Frente al terrorismo, la cabeza fría

El asesinato del profesor Samuel Paty a manos de un joven yihadista ha suscitado llamados estridentes para suspender los principios democráticos. Pero en su conjunto y diversidad, los franceses han mostrado la voluntad de mantener la cabeza fría.
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El asesinato, el pasado 16 de octubre, del profesor de secundaria Samuel Paty, no es, lamentablemente, el primer ataque de terroristas islamistas contra establecimientos escolares en Francia: recordemos los asesinatos, en 2012, de tres alumnos y un maestro en una escuela judía de Toulouse, cometidos por Mohamed Merah, quien días antes había matado también a tres paracaidistas del ejército francés. Más allá de la atrocidad de este asesinato, que causa estupefacción, o de la fascinación psicopatológica por la muerte que revela la cuenta de Twitter del joven yihadista que asesinó a Paty, aquí me importa cómo reaccionó la sociedad francesa.

No hubo una manifestación gigantesca, como después del ataque a la redacción de Charlie Hebdo : la congregación en la Plaza de la República en París, el 18 de octubre, fue, como otras en la provincia, más modesta, de miles de personas y no de cientos de miles, como si los franceses hubieran decidido guardar silencio y esperar en un momento marcado por nuevas incertidumbres. Al leer los periódicos o escuchar a los líderes políticos y religiosos, especialmente a los musulmanes, parecería que la sociedad hubiera madurado frente a los ataques terroristas. Ciertamente hemos escuchado, por parte de jerarcas del Rassemblement National y algunos de sus compañeros de ruta de la derecha en principio democrática, llamados estridentes para suspender los principios democráticos y aprobar leyes de emergencia. Los senadores, por su parte, votaron a favor de una enmienda a la Ley de programación plurianual de la investigación para subordinar la libertad académica a los “valores de la República”. La extrema derecha y parte de la derecha han vuelto a corear sus viejas cantaletas sobre “la guerra de civilizaciones” y el “gran reemplazo”. Tampoco han dejado de señalar a los refugiados como los caballos de Troya del terrorismo islámico. Desde la izquierda, Jean-Luc Mélenchon ha derrapado enormemente al unísono con este tipo de discurso, repitiendo más o menos al pie de la letra los discursos más infames de Putin sobre el terrorismo checheno. El ministro de Educación Nacional también ha hecho comentarios particularmente objetables en el sentido de que las universidades y el mundo de la investigación en ciencias sociales estarían bajo el control del “islamo-izquierdismo”. Mejores intelectuales, autores, algunos de ellos, de obras que han marcado muy positivamente el debate público, han oscilado entre el ridículo y el simplismo, volando a socorrer al ministro de Educación y pidiendo un control político de la lealtad de los profesores hacia el Estado.

Sin embargo, visto más de cerca, lo que sorprende es, por el contrario, la sangre fría mostrada por los franceses en su diversidad. Una primera cosa que no se ha subrayado lo suficiente es cómo varios imanes e intelectuales musulmanes, que se encuentran entre los primeros blancos de futuros ataques terroristas, así como el grueso de la población musulmana francesa, han declarado públicamente su rechazo absoluto tanto a este crimen como a los excesos yihadistas que, dicen, son contrarios al espíritu del Corán. Sin duda, son de escucharse, como escribe François Dubet, “las voces (…) de los musulmanes en Francia […] que quieren tanto vivir en el país donde nacieron como creer en sus instituciones”. Del mismo modo, surge la sensación, para usar nuevamente las palabras de Dubet, de que ningún ciudadano francés está confinado a un estatus unívoco, musulmán, católico, ateo de derecha o de izquierda o incluso más indiferente.

Asimismo, frente a algunos de esos llamados estruendosos que mencioné, se han alzado numerosas barreras intelectuales. La gran jurista Mireille Delmas Marty subrayó cómo a raíz de los atentados de Nueva York en 2001, las democracias han tenido la tentación de dar un vuelco “hacia un derecho penal de la seguridad”. Asimismo, varios profesores del Collège de France y otros académicos han recordado útilmente que “la libertad académica forma parte del bloque de la constitucionalidad”. Han precisado además que “No responderemos a un ataque a la democracia jugando el juego de la polarización, renunciando a las libertades públicas y reemplazando la libertad de expresión con un saludo a la bandera. Tampoco la defenderemos difundiendo información falsa sobre la supuesta dominación del “islamismo de izquierda” en la universidad. La defensa de la democracia frente al terrorismo de inspiración yihadista y la tentación fundamentalista no puede consistir en una caza de brujas basada en la hipótesis grotesca según la cual los terroristas se habrían guiado por los “estudios decoloniales” cuya existencia ignoran. Debe ser una defensa del pluralismo y la libertad de la ciencia”.

Si se juzga que le doy demasiada importancia a las disputas entre intelectuales, mírese la forma en que millones de estudiantes, desde la educación primaria hasta la secundaria, junto con sus profesores, hicieron suya la iniciativa del ministro de Educación Nacional para rendir homenaje a Samuel Paty el lunes 2 de noviembre. Estamos lejos de las discordancias que se produjeron durante la jornada de homenaje a las víctimas de Charlie Hebdo en enero de 2015. Más allá de los motivos de quejas de los profesores que consideraron mal preparado este homenaje, las discusiones sobre el evento precedieron al minuto de silencio y, según los múltiples testimonios, fueron emblemáticas tanto de la emoción de unos y otros frente a un asesinato que los marcó de igual manera, como del sentido mismo del debate y del deseo de comprender.

 

Traducción de Emilio Rivaud.