En una columna reciente, el sociólogo Luis Miller hacía una predicción contundente: “El gran cambio estructural de la política española tras el sanchismo no será la llegada de la extrema derecha, sino la desaparición, por incomparecencia, del partido sistémico que una vez fue el PSOE”. Es quizá una hipérbole, pero los resultados de las elecciones en Extremadura, feudo clásico del PSOE, anticipan una debacle generalizada del partido. El PSOE pasa de 244.227 votos en 2023 a 135.354 en las últimas elecciones. Ha perdido un 62% de los votos respecto a 2007 y un 45% respecto a 2023.
El presidente insiste en que no convocará elecciones anticipadas y esperará a 2027, fecha oficial. Pero es muy posible que le resulte imposible aguantar hasta entonces. Las elecciones autonómicas que se acercan (en Aragón o Andalucía) pronostican un descalabro similar; es posible, incluso, como señala Jesús Fernández-Villaverde, que Vox supere al PSOE como segunda fuerza en Andalucía.
Durante años, la derecha envidió de Pedro Sánchez y el PSOE su capacidad de marcar la agenda, de colocar los debates que quería, de neutralizar sus crisis y pillar al rival siempre con el pie cambiado. Le ayudaba bastante una oposición inane e inepta. Hoy, sin embargo, el gobierno ha perdido su genio estratégico y se limita a responder y reaccionar desesperadamente a las crisis. Ya no tiene la iniciativa. Tampoco tiene el apoyo férreo mediático. Sus medios afines, salvo aquellos que son directamente órganos de propaganda como El Plural o RTVE, lo están abandonando cada vez menos sutilmente.
Cuanto más ejerza su papel de resistente y aguante, más daño hará Pedro Sánchez a su partido. Una parte de la derecha más radical, ya instalada en una especie de milenarismo nihilista, fantasea con que alargue todo lo posible la sangría, para dañar más al partido. Si hoy las encuestas pronostican una suma de PP y Vox cercana a los 200 diputados, ¿cuántos diputados está regalando Sánchez a la derecha cada día que pasa sin convocar elecciones?
Sánchez convirtió el PSOE en el Partido Sanchista. Sin él, el partido se muere. No hay recambio generacional en el partido, porque él mismo lo ha impedido, ni tampoco en la sociedad, porque el crecimiento de Vox entre los jóvenes es incuestionable (ese desgaste sociológico también afecta mucho al Partido Popular). El presidente está probablemente contemplando todas sus opciones. No habrá recogida de cable ideológica, porque haga lo que haga su figura está muy quemada. El presidente ha cambiado muchas veces de opinión en su carrera. Pero hoy, ni prometiendo derogar la ley contra la violencia de género o envolviéndose en la bandera de España conseguirá frenar el colapso.
En 2018, poco después de ser nombrado ministro de cultura, el escritor Máximo Huerta acudió a una reunión con Pedro Sánchez. El presidente le pidió que dimitiera por una irregularidad fiscal. “Empezó a hablar de él, de cómo se le vería en la historia en el futuro”, dijo Huerta en una entrevista. “Empezó a hablar de que todos acaban mal en política, ‘mira cómo acabó Zapatero, mira como acabó Aznar, mira cómo acabó González’… ¿De mí, qué dirán?’”. Será recordado por muchas cosas, pero sobre todo por una. Al autoproclamarse como la verdadera y única izquierda, se cargó a la izquierda. Pedro Sánchez será recordado como el último presidente del PSOE. O, al menos, como el líder progresista que hizo todo lo posible (con su inacción, con su cinismo, con su polarización, con su patrimonialismo, con su corrupción, con su desprecio por las instituciones) para que la izquierda no pudiera gobernar de nuevo en muchos años.