Hace unos días Pedro Sánchez se dejó caer por Radio 3, la emisora pública de los culturetas musicales. Fue una cosa espontánea, como demuestra el atuendo con el que se presentó en el estudio, como si hubiera cogido del perchero una chupa al azar según salía por la puerta de Moncloa. Comentó sus gustos discográficos, se hizo unas fotos y se volvió a sus ocupaciones normales, seguramente agotado. Mark Twain decía que los discursos improvisados llevan mucho tiempo.
Pedro Herrero ha analizado en su canal de Youtube los nuevos seguidores de la cuenta del presidente en Tik Tok, que también parecen eminentemente espontáneos: ciudadanos españoles normales y corrientes, sin nada de particular; gente interesada en las recomendaciones literarias del hombre que escribió Innovaciones de la diplomacia económica española. Se diría que son tan reales como ese tal “Mr. Handsome”. Pero al menos se pasa un rato divertido escuchando el listado.
Mañaneros 360, el programa de infotainment de –otra vez– la pública, presentó a una administrativa y antigua cocinera del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla como sanitaria. Para que los espectadores no se llamasen a engaño, le colocaron una bata blanca y hasta un fonendo. La señora es liberada sindical y la llevaron a opinar sobre los fallos en los cribados de cáncer.
Lo del cosplay médico de la liberada sindical es un caso extremo, pero en España es habitual que, apenas sacas una alcachofa de tele o radio, brote gente de una naturaleza muy particular: candidatos de partidos de izquierdas, sindicalistas, activistas, cadres. Cierto enfermero de Podemos se convirtió en presencia amiga en nuestras pantallas durante una temporada. En agosto, durante la crisis de incendios, adquirió notoriedad un bombero forestal que, casualidad, resultó haber ido en listas de Unión del Pueblo Leonés.
También ha habido cierta controversia estos días por la supuesta filiación partidista de algunos representantes de víctimas de la dana, o portavoces de afectadas por la crisis de los cribados de cáncer. A veces parece complicado distinguir unas cosas de otras; y, en cualquier caso, las declaraciones de todas esas personas las acaban comentando tertulianos puestos por los partidos para diseminar argumentos igual de prefabricados. Humo y espejos; porque en la España política lo único orgánico es la basura del contenedor marrón.
Alberto Olmos recordaba en El Confidencial todos los horribles crímenes del principal partido de la oposición. La izquierda lleva veinte años reproduciendo un modelo de aprovechamiento ballenero de las crisis, naturales o no; que no solo sirven para desgastar gobiernos de signo contrario, sino que operan como laboratorio de discursos y cantera de cuadros. Ahí está el ejemplo de la vivienda y el, quizás, mayor caso de éxito, Ada Colau, cuyos dos mandatos al frente del consistorio de Barcelona parecen haberse orientado a mantener o empeorar las “condiciones objetivas” que hicieron posible su carrera.
La capilaridad de la izquierda en los “movimientos sociales” y en las portavocías “espontáneas” de la sociedad civil es instrumental a esa estrategia de crisis permanente –que, admitámoslo, no siempre adquiere la tracción que sus promotores desearían: ahí las fotos de Yolanda Díaz paseando por las playas gallegas con un cedazo, buscando pellets cual si estuviera en el Klondike. O el llamado “Bulo del culo”.
La derecha está mal preparada, o lo ha estado hasta ahora, para competir en ese terreno –aunque a veces lo intente. Porque apenas tiene capilaridad, ni real ni inventada. Y porque habita, a menudo sin saberlo, los escenarios morales de la izquierda. También tiene mucho que ver con la pereza: todo es un lío y tarde o temprano sucede lo que ha de suceder. Tiene en esto, la derecha, algo de fatalismo islámico.
Al final le asalta a uno la impresión de pasear –los medios, el CIS, el INE, la “memoria democrática”– por una realidad potemkin de la que los ciudadanos normales desconectan, como si evitasen contemplar un paisaje que les aburre. De caminar por un zoo en el que los únicos visitantes somos los animales, los que nos dedicamos a esto. O, como decía Mencken, de vivir en un circo que pretendemos dirigir desde la jaula de los monos.