Perder el juicio y otras confusiones

El juicio al Fiscal General es técnico y difícil; en el caso hay asuntos importantes, pero la pelea partidista lo tapa todo y parece que no exista nada más que eso.
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El juicio al Fiscal General del Estado es un asunto entretenido para sus protagonistas y la hinchada, aunque no sé si para muchos más. Sus protagonistas son políticos, periodistas y algún asimilado. Un fiscal actúa como un político, los periodistas actúan como políticos, los políticos se preocupan por el relato como periodistas o alumnos de Genette, y los reporteros hacen de juez. El que acusa está a las órdenes del acusado. Al parecer, los periodistas filtran información a políticos que se la filtran a otros periodistas para que los políticos puedan hacerla pública sin que les acusen de revelar secretos. Que García Ortiz no haya dimitido pone en tensión a la justicia y a los fiscales. La actitud recuerda a la de los abogados más pirotécnicos del juicio del procés, pero la contestación viene ahora del centro del sistema.

El caso es técnico y difícil; y todo recuerda al chiste que decía “ahora daremos el pronóstico del tiempo para los republicanos y luego vendrá el de los demócratas”: a veces uno duda si hace calor o frío. Sí diría que hemos visto el uso de lo público para atacar a un rival político y justificaciones absurdas como la idea de desmentir “el bulo”. Se podría haber desmentido la intoxicación de Miguel Ángel Rodríguez sin vulnerar los derechos de González Amador, y el desmentido servía para extender otro bulo: que había admitido su culpa.

Entre los elementos alucinantes está que el fiscal borrase su cuenta de gmail, al que había pedido que le enviaran información confidencial. El juicio revela sobre todo un acompasamiento obsceno de la política y el periodismo. Mientras en la Moncloa parece extenderse la peste del olvido de Cien años de soledad, escuchamos declaraciones apelando al secreto profesional, y la premisa fabulosa de que, si eres periodista, hay que creerte sin más. Pero si ya decía Hitchens que se metió en el oficio para no tener que fiarse de lo que leía en la prensa.

Se apela a los mecanismos que protegen la independencia del periodismo para que se pueda fiscalizar al poder, pero ahora para proteger al Gobierno. Mientras, en la oposición se espera, más o menos cada semana, que surja el caso que derribe al Ejecutivo. Cuesta imaginar qué podría hacerlo y también extraña el aire de decepción de los defensores del sistema cuando lo que se descubre no es tan destructivo. Quienes llegaron al gobierno apelando a la ejemplaridad, el feminismo y el fin de la colonización de las instituciones perjuran que ellos también viajaban en el Peugeot de Sánchez; quizá pronto digan que ellos también filtraron el correo del abogado del novio de Ayuso. Hay asuntos importantes en este caso, pero la pelea partidista lo tapa todo y –aquí, pero también en asuntos en los que hay algo cercano a un acuerdo– parece que no exista nada más que eso.

Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.


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