Jürgen Habermas en el jardín de la democracia

Saludado como el último intelectual, ha muerto en un momento en el que el mundo parece dar la espalda a todo lo que defendió.
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Escribir una tesis doctoral es ir cerrando puertas. Lo decía mi director. No le hice caso y me metí en un jardín. No me arrepiento.

Yo buscaba proponer espacios deliberativos en una incipiente internet, que pudieran contribuir a corregir algunos de los defectos de la representación democrática (aquella candidez –vista hoy– no puede sino conducir a la melancolía). 

Las propuestas deliberativas parecían, en ocasiones, ideas simples sin ninguna base. Pero esa base tenía que existir en algún lugar. Tenía que ser posible fundamentar de manera solvente aquello que se conocía como “democracia deliberativa”. Esa arquitectura es la que encontré leyendo a Habermas.

Desde joven, Jürgen Habermas quiso enmendar la plana a sus mayores dándole la vuelta a la idea de que la razón ilustrada había desembocado en el horror de los totalitarismos. Por el contrario, se empeñó en demostrar que a la Ilustración le quedaba todavía un camino por recorrer y que la razón podía revestir la forma de una “razón comunicativa”. De esa manera, la racionalidad sería el fruto de procesos dialógicos. Ello permitiría hablar de una “ética del discurso”. Si Kant había formulado su imperativo categórico buscando una universalidad basada en el deber, Habermas iba a sustituir esa noción de deber por una discusión intersubjetiva. De esa manera, solo serían válidas aquellas reglas morales susceptibles de ser aceptadas por todas las personas afectadas por ellas; siendo esta una decisión adoptada como fruto de su participación en un discurso práctico.

Sin embargo, no iban a ser únicamente las normas éticas las que nacieran de estos procesos de discusión, sino que las decisiones fundamentales de la organización política de una sociedad también habrían de surgir de estas prácticas deliberativas.

En Habermas, la teoría de la democracia deliberativa representa el punto de confluencia de dos tradiciones intelectuales: la tradición republicana y la liberal. El aparente conflicto entre soberanía popular y derechos humanos sería superado por medio, precisamente, de la deliberación discursiva. El profesor Fernando Vallespín señaló que Habermas logró situarse en el punto medio entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. Así, los derechos humanos provendrían de la existencia de procesos discursivos; pero, al mismo tiempo, aquellos derechos serían condición necesaria para la celebración de estos procesos participativos. Será, por lo tanto, la deliberación la pieza que sirva para unir definitivamente dos bloques conceptuales. La práctica de la deliberación –la importancia del propio proceso deliberativo– aunaría el ideal republicano de una comunidad participativa y virtuosa con la aspiración liberal dirigida al respeto de la autonomía individual de los ciudadanos. De esta precisa manera, pudo también decirse de Jürgen Habermas que fue un filósofo socialdemócrata.

En su modelo deliberativo, la discusión pública no era un mero acuerdo o componenda entre intereses egoístas, sino que se sometía a la ley de los mejores argumentos, que son aquellos así percibidos y decididos por los participantes en la deliberación. Deliberación será, por tanto, algo distinto de negociación.

Jürgen Habermas inició su trayectoria intelectual estudiando la historia de la opinión pública, analizando las condiciones necesarias para la existencia de un espacio público democrático. Y así terminó igualmente esa trayectoria –ya nonagenario–, incorporando en sus últimas reflexiones el impacto producido por la digitalización. El pasado año se publicaba en España su libro titulado Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la política deliberativa.

En la biografía que publicó Stefan Müller-Doohm se cuenta que el propio Habermas decía que su vida había sido una vida para la ciencia. No cabe duda. Pero nunca fue una ciencia encerrada en los despachos o en las aulas universitarias. Al contrario: fue quizás el último gran intelectual público. Su vida –igual que su filosofía– fue la muestra de que teoría y práctica debían caminar de la mano: no rehuyó nunca un debate, nunca rechazó a un interlocutor.

Hace años –al entrar en aquel jardín– pude encontrar a Jürgen Habermas debatiendo sobre el futuro de Europa (otra de sus grandes preocupaciones), reflexionando sobre el papel de la religión en las sociedades modernas o difundiendo para el gran público la sugestiva idea del “patriotismo constitucional”. Ha muerto en un momento en el que el mundo parece dar la espalda a todo lo que defendió. Puede que, por eso, nunca haya sido tan necesario como hoy volver a sus libros. 

El jardín de Habermas fue siempre el jardín de la democracia. Quizás habría sido suficiente con una nota a pie de página en mi tesis doctoral. Sin duda, habría ganado tiempo. Pero no hice caso y me interné en aquel jardín. Ya lo dije al principio: no me arrepiento.


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