Malthus, Maduro y Guaidó

Si las negociaciones en México saben conducirse, los objetivos trazados en la agenda serán coronados con un triunfo formidable, capaz de dar el gran salto hacia la democratización de Venezuela.
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Al gran economista británico del siglo XIX Thomas Malthus se le sigue guardando un devoto respeto, pero no porque sus doctrinas despierten el intenso interés que al principio causaron. Su teoría poblacional hacía de las guerras, pandemias y catástrofes naturales, fenómenos de restablecimiento del equilibrio demográfico y, por ende, favorables para impedir la desaparición de la especie humana.

La población –advertía Malthus– crece en forma geométrica, en tanto que la producción de alimentos lo hace en sentido aritmético. La fatalidad de estas desiguales formas de incremento tenía como destino seguro la aniquilación del ser humano. Pero el supuesto del que parte Malthus desapareció del mundo de los humanos. El desarrollo tecnológico ha disparado –hasta el más lejano de los planetas– la capacidad productiva, de manera que, salvo en los casos de pobreza extrema donde pudiera operar solo de manera muy parcial, el hallazgo del economista inglés pasó a la historia. En cambio, pugnas como las que se libran actualmente en Venezuela están cada vez más dentro de ella.

Pero la confrontación entre el régimen de Maduro y el interinato de Guaidó cobra una fuerza que muchos habíamos dado por inevitable, desde que comenzó a trajinarse la vía de la negociación. Los protagonistas no se excedieron en vetos y rechazos. No querían ganarse adversarios influyentes ni mostrar una piel dogmática o intransigente. Semejante circunstancia fomentó una atmósfera favorable, que fue determinante para la rápida conclusión de la agenda. Difícil, por cierto, concebir una mejor.

La tesis de los adversarios de la negociación, de no conversar con comunistas y dictadores, paró en nada. Un diplomático experimentado como mi amigo Diego Arria, pasó de no mirarlos –ni de lejos– a no negociar con dictadores incursos en crímenes de lesa humanidad. Quiere decir que sí lo hubiera hecho con aquellos que no se encontraran en ese exclusivo caso. Escovar Salom, otro excelente diplomático, confesó que, a su juicio, el diplomático más inteligente del mundo era Henry Kissinger, quien negoció grandes acuerdos con Mao y Chou Enlai. Estos últimos no eran precisamente ángeles caídos del cielo. Churchill fue clave en la negociación con Stalin para construir la alianza atlántica que destruyó a  Hitler. Y tanto Stalin como Hitler son universalmente considerados como criminales de lesa humanidad. Estoy seguro que Diego hubiese aplaudido con fervor cuando Churchill afirmó que, si el diablo hubiera criticado a Hitler, encontraría unas palabras amables que decirle al cornúpeto en la Cámara de los Comunes.

Peor aun lo que dicen de nuestra Agenda: el levantamiento de las sanciones y el no sentarse con Carlos Vecchio eran lo único sustantivo del texto. Ahí, supuestamente, se centró el oficialismo, mientras la oposición se perdía demandas “democráticas que ya están en la Constitución”. Resulta que las de los dictadores militares Pérez Jiménez y Batista también lo estaban y, según su lógica, no había que aventurar la vida como lo hizo la resistencia democrática cubana desde los años 30, incluso antes del inicio de la revolución fidelista. El caso es que esos azotes uniformados contemplaban normas democráticas, cuya función era la de encubrir brutales tiranías. En Venezuela, la resistencia democrática se levantó como muralla de granito, primero contra el gomecismo y, tiempo después, contra la militarada dirigida por Pérez Jiménez. Para demolerla, la dictadura exhibió una feroz represión, reveladora de su esencia en estado de pureza, en la que ya no cabían imposturas ni antifaces. En realidad, resultaba imposible exhibir como democracias liberales aquellas bárbaras autocracias, valiéndose de máscaras y coloretes. Tan grotesco era semejante maquillaje que sus más altos consejeros no insistieron en sostener que, lejos de ser tiranos, eran en realidad los verdaderos amigos de las libertades. Terminaron por llamar las cosas por su nombre: sí –asumieron–, las nuestras son dictaduras que hacen obras materiales que ninguna democracia de oropel puede, ni remotamente, remedar.

Eso sí, mantuvieron cual sombras chinescas, algunas referencias liberales, listas para ser citadas cuando fuera útil.  

Y ciertamente, los regímenes autocráticos que por años han reinado en América Latina y en otras regiones, tienden a dotarse de instituciones de apariencia democrática para ganar una pátina superficial que las haga más presentables, de cara a los sistemas jurídicos regionales y universales.

Por supuesto, no he dudado de la índole democrática de los disidentes que puedan sentirse aludidos por lo sostenido aquí. Creo en su sinceridad argumental y, por ese motivo, he insistido una y mil veces en la urgente necesidad de la unidad sin exclusiones, tanto como la de negociar sin prejuicios y zancadillas. Se trata de poner en pie un país destruido en forma inmisericorde, al que unos más, otros menos, podrían levantar de sus  escombros.

En cuanto al destino de la negociación iniciada en México, no estoy en la capacidad de hacer pronósticos. Sin embargo, no creo que sea imposible lograr el objetivo trazado en la agenda, sin pasar por una guerra aniquiladora, que dejaría a nuestro país más desunido y enfrentado de lo que está. A la tragedia crítica que nos envuelve, los venezolanos no merecemos que se le añada la tormenta bélica.

Ahora bien, creo reconocer que en ese primer encuentro no hubo desgracias que lamentar. De ello podría desprenderse que, si saben conducirse, hasta los acuerdos postulados por la agenda serán coronados con un triunfo formidable, capaz de dar el gran salto hacia la democratización de Venezuela, a través de idóneos procesos electorales; y los venezolanos podrán confluir en una espiral en ascenso que nos coloque en la cima de la prosperidad y el progreso social.

– ¿De nuevo la borrachera del optimismo?

– ¡Hombre! Tampoco es descartable, pero si estamos en plan de evitar dificultades adicionales, tal vez reduzcamos sus efectos negativos.

En cuanto a las más bien risibles exigencias de portarse bien, la oposición, naturalmente, no las tomó en serio, y el oficialismo tampoco. Por eso siguen negociando, sin que falten algunas sonrisas al desgaire.

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