Cuba: extraña transición

Aunque a Cuba le queda un largo camino por recorrer hacia la emergencia democrática y la superación de la economía socialista, algo ha cambiado en el horizonte de la isla que es difícil de revertir.
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Algo difícil de revertir ha cambiado en el horizonte cubano. En todo caso, los acontecimientos de estos días ya han dejado huellas indelebles en la maltratada tierra del amado Apóstol, quien siendo hombre de letras, supo morir como un bravo entre los bravos. Estaba destinado a presidir la República de Cuba, independiente y democrática. Para proteger su vida fue puesto bajo custodia de un guerrero libertario curiosamente llamado Ángel de la Guardia. Martí pesaba demasiado en la ecuación para que no fuera objeto de una protección especial. Pero aquel héroe no aceptó lo que erróneamente consideró un privilegio, ¡claro que no era así!

La historia de la isla está llena de actos de similar temple, incluidos no pocos suicidios.

Todo ese pasado se convirtió en fuerza movilizadora y se incorporó al lenguaje corajudo del ciudadano corriente. Castro y sus seguidores tomaron a sangre y fuego el Cuartel Moncada en el marco del derrocamiento de Fulgencio Batista, quien más tarde, para demostrar que seguía siendo un político hábil, los indultó. Se encaminaron a México dotados de un proyecto militar, de un nombre, y del emblema rojo y negro, originario de los anarquistas, extremo izquierdistas y, curiosamente, de los extremo derechistas del “carlismo” monárquico español.

La imposible mixtura no paró ahí. En un intento de engarzar su movimiento con la mejor tradición democrática latinoamericana, pusieron en vigencia la proscrita Constitución cubana de 1940, para entonces la más avanzada de la América Hispana.

No obstante, animada por la caída del dictador Batista y deslumbrada por la entrada de Fidel en La Habana, la inmensa mayoría se limitó a contar promesas sin percatarse de sus hondos antagonismos. Por eso la revolución se fue sumiendo en un continuo desengaño. El descenso ha sido gradual porque las simpatías iniciales y el entusiasmo universal alcanzados fueron impresionantes, pero hoy la impopularidad parece haberse colocado en la cúpula del mando. El enorme viraje del 26J hacia el comunismo se tradujo en una profunda y preocupante alianza con la URSS, que pudo causar la Tercera Guerra Mundial y condenó a Cuba a navegar entre la libertad y el miedo, mientras crecía la resistencia contra un absolutismo totalitario que proporcionó al régimen un desolador aislamiento. La resistencia se aferró exitosamente a dos emblemas insuperables, libertad y democracia, mientras forjaba la unidad, su más notable arma de combate.

La caída del Muro de Berlín fue la más clara expresión del colapso. Sus lecciones siguen en pie, como también lo está la clásica disyuntiva Estado-mercado, que se llevó por delante a la creatura pensada por Marx y se ha convertido en el más severo cuestionamiento del mejunje socialista residual.

La superación del socialismo como sistema económico ha sido determinante en la emergencia democrática. Ha ido cobrando perfiles más completos al identificarse con el fortalecimiento del mercado, de las libertades públicas y de la instalación de un estado de derecho sobre los escombros del totalitarismo. En Hungría, Alemania Oriental y Checoslovaquia los debates eran efectivos aunque parciales, más la sucesión de aperturas implosionó al sistema.

Pero en el proceso cubano las protestas sociales han seguido una vía original, aunque lo central sea la conexión de las carencias e imperfecciones, multiplicándose en el conjunto económico-social y el carácter determinante del mercado, abriéndose paso por el piso deteriorado del socialismo cerradamente centralizado, plagado de controles y basado en un sistema estatizado. Sin economía libre, competitiva, Cuba iba al fondo de un pantano sin que su poderoso ejército, con todos los generales de cuerpo de Estado a la cabeza, puedan impedirlo.

Con el desafiante nombre de socialismo de mercado, los chinos, por encima de costosos vicios y errores, derrotaron la retrógrada Revolución cultural y, según se estima, han hecho de su país la segunda potencia capitalista del orbe. La Revolución cultural fue una desmesurada ofensiva contra las últimas sobrevivencias del mercado y contra los líderes comunistas que supuestamente urdían el infame retorno al capitalismo, con Deng Xiaoping al frente. Pues bien, estos perseguidos derrotaron a sus agresores y por todo lo alto emprendieron el pecaminoso regreso al odiado capitalismo, una vez que se oficializó el socialismo de mercado.

Hoy, a Cuba le queda un largo camino por recorrer, la institucionalización democrática, el pluralismo y las elecciones libres periódicamente celebradas, y con una Constitución más democrática y moderna que la de 1940, si los Congresos del Partido Comunista distinguidos con los números V y VI hubieran superado sus contradicciones. El VI Congreso, dirigido por primera vez por Raúl Castro, presentó una línea estratégica aperturista que Xiaoping hubiera aplaudido por todo lo alto. De haberse aplicado desde el principio semejante novedad, puedo pensar que el pueblo cubano estaría empujándola y ampliándola desde la calle y desde el gobierno. Y no añado “desde las cárceles” porque no quedaría en esos recintos ni un preso político.

Obviamente no hubo la voluntad suficiente o coraje para acompañar a los líderes del VI y siguientes Congresos o para presionar promesas y poner la imaginación a volar a favor de la Libertad, la Democracia plena y la prosperidad socioeconómica.

¿Se perdió una oportunidad?

No lo creo. Se trata de indagaciones profundas y de decisiones larga y caudalosamente esperadas. Creo que las decisiones están a la vista y en cualquier instante podrían comenzar a aplicarse.

¿Qué se espera del presidente Miguel Díaz-Canel? ¡Que supere las indecisiones y dudas antipopulares que se le escaparon! Y lo menciono por su nombre porque fue uno de los motores del VI Congreso y estuvo entre los diseñadores de la apertura raulista.

Cualquiera podría esgrimir sólidas pruebas de su identidad con la línea estratégica del VI Congreso del PCC. He tomado nota de dos, que considero irrebatibles. La primera, su nombramiento por ese Congreso para responder a las grandes novedades ofrecidas por Raúl Castro como máximo líder del Partido. Y la segunda, ser designado presidente del Consejo de Estado cuando Raúl presentó su renuncia a ese cargo.

Desde entonces pensé que Miguel Díaz-Canel pudiera ser un eventual émulo del diminuto en tamaño y bien erguido reformador chino. Pensé, igualmente, si sería el sustituto llevado in péctore por el hermano menor para el caso de convenir con las potencias occidentales una convincente transición hacia la Democracia, la Libertad y la prosperidad.

Por supuesto, en su formal declaración dirigida a la movilizada nación, Díaz-Canel no probó un temple a la altura del momento. Sin embargo, puede esperarse un cambio fundamental si estamos a la vera de un vuelco que ponga la estremecida revolución en indecorosa posición. El proceso está en sus comienzos.

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