No hay que hacer caso a los agoreros que pronostican un mal futuro para el supuesto plan de Gabriel Rufián de unir a la extrema izquierda. Es verdad que tiene sus problemas: para empezar, no está claro que exista. El teórico líder del movimiento dice que no pretende liderar nada. Tampoco se sabe qué es: una coalición, un ciclo de conferencias o una sociedad gastronómica. Hay, eso sí, algunos críticos: por ejemplo, los partidos que formarían parte de la alianza, empezando por el de Rufián. Pero tampoco debemos detenernos en pequeñeces. Según hemos podido leer esta semana en la entrevista que le hacían Sergio Fanjul y Xosé Hermida, Rufián no quiere dar el salto “a la política nacional”. Lleva diez años en el Congreso de los Diputados y no seré yo quien obligue a nadie a precipitarse. Pero creo que debemos animarle.
Hay quien señala la artificiosidad de crear un partido para que el PSOE pueda apoyarse en él, como ya se hiciera antes con Sumar, ese partido que recogía el espíritu del 15M y nació de una vicepresidencia del Gobierno. Sin embargo, hay que tener en cuenta las virtudes de Rufián: se le dan bien las redes, nada menos. Las redes sociales son terroríficas pero admiramos a quien las maneja con soltura, las cosas son así. Nos preocupan el populismo y la antipolítica; por tanto, Rufián es lo que necesitamos. También puede ayudar a reducir la crispación: por ejemplo, le dijo a Carlos Mazón “usted es un inútil, un mentiroso, un miserable, un homicida y un psicópata”. Ha dicho que, como demócrata, tiene miedo a que la derecha gane las elecciones. La frase tiene su interés en sí. Pero mejora si recordamos –la memoria es caprichosa– que forma parte de un partido que dio un golpe de Estado en 2017.
Algunos sienten simpatía por él porque lo ven como un pícaro: qué bien le vino hacerse secesionista para prosperar en Cataluña y qué pena le daría dejar Madrid, con lo majos que son los camareros. Otros, más optimistas, intuyen en su trayectoria un proceso pedagógico y casi de inserción. El token castellanoparlante del independentismo (es decir: de una secesión de los ricos con sesgo etnolingüístico) ha descubierto de repente que la clase obrera “es la misma en Cornellá y en Vallecas”. Criticaba que sus primos de Jaén tuvieran el comedor escolar gratis, pero su aprendizaje nos ha costado mucho más dinero.
Una candidatura plurinacional encabezada por Rufián haría ilusión a muchos periodistas y ofrecería una oportunidad histórica. En vez de votar a partidos que para llegar al poder forman alianzas con nacionalistas y terminan beneficiando a territorios más ricos, los progresistas de regiones más pobres podrían apoyar esas políticas sin intermediarios. Qué alegría poder votar por fin a alguien que diga a las claras: “Os merecéis peores servicios públicos que los que viven en territorios más ricos, porque la clase obrera es igual en todas partes, pero algunas clases obreras son más iguales que otras”.
Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.