el cargo sin dimitir, pese al disgusto, cuando le pusieron a un ministro de la CEDA como superior, hasta que fue a Asturias tras la Revolución para coordinar trabajos asistenciales y comprobó la brutalidad de la represión. También que el gobierno mentía. Dimitió y rompió con Lerroux. Huérfana de partido, solicitó ir en las listas de Izquierda Republicana, el nuevo grupo de Azaña, en 1936. Que ni locos. Dice que lo hizo ingenuamente, pero no sé si se puede ser tan ingenua. 

Cuando empezó la guerra estuvo unas semanas en Madrid, pero a principios de septiembre huyó. Huyó de la barbarie, de los paseos y sintiéndose amenazada, de eso no hay duda. También es ella la que cuenta que en el barco que la llevaba a Génova unos falangistas la reconocieron y consideraron tirarla por la borda (por haber traído “el divorcio”), aunque al final se conformaron con hacerla arrestar. Al parecer uno de ellos lo contó ufano en El Pensamiento Navarro confiando en que quedaba al recaudo de las autoridades fascistas italianas. Estos simplemente la dejaron en paz y le permitieron seguir viaje a Lausana, donde se exilió.  

Al poco de llegar escribió un libro que era durísimo contra el gobierno del Frente Popular, al que ya no consideraba plenamente legítimo (“¿Fascismo contra democracia? No, la cuestión no es tan sencilla” escribía), contra los asesinatos en la retaguardia, de los que tenía información de primera mano, descreyéndose las historias de represión equivalente al otro lado (pensaba que el gobierno mentía como había mentido sobre Asturias, solo que con el signo cambiado) y pidiendo un gobierno de reconciliación antes de que fuese más tarde.  La revolución española vista por una republicana se publicó en francés en 1937; al parecer intentó retirarlo más tarde, al recibir información sobre los asesinatos del bando franquista. El hecho es que, como cuenta el editor y traductor Luis Español Bouché de la versión castellana (Espuela de plata, 2005) acabada la guerra, visitó España tres veces, sin ser detenida, intentando explorar la posibilidad de regresar y no ser perseguida. Tuvo el apoyo de Concha Espina, que al fin y al cabo era separada. Su condición de masona lo hacía imposible, le advirtieron que tendría que elegir entre delatar a otros masones y la cárcel, y se marchó, por última vez en 1953. Seguro que más de uno se muerde hoy los puños por la maldita obsesión del “general” con la masonería. 

De manera que Clara Campoamor fue una doble exiliada. Su defensa del gradualismo, de los amplios acuerdos políticos (de incluir a “la derecha” en la República, como había dicho Thiers en Francia), de la prioridad de la democracia sobre sus resultados, de consolidar las instituciones antes de emprender reformas radicales; su análisis de la desdichada política de bloques combinada con la fragmentación de partidillos y del nefasto sistema electoral que la favorecía; todo hacía prefigurar en ella al tipo de políticos que tuvimos en la Transición, pero escasearon en la República. Y por eso Clara Campoamor debe ser recordada y conmemorada, como nuestra precursora, de la que nuestro mundo se debe sentir heredero.  El techo de cristal del Congreso aguantó los disparos del 23 de febrero de 1981 y seguro que la recuerda.