Macron y la Francia que será

Macron vencerá pero se enfrenta a dos problemas clave: la institucionalización de su partido, demasiado personalista, y su carácter centrista, que puede polarizar los extremos.
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El “rematch” por el Eliseo, titulaba el Financial Times. Estamos ante la repetición de la batalla que vimos hace cinco años, de la que salió victorioso Emmanuel Macron, pero con unas encuestas mucho más apretadas que entonces y el temor real de que Marine Le Pen sea la próxima presidenta francesa. Mucho se ha escrito acerca de la pérdida del “factor novedad” por parte de Macron, así como de sus fallos durante su presidencia. Sin embargo, su resultado en la primera ronda fue mejor de lo esperado, y las encuestas indican una distancia de unos 12 puntos con su contendiente en la segunda vuelta.

Es evidente, sin embargo, que ya no cuenta con la fuerza de la irrupción de hace cinco años. Siguiendo la teoría de Hobolt y De Vries, Macron logró, por aquel entonces, movilizar a electores conforme a un nuevo eje de competición, centrado en la reforma del país y un europeísmo que no estaba presente en ninguno de los otros candidatos. Ayudó a su éxito, por supuesto, el colapso completo de los socialistas y el escándalo (Penelopegate) en el que se vio sumido Fillon, líder de los Republicanos y el candidato que tenía más probabilidades de pasar a la segunda vuelta. Macron y su partido, La République En Marche!, ganaron las presidenciales y las legislativas, poniendo contra las cuerdas a los partidos tradicionales e inaugurando una nueva era política en Francia.

¿Cuál ha sido el resultado de estos años? Frente a balances completamente negativos o excesivamente luminosos, ha sido un “reinado”, dadas las frecuentes comparaciones con Júpiter del presidente francés, con claroscuros. Justo antes del inicio de la campaña electoral, Jeremy Cliffe señalaba en un artículo que el desempleo en Francia es el más bajo en trece años, que su recuperación pospandemia había sido mejor que la de cualquiera de los grandes países de la UE y que su PIB per cápita había superado el de Gran Bretaña.

Sin embargo, Cliffe también señalaba problemas mencionados en numerosas ocasiones: Macron como un presidente arrogante, poco preocupado por “los lugares que no importan” (en palabras de Rodríguez-Pose), percibido como autoritario, criticado por su represión de la revuelta de los chalecos amarillos, y centrado en las clases medias-altas y altas de las grandes ciudades. En resumen, un político preocupado por la competitividad y prosperidad de su país, pero que naufraga cuando se trata de lograr que los ciudadanos perciban que todos son merecedores del mismo respeto.

Sea como fuere, parece que será el presidente hasta 2027, y es aquí donde quiero centrarme. El macronismo tiene dos problemas clave que deberá afrontar antes de las siguientes elecciones. Sin suscribir el mantra de que “Macron ahora es Le Pen en 2027” (exactamente igual que se dijo en 2017), sí que deberá preocuparse, en primer lugar, por la institucionalización de su partido y, en segundo, por el efecto en la competición política que tienen los candidatos/partidos de centro.

Ninguno de estos problemas tiene fácil solución. El primero, la institucionalización, requiere que La République En Marche! pueda trascender a su fundador cuando este no pueda presentarse a las elecciones de 2027. Si bien es cierto que ganó las legislativas de hace cinco años, no es menos cierto que la fecha de estas, prácticamente adyacentes a las presidenciales, contribuye a lograr una mayoría para el presidente. En elecciones a nivel subnacional el partido ha rendido mucho peor, y en el imaginario colectivo el partido no es más que el vehículo electoral de Macron. Esto, que fue una virtud en 2017, puede suponer la semilla del colapso en 2027, dada la dificultad de trascender liderazgos muy personalistas, propios de esta época política, y construir un partido con arraigo y que genere identificación en los votantes. ¿Puede haber centrismo político francés sin Macron?

El segundo problema es más complicado aún de resolver, porque no depende exclusivamente de la voluntad de Macron y su partido. Reuven Hazan escribía en 1995 acerca de la polarización asociada a los partidos de centro. Según su investigación, el crecimiento de los mismos, presuntamente garantía de estabilidad del sistema político y de pactos a izquierda y derecha, podría suponer un desgarro para los partidos tradicionales de centro-izquierda y centro-derecha, cuyos votantes los abandonarían primero por el centro y, luego, ante su hundimiento, por los extremos. Lo que es más, con un partido de centro sólido, es más probable que estos partidos entren en una competición centrífuga en lugar de centrípeta, intentando recuperar votantes de los extremos en lugar de los perdidos en el centro. Por supuesto, esto no tiene por qué ser así, pero, particularmente en el caso de Los Republicanos, hemos visto, tanto con Fillon como con Pécresse, un intento de recuperar los votos perdidos rumbo a Zemmour y Le Pen.

Obviamente, esto no es culpa solo de Macron. Los partidos tradicionales estaban en proceso de descomposición durante su ascenso, y el particular sistema semipresidencial francés hace que sea rentable electoralmente esta oposición entre un centro liberal y europeísta y los extremos nativistas y chovinistas. Las propias dinámicas arrastradas del pasado, la debilidad de los líderes de los partidos tradicionales y el clima de polarización han hecho el resto. Pero incluso sin ser el principal responsable, Macron debe ser consciente de que, incluso ganando, las opciones políticas en Francia son más fuertes hoy que hace años.

Por ello, los próximos cinco años requieren no solo una batalla en el terreno de las ideas, campo que el presidente francés domina, sino también en el organizativo. En el interés de su espacio político está crear un proyecto político que trascienda a su líder, y en el de la propia democracia liberal, si bien no le reportará votos a La République En Marche! en 2027, el de contribuir a la reconstrucción de los partidos tradicionales a nivel nacional, de forma que haya una pluralidad de opciones contra el extremismo, sin depender del surgimiento de un único líder poderoso. La fuerza de Le Pen y Mélenchon, así como la presencia de Zemmour, hace difícil una competición centrípeta, pero Macron debe intentar apostar por atraer a los restos del centro-izquierda y centro-derecha hacia un espacio político central más amplio.

Y en lo referente a las ideas, cabe la duda de siempre: ¿es Macron un liberal? La palabra siempre ha sido disputada en Francia, y varias de las medidas adoptadas durante su mandato han ido en dirección contraria a lo que asumiríamos como liberalismo. Sin embargo, se trata de una ideología de contornos tan difusos que resultaría quizás más apropiado hablar de “liberalismos”, con Macron defendiendo una concepción del mismo con un papel más importante del Estado y cierto dirigismo. Sea como fuere, lo cierto es que se le percibe como autoritario, y que la implementación y explicación de las ideas es tan relevante como la racionalidad detrás de las mismas. Macron, sin perder su carácter de “Júpiter” regio, que ha sido una de las bases de su imagen pública, deberá pelear por un liberalismo, llamémosle así, más emocional, y que atienda las demandas tanto materiales como de respeto que piden sus ciudadanos.

No es exagerado pensar que en Francia se libra otra batalla clave para el futuro de nuestras democracias liberales. Y que Macron debería ser el candidato de todos aquellos que creemos en las mismas. Sin embargo, y confiando en una victoria del actual presidente, quizás debamos poner ya los ojos en 2027 y trabajar, tanto en Francia como en la Unión Europea, por reducir los factores que pueden incrementar el apoyo a los partidos extremistas. Todo puede cambiar mucho en cinco años (que se lo digan a nuestra política entre 2013 y 2018, por ejemplo), pero establecer una serie de escenarios de futuro e ir tomando medidas, a nivel organizativo e ideológico, para asegurar el mejor de los posibles sería un gran primer paso.

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