Debimos estar más atentos a las señales. Algunas semanas antes de su lanzamiento, El Manual empezó a promocionarse con un vídeo realizado con IA en el que se resumía la trayectoria profesional de su autor en formato de dibujos animados anime. No era una gracieta sin más ni un simple guiño naíf. En aquel experimento quedaba perfectamente resumido el propósito de todo el empeño.
Iván Redondo nació en 1981. El dato no pasa inadvertido a los lectores, toda vez que él se ocupa de subrayar qué edad va teniendo en cada uno de los hitos que rememora. Forma parte, por tanto, de las generaciones criadas ya enteramente con el audiovisual.
Sus integrantes hemos caído en la misma ensoñación hasta donde alcanza nuestra memoria: imaginarnos vistos desde fuera, como si protagonizáramos una serie o una película. Durante la infancia eran aventuras con mayor o menor dosis de ciencia ficción. Por qué no unos superpoderes, puestos a fantasear. Conforme se desprendía uno de la inocencia los géneros iban cambiando. De la comedia estudiantil al drama social. Del costumbrismo al biopic con todos los tópicos de las historias de auge y caída. En función del estado de ánimo, la propia existencia podía recordar a Mariano Ozores o a Aki Kaurismäki.
Tras terminar esta peculiar biografía, queda la sensación de que Redondo no pasó de la primera fase. Su planteamiento consiste en relatarnos su carrera como si fuera una historia épica destinada a alumnos de Primaria.
De modo que él habla de sí mismo en tercera persona refiriéndose a El Director. Estos sobrenombres serán rasgo característico de toda la obra. No veremos aparecer a Pedro Sánchez sino a El Presidente. La cosa adquiere tintes sonrojantes cuando en vez de a Pablo Iglesias se menta sistemáticamente a El vicepresidente con coleta.
El recurso ya nos había parecido pueril cuando lo usó David Jiménez en, ¡oh, casualidad!, El Director (Libros del KO, 2019). Redondo apenas le da tregua. Uno de los pocos respiros corresponde a la política guatemalteca Adela de Torrebiarte (1949-2020).
El truco no distingue la importancia de cada uno de los miembros de este dramatis personae. No cuesta demasiado esfuerzo descifrar que detrás de El Mentor está José Antonio Llorente (1960-2023). Pero la cosa esta de los motes es un tanto injusta con sus propios colaboradores más cercanos, de los que elogia sus grandes capacidades pero niega todo crédito real al asignarles remoquetes tales como El Vallecano, El Lord o Míster Dato. Confesamos que necesitamos ayuda para averiguar que uno de estos personajes embozados era José María García.
El estilo que exhibe Iván Redondo es el mismo que el de sus artículos semanales en La Vanguardia. Una prosa que parece nacida del pegado de distintas frases salidas de galletitas chinas de la suerte. Juan Fernández-Miranda escribió con mucho tino en El Confidencial sobre lo que llamó “ivanredondismo”, que tenía entre sus características recurrir “obsesivamente a la técnica clásica de explicar las cosas con tres conceptos simples, a poder ser rítmicos”. Esto queda sobradamente patente en El Manual. Llama la atención la cierta desfachatez con la que cree haber conseguido unir buena parte de los hechos que explica con las frases que constituyen sus lemas. Particularmente, “la vida son círculos” y “pocos votos son muchos votos”.
El recurso a las canciones, en su mayoría perfectamente encajables en la playlist de Kiss FM, resulta agotador. Sospechamos que obedece a un cierto afán de humanizarse. Pero es un bombardeo tan intensivo que acaba demostrándose contraproducente. Algunos ejemplos abriendo páginas al azar: “[…] como Robbie Williams, déjenme entretenerles […]” (página 99), “[…] como cuando uno escucha Walking On Sunshine de Katrina and the Waves” (página 184), “como aquel disco conceptual de los Iron Maiden” (página 225), “más bien uno de esos falsetes de los alemanes de Modern Talking cuando cantaban su famosérrima canción discotequera Atlantis” (página 257), “El Director lloró […] profundamente como Savage Garden en su canción” (página 344). Y así todo el tiempo.
El adjetivo “icónico” se emplea en, al menos, dieciocho ocasiones. Lo “merecen” fotos, programas de televisión, canciones (¿puede un sonido serlo?) y también congresos políticos, leyes o discursos.
Tendrá razón el lector de esta reseña que haya llegado hasta aquí y se sorprenda de que cuestiones formales hayan ocupado tanto espacio en el comentario de un ensayo político en el que lo importante está en el fondo. Esperamos que nos disculpen: el conjunto del libro no se entiende si no se subraya que su autor carece de una distancia irónica mínima sobre sí mismo. Por eso, la esencia se resume relativamente rápido. Todo lo que hicieron bien los asesorados de Iván Redondo –Xavier García Albiol, José Antonio Monago, Salvador Illa y, sobre todo, Pedro Sánchez (no les aburriremos ya con las comparaciones automovilísticas de la que son objeto)– se debió a su gran conocimiento y astucia, que le habilitan para percibir todo aquello que los demás pasan por alto. Los errores cometidos derivaron, en cambio, de no haberle hecho el caso suficiente.
Además de dibujos anime, la promoción también ha girado sobre lo que se considera principal revelación contenida entre sus páginas: Redondo no habría sido destituido como jefe de gabinete por Sánchez sino que abandonó el cargo voluntariamente por un problema coronario de gravedad, del que nos cuenta estar ya felizmente recuperado. Sería necesario cotejarlo con los demás protagonistas de la historia.
El Manual concluye con un capítulo, a medio camino entre lo profético y lo onírico, que vuelve a situar a su autor trabajando en el Palacio de la Moncloa. De modo que su lectura se termina con esa sensación que algunos productos de Hollywood han conseguido que nos resulte familiar: “¡Todavía tendrán valor de hacer una segunda parte!”.
El Manual
Iván Redondo
Madrid, Contraluz, 2026, 422 pp.