Me temo que la salida de Nicolás Maduro no causa pesar en la aplastante mayoría de los venezolanos. No se trata de que seamos un pueblo entreguista o lacayo: la soberanía se ha convertido en consigna vacía, mientras la realidad golpea con furia a quienes permanecen en el país y pesa sobre quienes emigran. El heroísmo hambriento a la cubana, exaltado por Hugo Chávez, nunca pudo arraigar en una nación que disfrutó de una altísima renta petrolera y donde la dictadura es absolutamente impopular. La costumbre democrática, la alternancia en el poder, no se ha borrado en estos 27 años de “revolución”. La alternabilidad significa la posibilidad de mejorar la vida en sociedades donde demasiadas cosas dependen del Estado.
La liberalización económica de los últimos años, dirigida de facto por Delcy Rodríguez, puso fin al control de cambio y a los controles de precios. Sin embargo, los años de espanto entre 2015 y 2021 no se borran de la memoria de los venezolanos, como tampoco la represión de las protestas ni los asesinatos en los barrios populares a manos de las Fuerzas Armadas Especiales (FAES). No somos entreguistas: hemos luchado denodadamente y soportado demasiada amargura.
Claro que hubiésemos preferido que en 2024 el resultado electoral se tradujera en un proceso tangible de negociación entre venezolanos: una transición sensata, un camino de verdad, reconciliación y perdón acompañado de la mejora de las condiciones de vida. Si no ocurrió fue por culpa del peor gobierno de la historia republicana. En todo caso, el dictador se fue, pero la dictadura sigue. Diga lo que diga Delcy Rodríguez, tal dictadura cuenta ahora con la supervisión de Estados Unidos. Hoy, mientras escribo, se sabe que Marco Rubio presentará en el Congreso de Estados Unidos su plan sobre Venezuela. De puertas adentro, el Decreto de Conmoción Exterior prohíbe expresar lo que todo el país sabe, el alivio por la salida de Maduro. Las manifestaciones populares han ocurrido más en el exterior, orientadas a recordar a los presos políticos que a celebrar una nueva era. Aun así, es imposible negar la alegría, el alivio y la sensación de reivindicación.
Las vidas destruidas, aunque se reconstruyan o no, no olvidan cuál es el rostro visible de tanta aflicción: Nicolás Maduro. Trump, con su estilo intemperante y dado al pleito inútil, ha alimentado respecto a Venezuela un antiimperialismo vetusto que no corresponde a esta época. Sus palabras han servido de excusa para quienes reducen la complejidad de la situación venezolana a un enfrentamiento con Estados Unidos y a su avidez de petróleo. La verdad es menos dramática: Venezuela tiene una larga relación petrolera con Estados Unidos, desde las concesiones de la primera mitad del siglo XX pasando por la nacionalización de 1976 y la fundación de Petróleos de Venezuela (PDVSA), que llegó a ser una de las compañías más importantes del mundo. El país se convirtió en una nación rentista: para bien, porque se modernizó; para mal, porque la renta condicionaría la democracia para siempre.
Chávez y su camarilla prefirieron la lealtad política al saber técnico. No solo expulsaron al personal de PDVSA en 2002, condenando a la industria a su decadencia, sino que se expulsó a ConocoPhillips y ExxonMobil en 2007, lo que derivó en litigios internacionales que Venezuela perdió. A Maduro le tocó enfrentar la caída de los precios del petróleo y el eterno péndulo de la renta se agravó en sus efectos con la pésima gestión. La industria sobrevivió, como siempre, vendiendo petróleo al país que lo ha pagado desde hace décadas: Estados Unidos a través de Chevron. Las sanciones fueron impuestas en 2019 y todavía ha salido petróleo del país. Incluso, el gobierno actual permite sin chistar la captura de buques petroleros piratas por parte del ejército estadounidense como si no tuviera arte ni parte en este asunto. Ya entraron unos dólares que mejoraron la situación de la gente, producto del pago a precio internacional, a diferencia del crudo destinado a China, que se cobra con descuento dadas las deudas de Venezuela con el país asiático y la lejanía geográfica entre ambas naciones. El petróleo no es solo tema de Estados Unidos, es tema de todos los países del mundo.
No nos alegra que Venezuela sea un protectorado, solo contemplamos la posibilidad de una transición democrática. Alma Guillermoprieto, en un artículo reciente en El País, recuerda la enmienda Platt que aseguró el predominio de Estados Unidos sobre Cuba hasta la revolución, en la que Fidel Castro se alineó con la Unión Soviética. Frente a esta visión pesimista de la actual presencia estadounidense pueden multiplicarse los ejemplos de transiciones positivas después de intervenciones extranjeras, como el caso de Alemania occidental, pero el ejercicio no sirve de mucho, más allá de la advertencia y la esperanza. Henrique Capriles Radonski, político venezolano considerado moderado y al que diversos medios le han dado un lugar en el debate posterior a la operación militar Resolución Absoluta, ha declarado su respaldo al plan inicial de Marco Rubio: estabilización de la economía, recuperación institucional, con el énfasis en la reconciliación nacional, y una última etapa de transición cuyo objetivo clave es la celebración de elecciones. Insiste en su respaldo a María Corina Machado y en la victoria del 28 de julio de 2024. Líderes que estaban en la clandestinidad como Delsa Solórzano, Andrés Velásquez y Alfredo Ramos han salido a la luz pública aprovechando la coyuntura para exigir tanto la liberación de los presos políticos como una transición a la democracia. La valentía del estudiantado de mi Universidad Central de Venezuela, que exige que los presos sean liberados y apoyan a las familias de estos incluso materialmente, habla de nosotros, los que hemos luchado por tanto tiempo.
Si nos oyeran a los venezolanos, los tantos analistas, estudiosos, interesados y opinantes que siguen nuestras novedades entenderían que nuestro tema es la transición y que la soberanía la perdimos hace mucho tiempo cuando perdimos la ciudadanía en nuestro propio país.
En cuanto a Nicolás Maduro y Cilia Flores, ha funcionado la justicia poética: dos partidarios de la invasión de Rusia a Ucrania han probado el poderío desnudo del más fuerte, el mismo poderío brutal que nos aplicaron a nosotros.
De tristeza no nos vamos a morir. ~