El tráfico de drogas no se va a terminar mientras exista un mercado rico y demandante. Esto está muy lejos de ocurrir. El combate al narcotráfico será largo, costará decenas o cientos de miles de vidas, y al final terminaremos perdiendo. A menos que el país se comprometa a una lógica dictatorial o militar, como en China (donde hay pena de muerte contra los narcotraficantes), Singapur (donde se castiga el consumo con treinta años de cárcel), o El Salvador (donde el Estado suprime los derechos humanos a favor de la seguridad). No sería extraño que México, con una sociedad harta de los cientos de miles de muertos y desaparecidos, optara por opciones de fuerza, por partidos o candidatos ultras (de izquierda o derecha) para intentar detener esta pesadilla, este larguísimo viaje hacia el final de la noche que emprendimos al tolerar en nuestra sociedad a los traficantes de drogas.
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Una solución alternativa sería, por supuesto, la despenalización de las drogas, por la cual abogaron hace algunos años Ernesto Zedillo, Oscar Arias, Fernando Henrique Cardoso y César Gaviria. En México, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, el Estado reguló durante un breve tiempo el consumo y el tráfico de estupefacientes, hasta que Washington presionó para poner fin a ese experimento. Hoy, por desgracia, la despenalización no está en la agenda de los grandes países consumidores; lo que predomina es la agenda punitiva, la guerra contra el narco, que otorga poderes extraordinarios a los Estados y que no tiene forma de acabar bien.
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Pareciera que nos hemos acostumbrado a la violencia. La mortandad es cotidiana, parte de nuestro paisaje. No hay fin de semana con menos de cien asesinados. En México la muerte tiene permiso (Valadés). Se vive con miedo, con pánico en algunas zonas del país. Más del 70 por ciento de los mexicanos afirman vivir inseguros en la ciudad donde habitan. De acuerdo con Edgar Ángulo Rosas, psicólogo clínico, la violencia que padecemos “ya no puede medirse únicamente en cifras de incidencia delictiva; representa una crisis profunda de salud mental que está desgarrando el tejido social desde su estructura más íntima: la neuroquímica del cerebro”. Expuesto a la violencia cotidiana y al estrés continuo, el cerebro sufre alteraciones, “la corteza prefrontal –encargada de la toma de decisiones– se deteriora. El individuo pierde lateralmente su capacidad neurológica de elegir libremente”. En otras palabras: nos abandonamos a la inercia del horror, dejamos de resistir, vivir en el desamparo nos parece inevitable.
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El gobierno federal anterior y el presente apuestan a una solución desatinada: afirman que está en “atender las causas”. Esto se reduce a dar dinero en forma de apoyos sociales. Sostienen que dar becas a estudiantes sin recursos hará que puedan ir a la escuela y alejarse de la tentación del dinero de los criminales. Sin embargo, desde 2018 a la fecha, más de un millón y medio de estudiantes de primer nivel se han dado de baja de las escuelas públicas. El narco siempre podrá pagar mejor que cualquier beca del gobierno. Julio Scherer, hombre muy cercano al poder y al ex presidente, afirma que López Obrador creía que “a partir de programas sociales, del apoyo a los ciudadanos, de la capacitación y de dar oportunidad a todos, se podía solucionar el problema de la delincuencia. Desafortunadamente eso es imposible, porque las conductas antisociales existen y van a prevalecer siempre, y siempre habrá personas que quieran ganar más, tener más y buscar la vida fácil a costa de lo que sea” (Ni venganza ni perdón, Planeta, 2026).
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El Ejército mexicano mató a Nemesio Oseguera, o como dicen ahora: lo abatió. En otros países, cuando se desmantela un grupo criminal, se detiene a los cabecillas, se intervienen negocios y casas de bolsa que utilizan para lavar dinero, ocurren detenciones en varias regiones, se arrestan a políticos implicados. Aquí el Ejército decapitó al grupo criminal. De la UIF ni sus luces. La FGR no ha detenido a ningún cómplice. Como si la mejor estrategia fuera la pasividad. Esperar a que los grupos delictivos hagan algo para poder reaccionar. Como si la mejor política fuera aguardar a que el cartel se volviera organizar y fortalecer. ¿Estamos simplemente haciendo tiempo mientras llegan las próximas instrucciones de Estados Unidos para actuar? De acuerdo a Sheinbaum la muerte de El Mencho fue una excepción en su estrategia. “Dios nos libre, la estrategia de seguridad no ha cambiado”.
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Fue muy extraño el comportamiento de la presidenta en medio de la situación de emergencia que se vivió en todo el país. Estaba de gira, le avisaron del operativo, y continuó su gira. La zona en donde se trasladaba tiene presencia del Cártel de Jalisco. Aun así, saludó a la gente, se bajó de la camioneta blindada, repartió autógrafos, se expuso ante un posible ataque. Todos hemos visto las escenas de Barak Obama siguiendo la operación en la que abatieron a Osama Bin Laden. Puede parecer exagerada la comparación de El Mencho con Bin Laden, pero El Mencho fue responsable de la muerte de muchísimas más personas que Bin Laden, y sus recursos económicos eran mayores que los del terrorista. Pese a eso las imágenes muestran a la presidenta despreocupada, expuesta. En otros lugares las fuerzas de seguridad suben al mandatario al avión presidencial y lo mantienen en el aire o lo encierran en un bunker mientras pasa el peligro. Aquí la presidenta repartió abrazos y autógrafos. En un país con cientos de miles de asesinatos y desapariciones esta fue una reacción absolutamente irresponsable.
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Parece verdaderamente remota la posibilidad de que en México se detenga la violencia y gocemos de paz. La muerte de un importante cabecilla del narco presagia una mayor violencia, por la feroz lucha que desatará su sucesión y la guerra entre cárteles que buscarán conquistar las plazas del cártel decapitado. No hay en México una estrategia integral para alcanzar la paz. El gobierno como meta más ambiciosa propone disminuir la violencia, no terminar con ella. Esto se antoja imposible. Hay ejemplos exitosos de lo que se puede hacer a nivel regional. Se logró en Nuevo León hace una década, con la participación del gobierno, los empresarios, la sociedad civil y los medios de comunicación. También se logró en La Laguna, como bien lo han documentado Sergio Aguayo y Jacobo Dayán (Reconquistando La Laguna, El Colegio de México, 2020). Desafortunadamente los grupos criminales que son combatidos eficazmente se mudan a los estados vecinos, en el llamado efecto cucaracha. Hace falta desarrollar un plan nacional.
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La violencia extrema que padecemos tiene todos los visos de prolongarse. En 2021 se calculaba que había entre 75 mil y 315 mil huérfanos producto de la violencia provocada por el narcotráfico. Cinco años después, el número habrá crecido. No hay apoyo psicológico para atender a estas decenas de miles de menores. El Estado les brinda apoyo mediante el programa “Que sobrevivan como puedan” operado por la Secretaría de Me Importa un Bledo. La estrategia del gobierno se reduce a otorgar becas. Muchos de esos niños y jóvenes terminarán engrosando las filas de la delincuencia y de la prostitución de menores. Hay estudios psicológicos que muestran el daño permanente en la salud mental de estos niños. “Nadie pierde un padre por un acontecimiento violento y el resto de su vida permanece bien. Generalmente es algo que trastoca todas sus dimensiones sociales”, afirma César Galicia. Estamos, sin darnos cuenta de ello, incubando la guerra del futuro.
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Héctor Aguilar Camín ha puesto en evidencia que la presidenta no dio la orden de atacar el refugio de Nemesio Oseguera. El secretario de la Defensa despertó por la mañana a la presidenta y le informó del operativo. Ella no se dirigió a un cuarto de guerra a dirigir la operación, como comandante de las Fuerzas Armadas. Ella siguió con su vida como si nada pasara. Se fue de gira mientras se desataba la violencia en veinte estados. No siguió en tiempo real los acontecimientos. Como si ella no mandara. A ella le informaron del operativo que estaba en marcha. ¿Quién dio la orden? En su discurso del Estado de la Unión Donald Trump se adjudicó la muerte del capo. ¿El Ejército se manda solo? ¿Sigue órdenes de quién? ¿Quién manda aquí? ~