Foto: Presidencia de la República.

El cuarto informe: bajo en energía, alto en propaganda

Si en sus informes los presidentes anteriores ajustaban la iluminación para que la realidad fuera vista bajo una luz más favorecedora, el presidente ha reventado todos los focos para describirnos en la oscuridad un gobierno y un país que no están ahí.
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Tal vez es reflejo del transcurrir del sexenio, o tal vez se trató de una situación anímica temporal, pero me dio la impresión de que el presidente López Obrador estaba bajo de energía al pronunciar el discurso con motivo de su cuarto informe de gobierno. Lejos del tono agresivo y beligerante que ha puesto a otros discursos, este 1 de septiembre vimos al presidente hablar con más tranquilidad y parsimonia. Hacia el final del discurso, reconoció sonriente que ahora posee “más aplomo y serenidad que antes”. De ser cierto, sería una buena noticia para nuestro atribulado país, pues lo último que necesitamos es un AMLO radicalizado.

Aunque diferente en la forma, lamentablemente el discurso que los mexicanos escuchamos el 1 de septiembre es el mismo de siempre en el fondo. El presidente se dedicó a repetir muchas de las afirmaciones exageradas, falsas o engañosas que son la base de su estrategia de propaganda. Sigue sin considerar que existe algo qué corregir o modificar en el desempeño de su gobierno; sigue sin reconocer y asumir plenamente los problemas del país; y sigue recurriendo a afirmaciones hiperbólicas que difícilmente podrán sostenerse con evidencia. El presidente aún no asume las responsabilidades más básicas de la retórica, como apegarse a la veracidad, ser consistente con lo que se ha afirmado antes y ofrecer al público información fidedigna para que pueda corroborar que lo que se afirma corresponde a la realidad.

Tal vez la parte más reveladora del discurso del cuarto informe de López Obrador fue cuando enumera lo que él ve como sus grandes logros: instaurar un gobierno cuya prioridad son los pobres, la corrupción no se tolera, se acabaron los privilegios fiscales, no hay lujos en el gobierno, México está recuperando su prestigio en el mundo, el Estado dejó de ser el principal violador de derechos humanos, el aumento al salario y los programas sociales han ayudado a una distribución más justa de la riqueza, se elevaron a rango constitucional los programas de pensiones y becas, se ha reducido la incidencia delictiva, se está ganando la batalla contra el racismo y el clasismo, hay pocas protestas y huelgas, se garantiza la libertad de expresión y el derecho a disentir, el gobierno no participa en fraudes electorales, la fiscalía y los poderes legislativo y judicial actúan con independencia, el peso no se ha devaluado, han aumentado las reservas del Banco de México, existe libertad religiosa y Estado laico…

Aun suponiendo que todas esas afirmaciones sean ciertas, llama la atención que en su mayoría se trate de logros simbólicos y retóricos que están muy por debajo de la idea tan repetida de que el presidente encabeza una transformación histórica a la altura de la Independencia, la Reforma o la Revolución. Ni siquiera puede decirse que se trate de logros que vuelvan a la administración del presidente López Obrador la más destacada en lo que va del siglo XXI. Parece que la realidad comienza a colarse por algunas grietas del grueso blindaje de la propaganda populista.

En sus informes, los presidentes anteriores ajustaban la iluminación para que la realidad fuera vista bajo una luz más favorecedora. En cambio, López Obrador ha reventado todos los focos para describirnos en la oscuridad un gobierno y un país que no están ahí. Muchos mexicanos siguen confiando en ese relato y, ante una situación nacional que es muy difícil de cambiar, se refugian en la noción de que el presidente tiene las mejores intenciones, aunque no sepa cómo lograr buenos resultados. Tarde o temprano llegará el momento de abandonar la comodidad del engaño y recuperar el sentido de realidad que toda sociedad debe tener si quiere comenzar a resolver sus problemas.

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