Foto: Alessandro Di Meo/ANSA via ZUMA Press

México ante la “Junta de Paz”: diplomacia timorata y sin rumbo

Hay razones de fondo por las cuales México no debe aceptar ser integrante de la “Junta de Paz” de Trump. Pero las esgrimidas por la Presidencia desnudan una vez más la deriva de la política exterior mexicana.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

La semana que concluye ha sido una más que desnuda una política exterior mexicana a la deriva, sin brújula, sin congruencia, con una cancillería eviscerada, un Servicio Exterior Mexicano desmoralizado y en los huesos, y un canciller que simplemente no pesa y no ejerce, que constantemente incurre en negligencia profesional en la conducción de la política exterior y al que todo esto parece importarle un pepino. Y no me refiero, como lo he venido haciendo los últimos siete años, al uso escandaloso –y en números jamás vistos en la historia moderna de México– de las titularidades de embajadas, misiones y consulados mexicanos como botín, premio de consolación y moneda de cambio políticos por parte de la llamada 4T, evidenciado nuevamente en estos días con otro ofrecimiento de embajada al más reciente defenestrado del gobierno, Marx Arriaga.

Mi alarma en esta ocasión tiene que ver con el oxímoron de una “Junta de Paz” lanzada y convocada por el presidente estadounidense más belicoso en tiempos modernos, (que ha amagado con anexarse a Canadá y hacerse por la buenas o las malas de Groenlandia) y que celebró su primera reunión en Washington el 19 de febrero. Porque las razones articuladas por el gobierno de México para justificar su posición ante tal entuerto de propuesta trumpiana son de tal contradicción y timoratez que de nuevo demuestran que en Presidencia, por un lado, no hay la más mínima comprensión de las relaciones internacionales, la práctica diplomática o la capacidad de marcar distancia y deslindarse de ideas y proyectos con argumentos sólidos y, por el otro, que no hay un canciller que dirija, oriente, o asesore a la presidenta en materia de política exterior.

La presidenta esta semana explicó que México no había aceptado participar como integrante de la llamada Junta de Paz por la ausencia de una invitación a “Palestina” en el mecanismo, y que participaríamos en calidad de “observadores”. Parece que se les escapó que, en la praxis diplomática y de las relaciones internacionales, participar como “observador” es, en sí mismo, validar el ejercicio/foro en cuestión.

Esta postura muestra, una vez más, que somos incapaces de articular una posición coherente, congruente, sin rodeos y sin maromas. Entiendo a la perfección que en el contexto de lo que se viene este año en la relación con E.U. el gobierno no quiera contrariar a Trump en público con la postura y respuesta mexicanas, pero lo cortés nunca ha quitado lo valiente ni la capacidad de posicionarse sin aspavientos, sombrerazos, fanfarroneo o demagogia.

¿Cuáles son las razones de fondo por las cuales México, correctamente y por el bien del multilateralismo, piedra angular durante décadas de la acción diplomática mexicana en el mundo, no debe aceptar ser integrante de esta “Junta de Paz”?

Originalmente concebida en Naciones Unidas como un potencial foro u órgano temporal vinculado al alto el fuego y la reconstrucción de Gaza, la iniciativa de una Junta de Paz ha sido secuestrada por Trump y transformada en una especie de institución internacional permanente bajo el control personal y centralizado de Trump, y con un rol futuro poco claro. Según este, la Junta está constituida ahora como una organización permanente para asumir funciones de consolidación de la paz en toda zona del mundo afectada o amenazada por conflictos. Otorga, como si fuese una comisión de control y coordinación de la mafia, autoridad extraordinaria a una sola persona –el presidente inaugural, nombrado personalmente por Trump–, quien controla la membresía, la Junta Ejecutiva y su composición, la toma de decisiones, la estructura institucional y la interpretación de su carta constitutiva, entre otros aspectos.

Más aún, la “Junta de Paz” representa un giro inaceptable y regresivo hacia el poder centralizado de organismos internacionales y difumina la línea entre los asuntos públicos y privados. Su carta constitutiva monetiza la seguridad y la paz internacionales, vincula de manera cleptocrática privilegios como la membresía permanente a contribuciones millonarias (mil millones de dólares como condición sine qua non para participar) y coloca las funciones ejecutivas y consultivas en manos del yerno y asociados privados seleccionados por Trump, de manera opaca. Por ello no constituye un modelo viable para una organización internacional. Más que un organismo internacional público, parece –como si fuese Mar-a-Lago– un club privado, con membresía solo por invitación y (como ya vimos con Canadá, cuya invitación fue retirada después del discurso que pronunciara el primer ministro canadiense Mark Carney en Davos) a discreción total de Trump mismo; con la presencia y papel en la Junta con “pago por permanencia”; todo el poder concentrado en la presidencia; y para rematar, la cereza en el pastel: en el caso específico de Gaza, le da todos los derechos de reconstrucción y construcción a su yerno.

Solo hay que contemplar la composición inaugural de la Junta: seis monarcas de regímenes que distan mucho de ser democracias liberales, tres ex aparatchiks soviéticos, dos líderes de regímenes apuntalados por los militares; un líder buscado por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra. La invitación al presidente ruso, Vladímir Putin, el autor material de la agresión internacional más importante de nuestros tiempos, en Ucrania, aún está sobre la mesa. Aliados tradicionales como Gran Bretaña, Canadá, Australia y Japón han dicho que no aceptarán incorporarse. Potencias de la Unión Europea como Francia, Alemania e Italia también lo han descartado, al igual que El Vaticano. Los únicos países de la UE que asistirán como miembros de la junta serán Hungría y Bulgaria, dos países de poco peso (y en el caso de Hungría, prorrusos) en el extremo oriental de Europa. Si bien la lista más amplia de asistentes a la primera reunión de la Junta el 19 de febrero publicada por la Casa Blanca hoy parece extensa, incluye a muchos países que asistieron únicamente como observadores, a menudo a nivel de embajadores.

Al final del día, el remedio para la crisis multilateral y las dudas crecientes y en muchos sentidos válidas acerca de la eficacia de las Naciones Unidas podría ser peor que la enfermedad. La paz no se construye desde liderazgos que normalizan la polarización y el uso político del conflicto, amenazando de paso con eludir o duplicar el papel del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, funcionando como una “arquitectura de control” que carece de la legitimidad tradicional de las Naciones Unidas, basada en el consenso.

El verdadero telón de fondo a la primera reunión de la Junta es el creciente ruido de tambores de guerra, dado que el portaaviones Gerald R. Ford, el mismo que fue desplegado al Caribe para el operativo militar en Venezuela y el buque de guerra más grande jamás construido, está por unirse a la flota estadounidense en Oriente Medio en los próximos días, junto con un sinnúmero de aviones de recarga de combustible que han llegado a bases militares aliadas en la región. Estados Unidos parece estar listo para atacar a Irán si Trump da la orden.

Todo este episodio y la manera en la cual se ha posicionado México no dejan duda alguna que más allá de sus muletillas sin sentido de una diplomacia “progresista” (¿y los derechos humanos y la democracia en Cuba o Venezuela o Nicaragua?) y “humanista” (ni por dónde empezar con el galimatías que esto significa), la política exterior de la “4T” y su gestión diplomática demuestran de nueva cuenta que ni las brújulas sirven cuando no se tiene la más remota idea de a dónde se quiere ir. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: