Quienes citan el Julio César de Shakespeare suelen confundir “¡Et tu, Brute!” con la última línea del dictador, que llega cuando César comprende que su amigo Bruto lo apuñaló. En momentos en que césares vulgares dominan las noticias, desde Donald Trump hasta César Chávez, quizá la verdadera última línea de César, “¡Muere entonces, César!”, ofrezca una lección más pertinente para nuestro tiempo.
Las acusaciones reportadas por el The New York Times de que César Chávez, líder sindical y posiblemente el latino más famoso en la historia de Estados Unidos, abusó sexualmente y violó a niñas y mujeres jóvenes, sorprenderán a muchos estadounidenses. Para otros, en especial para las víctimas, esta revelación es el inicio de un camino hacia una justicia largamente postergada. También ilustra algo que las víctimas, y algunos estudiosos de Chávez y del movimiento de la United Farm Workers (UFW), entre ellos yo, comprobamos en años recientes: pese a sus fracasos, Chávez, como el Bank of America durante la Gran Recesión, se había vuelto too big to fail, demasiado grande para caer. Tanto individuos como el movimiento entero pagaron las consecuencias.
¿Qué ajuste de cuentas deberían provocar hoy estas revelaciones? Muchos pondrán pretextos, sobre todo dado que hombres poderosos, incluido el presidente de Estados Unidos, enfrentan acusaciones por algunos de los mismos delitos. Algunos quizá teman que Donald Trump use esta noticia para desviar aún más la atención pública de los archivos Epstein. Otros preguntarán: ¿qué tienen que ver la vida personal de César Chávez, o sus palabras y actos privados, con los asuntos del sindicato? Durante muchos años, esa fue la postura de algunos veteranos de la UFW.
Debra Rojas lo aprendió de la manera más difícil. Hace más de una década, tuvo el valor de revelar la agresión de Chávez contra ella, cuando apenas tenía 12 años, en una cuenta privada de Facebook para veteranos de la UFW: “Despierten, gente. Este hombre por el que marchan cada año abusó de mí y de muchas, muchas otras niñas.” En lugar de respaldarla, otros chavistasla acusaron de manchar el movimiento al que ella y su familia pertenecían. Ella borró su publicación.
En 2012, después de que publiqué From the jaws of victory, una historia de la UFW que también reveló buena parte de la compleja verdad sobre Chávez, enfrenté una reacción adversa dentro de esa misma comunidad. Mi libro documentó cómo, en 1977, cuando la UFW firmó un acuerdo histórico para poner fin a años de conflicto con los Teamsters, la Hermandad Internacional de Camioneros, Chávez mostró más interés en construir una comunidad intencional en la sede de la UFW conocida como La Paz que en consolidar los avances logrados por los defensores de los trabajadores del campo durante la década previa. Mi libro también describió los ejercicios humillantes de terapia grupal en los que Chávez obligaba a los residentes a participar, así como parte de las infidelidades que, hoy sabemos, apenas arañaban la profundidad de su conducta delictiva.
Chávez tuvo muchos facilitadores, incluidos algunos que lo transportaban hacia y desde los lugares donde ocurrieron los abusos, y cuya admiración ciega y devoción terminaron dañando al sindicato. Como los fundadores de la UFW no construyeron una estructura democrática que permitiera que sus miembros lo cuestionaran, las palabras de Chávez, por más profanas o equivocadas que fueran, se aceptaban como verdad absoluta.
También documenté consecuencias todavía más tempranas de ese poder sin contrapesos. En 1973 Chávez echó abajo las conversaciones para extender contratos con el productor de uva John Giumarra Jr., argumentando su preocupación porque Giumarra no impedía que los trabajadores filipinos tuvieran relaciones sexuales con “prostitutas en los campamentos”. Jerry Cohen, jefe del equipo legal de la UFW, no pudo convencer a Chávez de soltar el tema de la prostitución; esa obsesión de Chávez, que debilitó al sindicato, hoy resulta extrañamente reveladora.
Otro punto de inflexión llegó en 1976, cuando Chávez ignoró el consejo del gobernador Jerry Brown y de muchas personas dentro del sindicato al respaldar una arriesgada iniciativa electoral, en vez de trabajar dentro del sistema para ampliar el financiamiento de la histórica Ley de Relaciones Laborales Agrícolas. Cuando la iniciativa perdió, Chávez culpó a los voluntarios de la UFW y dijo que habían traicionado sus órdenes o que no habían trabajado lo suficiente para ganar. El sindicato cayó en un caos marcado por purgas de voluntarios inocentes –junto con el acercamiento manipulador y la violación de niñas que ahora ha salido a la luz.
Los abusos ocurrieron en momentos en que muchas mujeres se dedicaban de lleno al movimiento y quedaban relegadas o eran expulsadas por esa conducta corrosiva. Hoy se ha vuelto común reconocer a Dolores Huerta, de quien ahora sabemos que sobrevivió a abusos de Chávez, como cofundadora del sindicato. Pero las aportaciones de peso de otras mujeres, como Jessica Govea y Elaine Elinson, siguen estando en gran medida ocultas para el público.
La gestión de Govea y Elinson del boicot en países extranjeros contribuyó a lograr los primeros contratos de trabajadores del campo en 1970, aunque esto no se reconoce en las representaciones populares de esta historia. La película biográfica César Chávez, de 2014, por ejemplo, muestra a transportistas británicos arrojando uvas al río Támesis junto a Chávez, cuando en realidad fue Elaine Elinson. Govea enfrentó el sexismo dentro del sindicato mientras trabajaba en la primera línea del boicot en Montreal, solo para volver a encontrarlo en la sede cuando regresó a California en las décadas de 1970 y 1980. Chávez la etiquetó como conflictiva y ella terminó fuera del sindicato, trabajando como educadora laboral en la Costa Este antes de que el cáncer acortara su vida.
Las víctimas de Chávez nunca alcanzaron ni una fracción de la influencia por la que Govea luchó o de la que Elinson disfrutó de manera temporal. Resulta imposible medir cuánto perdió el sindicato en las lideresas que esas niñas jamás pudieron llegar a ser. Ya es momento de iniciar un proceso de reparación para las víctimas de la violencia de Chávez y de que la historia completa de la UFW pase al conocimiento público.
Necesitamos reconocer que, al margen de lo que haya logrado la UFW, muchas veces lo consiguió como un esfuerzo colectivo. Hay una razón por la que el lema de la UFW, “Sí se puede”, se traduzca al inglés como “Yes, we can”, “nosotros podemos”. La historia muestra que organizadores, trabajadores y defensores resolvieron problemas al unirse, no al seguir ciegamente las órdenes de Chávez. Ya es momento de que César caiga. ~

Este artículo se publicó originalmente en Zócalo Public Square, una plataforma de ASU Media Enterprise que conecta a las personas con las ideas y entre sí.
Forma parte de Cruce de ideas: Encuentros a través de la traducción, una colaboración entre Letras Libres y ASU Media Enterprise.