Elecciones francesas: El abismo de Édouard Louis

La Francia burguesa de Macron y la obrera de Le Pen coexisten sin hablarse a pesar de estar muy cerca una de la otra. El ya no tan flamante presidente tiene un reto por delante: dar marcha atrás y reunificar las fracturas sociales de su país.
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Cuando, en vísperas de la rentrée de 2005, el futuro Édouard Louis atravesó los 30 kilómetros largos que separan su pequeño Hallencourt natal del dinámico centro de Amiens, hizo mucho más que cruzar un pedazo del deprimido norte posindustrial de Francia para cursar el bachiller de artes. Entonces, el joven aún llamado Édouard Bellegueule franqueó también una frontera tan invisible como violenta: la que separa la Francia de Le Pen de la de Macron.

En las páginas de Changer : Méthode (Seuil, 2021), Louis desgrana su trayectoria como “tránsfugo de clase”, como reza el título de su tesis doctoral dirigida por el célebre filósofo Didier Eribon. Todo comienza en una “comunidad rural y aislada” enfangada en el “miedo constante a no llegar a final de mes” y el “racismo obsesivo”. Allí, lejos de pasar sus días leyendo, Bellegueule consagró sus primeros tres lustros de existencia a un televisor de rayos catódicos y a perfeccionar sus dotes de actuación para camuflar su orientación sexual. Hallencourt es también un pueblo de extrema derecha, en el que el colectivismo de los operarios fabriles ha dado paso a una identidad atomizada.

Una vez llegado a Amiens, todo cambia sin vuelta atrás. El hoy autor superventas se deja apadrinar por la acomodada familia de una compañera de aula y pule sus aristas hasta devenir un cuerpo nuevo, diestro en el manejo de las reglas invisibles de la burguesía citadina. La pluma de Louis da cuenta de esa transformación total. ¿Su motor? El odio a su clase social de origen y la fascinación por su refinada clase de acogida, a cuyos pies cae rendido.

En Amiens, de la que Emmanuel Macron es oriundo, casi el 70% de los votos de la segunda ronda de las presidenciales fue a parar al líder de La República en Marcha el pasado domingo 24 de abril. Pero, a unas decenas de kilómetros de la suntuosa catedral amienesa, la realidad electoral de Hallencourt es casi una copia en negativo. Allí, solamente 271 personas apoyaron a Emmanuel Macron en la segunda ronda de las presidenciales. Menos de las 376 que votaron en blanco o se abstuvieron, y aun menos de las que se decantaron por Marine Le Pen. Con nada menos que 447 sufragios, la ultraderechista fue la opción favorita de esta demarcación obrera donde la vida es difícil, la izquierda apenas existe ya y las penas se ahogan en pastís (un tipo de anís). Un trabajador de Hallencourt gana casi 500 euros netos menos al mes que el francés medio.

Quince años después de la marcha del escritor, no es difícil imaginar a los antiguos compañeros de Louis votar por la hija de Jean-Marie Le Pen. Este abril, dos de cada tres votos obreros —la categoría socioprofesional mayoritaria en Hallencourt— fueron a parar a la líder de Reagrupamiento Nacional. Además, el retrato que Louis hace de su pueblo natal como un lugar repleto de infelicidad y caras largas casa con otro dato: el 79% de los “insatisfechos con sus vidas” se decantaron por Marine Le Pen. Los resultados de este pueblo contrastan con los de las presidenciales de hace diez años. En aquellos comicios, Le Pen solamente consiguió un tercer puesto en esta demarcación. La victoria fue entonces para el Partido Socialista.

Con toda probabilidad, la vida es radicalmente diferentemente para los compañeros de estudios de Louis del Lycée Madeleine Michelis de Amiens, que ya en su adolescencia en 2007 “hablaban de teatro [y] de cine en los pasillos, [y] conversaban de los viajes que habían hecho durante las vacaciones”. El 69% de los franceses “satisfechos con sus vidas” votaron por Macron el pasado domingo. También se decantaron mayoritariamente por el presidente saliente los que se perciben a sí mismos como integrantes de un medio social acomodado, así como los que son capaces de ahorrar dinero cada mes.

Cuando la prensa tilda de “fracturado” al tejido social galo remite a la existencia de diferentes Francias que se tocan, sí, pero son impermeables las unas a las otras. Hallencourt y el centro de Amiens son dos realidades cercanas geográficamente. Sin embargo, en palabras de Louis, “existen formas de distancia mucho más profundas y mucho más complejas que la […] geográfica”.

En Changer : Méthode el autor le confiesa a su padre que “si hubiera puesto miles de kilómetros entre nuestros cuerpos yéndome a vivir a un pueblo a la otra punta del mundo […] no me habría alejado tanto de ti como franqueando las puertas de ese liceo a apenas 30 kilómetros de tu lugar de nacimiento”. Macron tiene un reto quijotesco por delante: restañar las heridas de su país para que los franceses vuelvan a reconocerse en el otro. No lo tiene fácil: aunque ha sido el primer presidente francés en acceder a la reelección desde Jacques Chirac en 2002, para muchos su mandato ha sido un cúmulo de descontentos.

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