Entrevista con Sergio del Molino: “Los grandes avances democráticos en España han sido obra de gente moderada”

El escritor publica 'Contra la España vacía' (Alfaguara), un libro más político y centrado en el presente que su célebre 'La España vacía'.
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Sergio del Molino (Madrid, 1979) es novelista, ensayista y columnista: ha escrito libros de relatos, reportajes extensos, novelas, memorias familiares como La hora violeta o Lo que a nadie importa, memorias y reflexiones en torno a una condición como La piel. Su libro La España vacía contribuyó decisivamente a visibilizar una realidad geográfica y demográfica. Ahora vuelve sobre ese asunto desde una perspectiva diferente en su ensayo más reciente, Contra la España vacía (Alfaguara).

La España vacía trataba muchos temas que tienen que ver con la política, aunque no es la interpretación predominante en el libro. Contra la España vacía, dices, es un libro donde la política está en primer plano.

Cuando insisto en el prólogo que este libro es más político, parece que estoy diciendo que La España vacía no lo fuera. Quizá este libro está más apegado al aquí y ahora. La España vacía es un libro que interpela al presente, no tiene vocación de atemporalidad. Aunque nunca sabes de dónde va a venir lo clásico, ni lo atemporal, ni lo coyuntural. Pero este sí que es un libro que intenta mirar el país de hoy. Intenta eludir las cuestiones históricas. Habla de la España de los últimos cinco años. Es un intento de dialogar con La España vacía, que hablaba de un mundo que dejó de existir casi cuando salió el libro. Casi todas las coordenadas políticas que se tenían en cuenta entonces han dejado de estar vigentes. De hecho, la tesis política principal de la España vacía hoy se ha vuelto inviable. La tesis de que vivíamos en un nacionalismo español átono y con un patriotismo muy diluido ya no existe. España ya es otra historia. En ese sentido Contra la España vacía tiene mucho de refutación y de actualización. Pero también tiene un sentido político fuerte porque no intento esconderme, ni diluir ni estetizar. Hablo de política como se hablaría en un artículo. Puede decirse que está más cerca del panfleto sin ser un panfleto, o al menos no pretende ser un panfleto.

Cuando hablas de la España vacía, de cómo se presenta a sí misma, dices que hay una contradicción: son centro y periferia. Geográficamente están remotos y a la vez están participando del proceso de decisiones y de una forma ahora más clara que cuando apareció La España vacía.

Esa es una de las paradojas. Una de las cuestiones que definen la España vacía es que siempre habían estado fuera. Nunca participaban, nunca se tenían en cuenta. Y ahora ocurre lo contrario. Ahora toda esa periferia se ha vuelto centro y un centro decisorio, de forma muy simbólica. Que haya un movimiento activista como Teruel existe para mí no significa que tenga la representatividad absoluta de la plataforma, que creo que es mucho más plural y mucho más transversal. Incluso dentro del Parlamento hay otros que también podrían arrogarse su representación. Ese intento de monopolizar el discurso me parece que les va a pasar factura con el tiempo. Pero el hecho de que fuera el voto del diputado de Teruel Existe el que propició que existiera un gobierno les da un poder como nunca han tenido en España, aunque sea de una forma simbólica. Evidentemente todos los agravios siguen ahí y toda la marginación y la condición de periferia siguen estando muy vigentes, pero a la vez están en el gobierno. Intento subrayar esas paradojas porque creo que es un rasgo fundamental del mundo en el que vivimos. Hay una tendencia a la victimización por parte de mucha gente. Si pensaran dos veces en su propia condición, se darían cuenta de que tienen mucho más poder del que realmente tienen. Hay gente muy poderosa y que decide mucho el mundo en el que vivimos, que en cambio se tiene a sí misma como víctima.

Tiene prestigio la posición de víctima: todos pensamos que somos víctimas de algo. Del capitalismo, del patriarcado, de lo woke.

Si no eres víctima no vales nada. La condición de víctima se ha convertido en una especie de aristocracia, una especie de distinción a lo Bourdieu. Hay mucha gente que está buscando desesperadamente ser víctima de algo. Te abre puertas.

En cierto modo el libro es una defensa del patriotismo constitucional. Muchas veces lo hemos visto contrapuesto a versiones del nacionalismo banal. Ahora tenemos un nacionalismo español explícito con Vox. Así, una dificultad era mostrar que no es nacionalismo y otra que es una idea poco atractiva.

Es el principal problema. Yo opongo el patriotismo al nacionalismo, pero el nacionalismo, tanto en Cataluña como Euskadi, aun sin referirse estrictamente a ello, ha intentado apropiarse de la idea de la nación abierta. “Somos catalanes, pero Cataluña es un lugar muy abierto, no es una nación étnica, cabemos todos, vamos a implantar el árabe como segundo idioma”. Hay esa presentación de una idea abierta, desde unos presupuestos etnicistas, cosa que es bastante rara. Sabemos perfectamente que todos los nacionalismos tienen una base etnolingüística que atenta contra el fundamento de la noción de patriotismo constitucional. Y sin embargo, ellos también se la apropian, porque el cosmopolitismo tiene aún cierto sex appeal, sobre todo cuando quieres presentarte al mundo, cuando no quieres ser un activista bruto y bronco sino que quieres presentarte como una organización o un movimiento que es capaz de gestionar una sociedad abierta, plural, pues no te queda más remedio que aludir a las cuestiones propias del patriotismo cultural. Pero es retórica. Es retórica pura y dura. Y es verdad que no es nada sexy plantearlo. En España se ha hecho con miedo incluso desde posiciones conservadoras, donde parecía que había menos prejuicios a la hora de defender un modelo de nación. También ha habido un repliegue por la acusación constante de los nacionalismos subestatales, que lanzan para amedrentar, al llamarte facha o nacionalista español, invocando el fantasma de Franco. El fantasma de Franco ha servido como inhibidor de críticas tanto a una parte de la izquierda como a los nacionalismos. Te echan el sambenito enseguida. A partir de ahí a una gran mayoría de la gente la meten dentro de una espiral de silencio. Nadie quiere contaminarse de franquismo. O se callan o matizan mucho sus propuestas. Y al final es muy difícil encontrar alguien que defienda con vehemencia la noción de patriotismo constitucional, que quizá también está anticuada. Es una noción que nace con Habermas para gestionar una comunidad política muy concreta en un momento concreto: la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial. Ahora los problemas y los retos a los que se enfrenta una sociedad más compleja y abierta en el siglo XXI son muy distintos. Pero creo que como base le pasa lo mismo que a la democracia liberal: aunque luego lo modifiquemos, lo maticemos, sigue siendo la mejor alternativa para construir comunidades políticas. Eso en España es muy difícil de defender. Remite a cuestiones que nadie quiere defender, que es la Constitución del 78, algo especialmente molesto y con mala prensa para nuestra generación.

Escribes que España se convirtió en la única gran democracia que asociaba una forma de organización territorial del Estado con una ideología política, como si no pudiera haber centralistas de izquierdas o federalistas de derechas.

Esa es la rareza. La República, por ejemplo, en teoría es neutra. El libro termina con la figura de Azaña y uno de los fracasos políticos íntimos que sentía Azaña era, en el primer gobierno de la República, en el Gobierno amplio de coalición que establece en el año 31, no haber sido capaz de mantener a los republicanos de derechas dentro de un gobierno provisional. En el momento en el que se está construyendo el nuevo régimen, la nueva democracia, necesitamos el concurso de todos y no puede ser que la República se patriomonialice y quede en manos de los republicanos de izquierda y de los socialistas, decía. Los republicanos de derechas tienen que sentir que la República es suya también. Y el hecho de que se descuelguen para él supone la ruptura y el fracaso muy temprano de la República. Y de ese fracaso todavía vivimos. Es verdad que en un momento dado del libro digo que la historia aprieta pero no asfixia. Pero en este caso sí que es determinante. Es el momento del quiebre: ya se asocia indefinidamente la República con un movimiento de izquierdas, cosa que es completamente absurda y que deberíamos empezar ya a sacudirnos. Durante un tiempo pudo tener su pase, pero ya forma parte de una serie de complejos ridículos.

También por eso fue decisivo que la izquierda aceptara la monarquía parlamentaria.

Creo que los grandes avances democráticos en España han sido obra de gente moderada, lo que hoy llamaríamos tibios, templagaitas, moderaditos, extremocentristas y lo que quieras. Ha sido obra de gente que no se creía mucho el avance democrático, pero tampoco estaba vinculada a la a la reacción. Los liberales de los años treinta del siglo XIX son los que construyen verdaderamente la tradición liberal y no los doceañistas, que eran mucho más radicales y van mucho más allá. Siempre están llegando a acuerdos. Son muy posibilistas. Los grandes avances democráticos en España los ha hecho gente muy gris y muy poco épica. No son Agustina de Aragón, Napoleones y gente de estatuas o entusiasmo. Son gente más a menudo gris, burócratas y demás. Entonces ese es un peso, no es algo que empezó con el 78. Es una constante histórica. La democracia y el progresismo en España han ido avanzando gracias a estos personajes y creo que les debemos, si no un homenaje, por lo menos cierto reconocimiento. Fue gente que hizo una labor muy difícil en momentos complicadísimos y asumiendo y echándose sobre las espaldas una mala prensa que muy poca gente estaba dispuesta a echarse. Tenemos una asignatura pendiente para rescatar a esos personajes a los que debemos en buena medida el país que tenemos hoy en día. Somos muy desagradecidos con ellos.

Hablas de la política en los últimos cinco años en España, con excursiones también al exterior: otras tensiones. Y señalas esa relación un poco ambivalente que tiene una comunidad política ilustrada con los mitos y con las historias que se cuentan.

Es una relación imposible. Si basas todo en la razón y en el contrato social, lo tienes todo perdido. Puedes ganarlo al principio, pero a largo plazo estás vendido frente a los que saben manejar las mitologías, las leyendas y la parte irracional y el sentimentalismo. Frente a eso hay muy pocas defensas. Nos hemos parapetado demasiado en la razón, y con ese “nos” me refiero a la tradición liberal progresista, y no hemos sabido desarrollar unas defensas adecuadas contra lo que viene ahora. Lo que cuento son sacudidas, pero son síntomas muy preocupantes de asedio: un asedio de una democracia liberal que está ahora mismo teóricamente tan cuestionada como lo estaba en los años treinta, aunque no de manera tan agresiva. No tenemos un Hitler, no tenemos un movimiento comunista. Los paralelismos históricos hay que cogerlos con pinzas, pero el descrédito en general en la población y en la cultura política que tiene la democracia liberal ahora mismo es probablemente tan grande como entonces. Las consecuencias, aunque el mundo sea distinto, pueden ser desastrosas. Quería señalar los puntos peligrosos, los lugares donde la democracia se está quebrando de una forma más evidente y dónde deberíamos poner más esfuerzo para defenderla. Mi sensación es que somos unos empollones a los que nos está zurrando a base de bien una serie de tipos que nos quieren quitar la merienda y no tenemos mucha defensa. Podemos ser muy dignos y podemos morir de pie, pero la merienda nos la van a robar igual. Podemos quedarnos con nuestra dignidad, pero no mucho más. Esa es la parte pesimista del libro. Intento imaginar una solución que debe ser fruto de una reflexión colectiva. Este libro se tiene que sumar a muchos otros.

Se decía de los populistas que su incompetencia nos protege. Gestionan, lo hacen mal. Sale Vox, como partido nacionalista español: muy conservador en lo social y neoliberal en lo económico. Siempre se habla de que va a hacer el giro obrerista, pero luego parece que no saben.

Ahora mismo creo que Vox es incapaz de armar un movimiento como el del Frente Nacional. No tienen esa capacidad, ese talento político ni ese cinismo. En realidad no son nada cínicos, son gente muy ingenua. Los ingenuos, incluso con gafotas demócratas liberales, frente a políticos bregados en el filibusterismo, no tienen mucho que hacer, se los comen. No ocurre con el otro reto populista y más potente que ha habido en España estos años, el secesionismo catalán. Ahí sí que hay muchas dosis de cinismo, maquiavelismo. Ha habido décadas de aprender el juego parlamentario, de jugar con unos y otros, de darse puñaladas y demás, y ahí sí que son mucho más peligrosos y lo han demostrado. Son capaces de poner en jaque al Estado, porque ellos mismos han vivido en el Estado y han aprendido perfectamente cómo funciona la sociedad, cómo funciona la demoscopia y como funciona todo, y además son cínicos. Vox no tiene ese cinismo, pero tampoco nos podemos confiar en su torpeza, porque al final si nos echamos a dormir nos pasará lo que pensábamos. Eran un objeto de risa, pero llegaron, quizá más por incomparecencia del PP que por aciertos propios. Vox tiene 52 diputados y una base para aprender, para dar ese salto. Tienen estrategas trumpistas, gente que sabe manipular las redes y los medios de comunicación. Tampoco debemos confiarnos en el hecho de que sus líderes sean unos mamarrachos que no dicen más que mamarrachadas y se tiran piedras contra su propio tejado político. Pueden hacer clic. Y en ese momento estamos vendidos porque el sistema institucional y el sistema electoral español no tienen los resortes que tiene Francia para poner límites a una fuerza como Vox. Creo que a Vox solo le quedan dos alternativas: o rebasa por completo y se convierte en la segunda o la primera fuerza parlamentaria y aquí nos cagamos todos o se va haciendo irrelevante. Creo que no deberíamos estar tan tranquilos. Desde que llegaron al Congreso de los Diputados, poca broma.

Escribes: Una democracia liberal es tanto más fuerte cuanto más débil es su política, o mejor dicho, su fortaleza es mayor en la medida en que la discusión política no desplaza a las demás discusiones.

Se habla de que el populismo es antipolítica. No, es la política autorreferencial hecha solo de política. La democracia liberal es un instrumento para que la política no se note: la copa limpia, que es perfecta y está muy bien hecha, pero cuyo propósito es que el vino sepa bien. Lo que nos interesa no es la copa, nos interesa el vino. En el populismo pasaría al revés: lo que interesa es la copa. Es más fácil romper una buena copa de vino. Hay que tener mucho cuidado. El tema es que una buena democracia liberal es prácticamente invisible. Solo te das cuenta cuando fracasa. Cuando falla, te das cuenta de lo bien que vivíamos. Se empieza a deteriorar y empiezan a caer y a pudrirse las instituciones. Pero hasta ese momento funciona como si no estuviera. Si funciona bien y está bien engrasada, no nos damos cuenta. El objetivo de alguien que comenta la vida política o que interviene en ella es señalar esa paradoja constantemente para que tengamos cuidado al coger la copa y no la rompamos. Decir: ha costado muchas generaciones construirlo y esto se puede ir al carajo en cualquier instante. Pero señalar eso y ser un Pepito Grillo cuando no sucede nada, en los momentos de valle de calma y tranquilidad, es difícil. Quien quiere señalar eso es percibido como un aguafiestas, como alguien que está poniendo los posavasos a la fiesta. La gran frustración de todo escritor, y no del político, es que su posición es la de Casandra.

Citas muchos autores y libros. Al final hablas de Azaña. ¿Tenías unos libros o autores en la cabeza que sirvieran no como elemento informativo, sino como ejemplo de la forma del libro o de la posición intelectual?

No. Lo que está citado es lo que me interesaba para el viaje, porque son muchas lecturas de comentarios de la actualidad. Son glosas del aquí y el ahora. Quería hablar de Harari, porque su refutación del Neolítico me parece uno de los pensamientos más nocivos y tóxicos que ha habido últimamente. Me gustaba intentar identificar algunas vetas del pensamiento más influyente actualmente, en España y en el mundo. He ido a fuentes muy actuales, salvo para construir la genealogía del pijoprogre. Ahí que me voy a Fausto y a fuentes literarias, que es una idea que he trabajado mucho tiempo. Pero quería que tuviera un diálogo con cosas que importan aquí y ahora, o no con la influencia de Kant o Hegel. Me interesaban los autores y las líneas de pensamiento que están configurando ahora el mundo y con las que con las que hay que salir a pelear.

Cuentas una historia autobiográfica llamativa. De niño vivías en un pueblo de Valencia. Tu padre trabajaba en un instituto. Tenía la plaza pero le exigieron que acreditara un nivel de valenciano. Él argumentaba que cuando obtuvo el puesto no era necesario. La situación se enrareció y tus padres decidieron irse. Son experiencias que no se suelen contar, y que sorprenden. También nos recuerdan esa idea de que el problema territorial en España es en buena medida un problema lingüístico, y especialmente del uso político y administrativo de la lengua.

El problema lingüístico empezó a existir cuando se identificó como problema. Se empezaron a crear políticas lingüísticas y hubo diseños en los gobiernos autonómicos de planificación lingüística. En ese momento lo que no era un problema empezó a serlo. Es verdad que hay una historia de humillación, de opresión y de prohibición y de desprestigio y de diglosia. Pero eso terminó hace más de cuarenta años ¿Cuándo fue la última vez que a un labrador le reprocharon que hablara en valenciano? Se murió hace tiempo. Esa vergüenza y ese sentimiento de sumisión están ampliamente superados. Una de las primeras cosas que hizo la democracia fue dignificar las cuestiones lingüísticas. Enseguida se naturalizó que, de la misma forma que nadie hace chistes de enanos, nadie hace chistes burlándose del acento. Desaparecieron hasta los chistes de andaluces. En lugar de quedarnos ahí, una muestra de madurez democrática totalmente encomiable de la sociedad española, se aprovechó para crear unas políticas lingüísticas muy desencaminadas, porque entraron como elefantes en cacharrería, sobre todo en un ámbito que es muy emocional, la educación. Es un ámbito que tiene mucho valor para el nacionalismo: ahí es donde se construye la nación. Pero es un lugar muy sensible porque en la escuela estás tocando a los cachorros de la gente y somos una especie mamífera. Se van a provocar unos conflictos y unas tensiones.

Yo vivía en un pueblo, Tavernes de la Valldigna. En una gran ciudad esto hubiera tenido mucha menos importancia. Pero en un pueblo la convivencia se enrarece con muy poquita cosa. Y lo que cuento en el libro es algo que me costó contar. Lo hablé con mi madre primero para que no se sintiera incómoda. Es una cosa que casi nunca se ha contado y luego te encuentras con gente que ha tenido experiencias parecidas, pero las llevan en silencio. No cuentan los verdaderos motivos por los que se fueron de un lugar. Se inventan otra cosa. Mis padres inventaron otras historias casi para no ofender a la gente del pueblo, para que no sintieran que los estaban expulsando. Todo el mundo era consciente y todo el mundo veía lo que estaba pasando y cómo se estaba haciendo el vacío a una parte de la comunidad y nadie decía ni mu. Mucha gente estaba en contra pero te lo decían en privado: Yo te entiendo, pero te entiendo en la intimidad. Nunca me voy a postular políticamente o públicamente contra esto que está pasando, porque es mi muerte.

Esta espiral ha ocurrido en muchos sitios y apenas se ha contado. Todavía hoy, tantos años después, el nacionalismo está viviendo de la opresión franquista y de todo lo que pasó antes del año 75, cuando ya queda muy poca gente que nunca guarde memoria o que lo haya vivido. Una buena parte de la población ha sido educada en catalán y ha vivido en una situación lingüística bilingüe. Yo en el libro lo que intento plantear es cómo se dio la vuelta a la tortilla, cómo de repente el ser castellano en un sitio, en un sitio de habla no castellana o habla no mayoritaria castellana, te convertía en una especie de paria social: muy parecido al labrador que era incapaz de expresarse en castellano. Al final se vuelven las tornas y esto es una historia que va a generar unas grietas de amplio recorrido. Casi nadie se atreve a hablar porque tiene un coste muy grande. Es una especie de tabú que se ha instalado en buena parte de la sociedad y del que no podemos hablar con normalidad y que enerva enseguida. Las cuestiones lingüísticas hoy por hoy en España son las más polémicas. Tú puedes decir barbaridades de cualquier tema y no vas a tener consecuencias graves, pero plantear que hay un problema lingüístico en Cataluña, en Valencia o en Euskadi es complicado. Decir que hay una discriminación y un problema lingüístico te puede acarrear problemas muy serios. La respuesta es tremendamente agresiva. Pero ese debate nos lo debemos todavía. O sea, ese melón hay que abrirlo en algún momento porque somos una sociedad democrática madura y no podemos estar comprando relatos totalmente simplistas donde una parte de la sociedad se siente infrarrepresentada y silenciada.

Desde que salió La España vacía se ha escrito mucho, aquí y fuera, sobre la divisoria de la densidad de población.

El libro provocó como un chispazo en el momento oportuno. Aunque yo lo recogí como un tema marginal, la escritura del libro igual tenía que ver con que yo también de una forma inconsciente participaba de esa efervescencia que estaba creciendo en la sociedad española. Se trataba de un tema que hasta ese momento era totalmente localista y que se percibía de una forma folclórica, condescendiente y paternal. La España vacía crea un topónimo con en el que muchos se sienten identificados y que permite que emerja o se exprese algo que estaba como sobreentendido y que no encontraba una articulación.

Las reacciones eran muy emocionales. Me dio un poco de vértigo pensar que había tocado una fibra que no sospechaba tan inflamable. En todos los encuentros que tenía la gente acababa hablando de su pueblo. Mucha gente llevaba tiempo queriendo hablar de algo y por fin se sentía entendida. Luego ha ido creciendo y se ha ido instrumentalizando políticamente todo el debate, ha ido mutando. Se ha ido convirtiendo incluso en una cosa bronca a veces lo que empezó siendo muy amable y que se recibía con simpatía, hasta el punto de que cuando Teruel Existe presenta la candidatura todos los analistas políticos se lo toman a guasa y ven que es casi un argumento de Paco Martínez Soria. De repente algo que no existía en el debate se coloca en el centro. Lo que era totalmente irrelevante y que cuando lo planteabas era saludado con condescendencia y choteo cambia. De repente empiezan a salir epígonos de la España vacía por todas partes y se convierte casi en una industria floreciente. En un mundo gobernado por algoritmos y por la planificación y por gente que gana mucho dinero intentando crear tendencias sociales, intentando inflamar y crear propaganda, que pueda llegar un señoritico de Zaragoza que ha escrito un libro con un niño pequeño subido a los hombros y ese libro provoque algo totalmente inesperado o que ya les hubiera gustado provocar a muchas consultoras y muchos despachos de marketing te reconcilia con el mundo. No está todo planificado, hay cosas totalmente imprevisibles.

Hablas de las ciudades medias, capitales de provincias y la sensación que puede haber de decadencia.

Las ciudades de provincias y su decadencia son canarios en la mina o síntoma de transformación democrática profunda. Hay una microcefalia y otras ciudades con pocas posibilidades que, con una idea naíf y espectacular de la cultura, han buscado ahí la tabla de salvación. Como en tiempos de dominio religioso, se erigían catedrales culturales, como museos contemporáneos. El Guggenheim es el Notre Dame actual y sus réplicas son las catedrales góticas del siglo XX y XXI, en ciudades que han quedado orilladas y buscan su sitio.

Esa inflación ha contribuido a vaciar también la industria cultural y a ir desmontando todo ese entramado que empezó a florecer en el siglo XIX y que define por completo la cultura de Occidente. Poco a poco se ha ido convirtiendo en una liturgia sin sentido, igual que la religión católica o cualquier otra religión entonada en catedrales muy exageradas. Hay una historia paralela entre la decadencia de esos burgos podridos o esas ciudades de provincias o vetustas o como quieras llamarla y el vaciamiento de lo cultural, o la conversión de la cultura en una especie de rito vacío o de altarcillo.

A menudo se reprocha a parte de la izquierda los problemas con la concepción de España. En el libro salen Errejón y su proyecto, que también parecen compartir esos problemas.

Es una de sus grandes paradojas el hecho de que para crecer fuera de Madrid, para tener una estructura de partido y un proyecto político, no se le ocurrió otra cosa que buscarlo en formaciones como Compromís y organizaciones hostiles a cualquier idea de España, con los matices que queramos hacer. Su alianza con un proyecto como el de Errejón es táctica y no hay una comunidad de intereses. Tu proyecto se deslegitima por completo al aliarte con quien no debes. La tesis de Errejón es que hay un espacio a la izquierda del PSOE y a la derecha de Podemos, cuando Podemos estaba bien. Ese espacio existe. Pero ¿cómo identificar a sus votantes, ese espectro social de España y lo que tienen en común y cómo movilizarlos? Es un enigma horroroso que es muy difícil de resolver, porque la propia izquierda se ha empeñado en no resolverlo durante décadas, décadas de desprecio a la propia idea de España como nación, como creación y como comunidad política. Décadas de alergia hacia todo lo que suene a España o español ha desencadenado que ahora sea muy difícil articular, porque estamos empezando desde cero. Cuando Errejón enseguida intenta hacerse de partido, se da cuenta de que el mero hecho de ponerle nombre ya es un problema. Tiene que ser Más País; no puede ser Más España. Implosiona por delito nominativo. Hay algo freudiano, de rechazo elemental y es un galimatías en el que la izquierda se ha metido ella sola. Igual hace falta una generación para salir.

Hablas de los escritores del AVE. Gente que va a Madrid; no solo escritores. Hablas de tu ciudad, Zaragoza. Dices que confías en que el Ebro arrastre el Pilar en una crecida. Pensaba: a ver si acaba en el agua él antes…

El Pilar es muy poco zaragozano. Zaragoza es una ciudad hecha a la medida humana, es muy paseable, muy poco aparatosa, muy poco barroca, muy sencilla y que tiene en el corazón un monumento que la excede por todo y desborda hasta Zaragoza. Es lo más reconocible y a la vez es poco razonable. De hecho hay que ir.

En todo caso, una cosa curiosa de Zaragoza es que puedes decir eso: en otras ciudades no podrías decir eso de su gran monumento. A veces lo he dicho en la radio o en una columna y claro que hay gente que se enfada, pero también muchísima gente que se ríe, mucha gente que hace la misma guasa. Y eso creo que tiene que ver con la condición abierta y nada pretenciosa de la propia ciudad que hace que yo esté muy a gusto aquí. Si me sintiera ahogado y asfixiado, me habría ido hace mucho.

Has escrito novelas, memorias familiares, ensayos narrativos o más reflexivos como este. Son obras muy distintas.

A la vez creo que mis libros van conformando una voz muy homogénea y dialogan mucho unos con otros. Me considero un intruso en todas partes. El mero hecho de escribir y de participar en el debate público ya es un intrusismo que muchos percibirán intolerable. Abarco mucho, pero siempre con las cartas boca arriba: me gusta que se sepa desde dónde, quién soy. Para mí la literatura tiene una dimensión que abarca desde lo íntimo a lo más social. Hay muchas cosas que me preocupan, muchas cosas que me inquietan y me duelen y me emocionan y que van conformando el material de mis libros, que tienen mucho que ver unos con otros. Aunque cada uno parezca de su padre y de su madre, están muy unificados por una misma voz.