¿Es posible un gobierno populista?

No es fácil para un político populista, cuya eficacia en construir un pueblo movilizado lo llevó a arrasar en las elecciones, resignarse a concretar programas y elegir entre distintos cursos de acción, que pueden agraviar a un sector de sus partidarios y perder apoyo. Pero el ejercicio de gobierno implica ese equilibrio.
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En 1973, el peronismo ganó las elecciones presidenciales dos veces: primero, con la candidatura presidencial de Héctor Cámpora, para darle la vuelta al veto militar contra Perón, y luego con el propio Gran Conductor a la cabeza de la planilla. Esa segunda elección del año fue apoteósica: Juan Domingo Perón ganó con el 60% de los votos y no hubo camarilla militar, oligarquía ni mafia del poder que osara cuestionar la validez de la avalancha electoral peronista. Pero, escribió Ernesto Laclau:

Fue entonces que los peligros arriba señalados en la manera en que las equivalencias peronistas habían sido construidas empezaron a revelar su mortífero potencial. Una vez en Argentina, Perón ya no podía ser un significante vacío: era el Presidente de la República y, como tal, tenía que tomar decisiones y escoger entre alternativas. (Las negritas y la traducción del original On populist reason [Verso, 2005, p. 220] son mías)

Ahora en español. Populista ejemplar en la tipología de Ernesto Laclau, Perón había construido su “pueblo” uniendo grupos y personajes tan disímbolos como la guerrilla de los Montoneros, la corrupta burocracia sindical y facciones ultranacionalistas de derecha. El discurso que los apelotonaba se refería a todos sin comprometerse con ninguna de sus demandas específicas. A eso se refiere Laclau con “significante vacío”, y en esa ambigüedad que mantenía en la misma habitación a revolucionarios y gorilas, todos armados, radicaba el peligro mencionado en la primera frase.

Por lo anterior, y aquí la importancia del reconocimiento implícito de Laclau, el teórico más sólido del populismo, el ejercicio de gobierno es por naturaleza refractario al modelo populista. El populismo, como teoría y práctica de la movilización política con base en el antagonismo Ellos contra Nosotros, no se puede traducir fácilmente en un modelo de ejercicio de gobierno. Si en el discurso el Pueblo derrotará a la Mafia del Poder, en la planeación gubernamental es necesario prever el presupuesto necesario para que en el segundo trimestre de 2019 el avance del Pueblo sobre la Mafia alcance la meta anticipada del 3% con respecto al periodo anterior, así como establecer una serie de indicadores de desempeño y optar entre diferentes medidas y horizontes temporales. Hasta en la distopia estalinista, el avance hacia la felicidad se medía en toneladas de acero por periodo quinquenal.

No es fácil para un político populista, cuya eficacia en construir un pueblo movilizado lo llevó a arrasar en las elecciones, resignarse a concretar programas y elegir entre distintos cursos de acción, a sabiendas de que cada vez que toma una decisión puede agraviar a un sector de sus partidarios y perder apoyo. Pero el ejercicio de gobierno es precisamente ese acto de equilibrio entre la implementación de un programa y la operación política que hace posibles los compromisos para tal efecto.

Durante estos largos meses de transición previa a la toma de posesión, Andrés Manuel López Obrador ha dado muestras tanto de que le cuesta mucho trabajo abandonar la ambigüedad de su discurso, como de que su lado pragmático se empieza a asentar lejos de las cámaras.

Por un lado, su bandera por excelencia, el combate a la corrupción, sigue ondeando en el viento de la ambigüedad, repartiendo perdones anticipados y desestimando los casos probados de fraude en el manejo de recursos. Asimismo, en el caso del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, el próximo presidente evita comprometerse con la solución que ya había adelantado desde la campaña y pretende lavarse las manos con la consulta.

Sin embargo, con mayor discreción, AMLO va también perfilando ciertos contornos de su administración. La renegociación del nuevo “T-MEC” no habría sido posible sin el apoyo explícito de la administración entrante, incluyendo los compromisos concretos en materia de transparencia laboral, explícitos en el Anexo 23-A, dignos de celebrarse. La política económica, en general, evitará los golpes de timón y optará por la redistribución por medio del gasto público.

La tensión entre la ambivalencia deliberada en algunos temas y los compromisos inescapables en otros será el principal factor en el desarrollo de la amplia coalición lopezobradorista. Ya las primeras pequeñas escaramuzas tuvieron lugar en el Congreso con motivo del reparto de comisiones legislativas. La entrega inicial de la Comisión de Cultura al PES y el premio de consolación que supuso su reasignación al diputado Sergio Mayer, famoso por sus originales disertaciones sobre el uso de la palabra “library” en el idioma inglés, movilizó a un sector de los trabajadores de la cultura que habían estado apoyando al movimiento de López Obrador.

Paco Ignacio Taibo II, máximo exponente de lo que podamos llamar el ala “jacobina” del lopezobradorismo, dirigirá el Fondo de Cultura Económica, desde donde podrá implementar algunos de los ambiciosos programas de fomento a la lectura que ha venido promoviendo como activista, pero no debería descartársele como voz crítica dentro del movimiento hecho gobierno. Menos notorios que Taibo, pero igualmente pendientes de las expectativas generadas por AMLO sobre el combate a la pobreza, otros simpatizantes, algunos con responsabilidades de gobierno y otros desde la academia y la sociedad civil, estarán buscando encontrar sustancia en la nueva administración y, esperemos, señalar cuando no encuentren más que aire, bandazos o abiertas regresiones.

En el otro lado estarán los que se subieron al tren de último momento, ya sea por acomodo con la inevitabilidad del triunfo lopezobradorista o por su clara afinidad con algunas de las características más cuestionables del nuevo presidente, como su autoritarismo y conservadurismo social. No es secreto que Ricardo Monreal no es santo de la devoción en el nuevo gobierno de la Ciudad de México, como tampoco es muy difícil darse cuenta de que personajes como Muñoz Ledo y Manuel Bartlett siguen siendo tragos amargos para muchos militantes que se forjaron en la lucha contra el PRI.

A diferencia del peronismo de 1973, el lopezobradorismo es un movimiento civil pacífico, sin conexión orgánica alguna con expresiones armadas. Los desencuentros entre ellos no auguran el tipo de confrontaciones letales que inauguraron el periodo más negro de la historia de Argentina, pero sí presentan un desafío similar: ¿cómo transitar del movimiento amplio, abarcador y encolumnado detrás del líder a la coalición de gobierno con intereses divergentes que requieren políticas públicas diferentes, cuando no de signo opuesto?

 

 

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