La tragedia de Urda ha destruido la vida de decenas de familias y también una percepción elemental de seguridad en los ciudadanos. No te puedes fiar de un servicio que utilizamos todo el tiempo: para ir a ver a tus padres o a tu pareja, para trabajar, para el turismo, que es la principal industria del país. Era uno de los símbolos de éxito de España. Ahora es un emblema de la decadencia.
Es difícil no ver en el accidente una confirmación macabra de los efectos de la degradación política. Subraya el sectarismo: se purga a técnicos para colocar a personas afines sin la formación adecuada. Hace imposible olvidar la corrupción, que ha operado en el ministerio de transportes. Apunta al incumplimiento de la obligación constitucional de presentar presupuestos y nos recuerda que estos años hemos tenido recaudación récord de impuestos y fondos europeos para la modernización, pero el gasto ha primado sobre la inversión y se han desgastado infraestructuras y servicios. Las críticas por los problemas de los ferrocarriles se desdeñaban o atribuían a la mala fe: vivíamos el mejor momento de la historia, los trenes pronto superarían los 350 km/h.
Las crisis se gestionan solo como crisis de comunicación: el objetivo es cambiar de tema; los problemas no se solucionan; solo se extienden pantallas para ocultar la incompetencia. Quienes debieran ser responsables escurren el bulto, tratan de intoxicar y culpan a quien tengan más a mano: de Ceuta a Urda, reinan el servilismo hacia el líder y el abandono a los subordinados (funcionarios, operarios, servicios de inteligencia). En esa tarea el poder cuenta con voluntariosos correveidiles. El objetivo es, por usar una expresión que a algunos les encanta citar en otros contextos, llenar la zona de mierda y que nos pongamos a discutir de cosas que hemos aprendido en los últimos diez minutos, hasta que todo sea más o menos indistinguible.
Cuando ocurre una tragedia como la de Adamuz, debemos conocer con precisión las causas, que pueden incluir la fatalidad, pero tiene que haber una responsabilidad política. Que se produzca otra catástrofe en la misma vía nueve meses después es insoportable. El ministro Puente compareció el viernes para dar explicaciones y habló de cómo se sentía él: no deseaba a nadie pasar por una circunstancia como la suya, le esperaba un calvario, y además en campaña, dijo. Había 69 muertos y decenas de heridos. Ese narcisismo enajenado y victimista no es privativo del ministro: define al gobierno del que forma parte.
Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.