Kremlin.ru, CC BY 4.0 , via Wikimedia Commons

Putin y su mundo de ayer

Putin no esconde sus valores y su guerra tiene un afán civilizatorio: ante “la decadencia de Occidente”, busca mostrar a Rusia como el último bastión de una cultura occidental esterilizada de cualquier revolución liberal.
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Los mayores desafíos para las democracias liberales, desde sus orígenes, han sido aquellos movimientos políticos que promueven ideas opuestas al régimen liberal. Luego de la Segunda Guerra Mundial, y fundamentalmente desde la disolución de la URSS, el compendio de valores liberales logró calar hondo en una gran cantidad de países, que fueron incorporándose a un conjunto de Estados en mayor o menor grado democráticos.

Este proceso tuvo un capítulo particular en cada región del mundo, pero el factor común era que toda transición tenía como telón de fondo el contexto de la Guerra Fría. Ya fuera en el caso de las dictaduras anticomunistas –como en América Latina–, o en el de los gobiernos que comenzaban a dar sus primeros pasos en el abandono del autoritarismo comunista –como en las exrepúblicas soviéticas y del Pacto de Varsovia–, lo que había dado forma y contenido a esos modelos autoritarios era, de un lado, la lucha contra el comunismo y, de otro, la lucha contra el capitalismo y contra la OTAN.

Disuelta la Unión Soviética y finalizados los regímenes burocrático-autoritarios y dictatoriales, el desafío entonces radicó en el fortalecimiento de esos organismos nacionales e internacionales creados para encauzar articuladamente los conflictos sociales, políticos y militares mediante arreglos institucionales que tuvieran capacidad suficiente para aplicar y ejecutar los acuerdos. Pero para lograr este objetivo –que muchos realistas consideraron idílico–, primero era necesario contar con ciertos niveles de democratización interna en la mayor cantidad de países del sistema internacional.

Este desafío democrático quedó en buena medida aislado de los objetivos del entramado institucional internacionalista, precisamente por un principio caro a la naturaleza de los estados modernos: el principio de soberanía, vector del orden internacional desde la Paz de Westfalia en 1648. Así, luego de las dos guerras mundiales, la no intervención de fuerzas externas en asuntos domésticos abrió la discusión sobre la paradoja de la soberanía: en qué medida un Estado que no es democrático a nivel interno puede contribuir al objetivo de crear un orden internacional precisamente democrático, abierto, en el que las instituciones funcionen como espacios de regulación y solución de conflictos y controversias.

Esta paradoja también vale en un sentido inverso: muchos regímenes autoritarios pueden preguntarse por qué deberían adaptar sus sistemas de creencias a los de un orden global que pondera la calidad de las democracias según procedimientos y valores autopercibidos como “mejores”. Este conflicto está en la base de lo que sucede hoy. Rusia no esconde sus valores. La recuperación revisionista que Putin ha fomentado respecto del vínculo entre la iglesia ortodoxa, la geopolítica imperial y el control interno da cuenta de una batería de valores abiertamente antiliberales. La guerra de Putin no es solamente militar, tiene un afán civilizatorio: ante “la decadencia de Occidente”, la Rusia de Putin buscaba mostrarse como el último bastión de una cultura occidental esterilizada de cualquier revolución liberal. Es por esto que la ideología del mandatario sedujo a numerosos movimientos sociopolíticos del siglo XXI, de izquierda a derecha.

La Rusia de Putin ha demostrado ser, entonces, el mayor desafiante del sistema de normas y valores creado por Occidente a partir de 1945 y relativamente consolidado desde 1991. Se podría argüir que China también constituye un desafío de naturaleza similar, e incluso de mayor envergadura, por su creciente y sigiloso copamiento de organismos internacionales y su enorme maquinaria tecnológica, en el marco de un proyecto que también tiene aspiraciones civilizatorias. Sin embargo, en el plano militar y diplomático China ha permanecido alejada –por ahora– de conflictos que dañen su reputación y afecten su poder de negociación en los diversos organismos en los que ha ido creando una robusta red de influencias, aunque ya aparezcan suspicacias en torno de sus intenciones hacia Taiwán. Baste recordar que la actual directora del FMI, Kristalina Goergieva, está siendo investigada por las acusaciones de haber favorecido a China en el informe Doing Business cuando dirigía el Banco Mundial. Este dato, por nombrar uno de cierta relevancia, da cuenta del poder chino en las estructuras de la democracia liberal.

Este es un tipo de poder que Rusia no logró construir. Vladimir Putin ha creado en torno a su figura un halo oscuro, típico de ciertos liderazgos del siglo XX. Acusado de estar detrás de envenenamientos y asesinatos de periodistas (Anna Politkóvskaya, en 2006, por nombrar un caso conocido), miembros de los servicios de inteligencia rusos (Aleksandr Litvinenko, también en 2006 y en suelo británico), opositores internos (Boris Nemstov, en 2015), así como externos (Viktor Yuschenko, ex presidente de Ucrania, envenenado en 2004, quien finalmente no murió), Putin forjó un liderazgo característico de los regímenes que la democracia liberal se había propuesto no solo dejar atrás, sino fundamentalmente desarraigar dentro de sus sociedades. Para ello se buscó fortalecer los sistemas de partidos, que funcionan como filtros ante el ascenso de estos liderazgos.

En ese sentido, el sistema político interno de Rusia explica mucho sobre el surgimiento de Putin. En efecto, el presidente ruso es heredero de un engranaje de poder consolidado por Yelstin, quien lo eligió sucesor, a pesar de las profundas diferencias que hoy puedan encontrarse entre los modelos económico, político y militar de cada uno de ellos. Lo que los unirá siempre, no obstante, es el intento de una transformación radical de la sociedad “desde arriba”, un prototipo del bonapartismo o del cesarismo plebiscitario, reforzado por las estructuras clásicas del poder ruso: los servicios de inteligencia y de seguridad, en los que encarna el modelo de hombre que Putin procura restaurar en la sociedad rusa: los siloviki, los hombres fuertes, de los que Putin es un representante. La segunda guerra de Chechenia fue la prueba de fuego, literalmente, que Putin debió afrontar para consagrarse como la nueva promesa de un viejo anhelo: el de la restauración de una potencia que se consideraba humillada.

La Rusia de Putin, la raison d’état y los populistas

El modo de gobernar de Putin se inscribe en una tradición que no es ajena a Occidente, pero que la axiología liberal de alguna manera ha buscado contrarrestar, aunque siempre se tope con conflictos y problemáticas que traen de nuevo los dilemas propios de esta. La tradición consiste en destacar que cierta oscuridad a veces es necesaria en el proceder del poder y en el sostenimiento del Estado: lo que dio en llamarse razón de Estado, ejemplificada en la teoría por Maquiavelo (aunque iniciada antes de él) y en la práctica por la figura del cardenal Richelieu, que entiende el Estado como una entidad cuyo funcionamiento escapa al derecho y está provista de leyes propias, no en sentido jurídico, sino más bien geográfico, demográfico y tecnológico. De allí que la tan demonizada geopolítica guíe el accionar de muchas potencias, ya que renunciar a esta variable tiene severos costos.

El avance de la democracia y de los procesos de modernización han obligado a los liderazgos –desde Mitterrand hasta Angela Merkel– a conciliar y balancear la razón de Estado con el desarrollo democrático. Quienes solo reivindican y practican la noción clásica de lo político están constreñidos a realizar lo impensado, incluso lo irracional, con el fin de hacer valer esa dimensión ahistórica de la razón de Estado que los sistemas liberales, fundados en el deber ser y en el espíritu dialógico, han buscado sopesar y equilibrar, en el marco de una tensión que ha sido constante y que jamás desaparecerá.

En los últimos veinte años han aparecido movimientos populistas, a izquierda y derecha, que procuraron recuperar esta tradición clásica, pero en clave totalista –a decir de Antonio Elorza–, con el fin de anteponer la voluntad política, cuando no el voluntarismo, a la dimensión dialógica e intersubjetiva, ponderando las “razones necesarias” de una causa por sobre los procedimientos democráticos. Por ello, para sus propósitos, pretenden deliberada y estratégicamente subordinar la libertad individual a la voluntad de la causa, que en ocasiones puede adquirir el sesgo de una “razón de Estado”, que para desarrollarse plenamente necesita de un liderazgo “sólido” de estructura moralmente reaccionaria –de allí la búsqueda de causas nobles con “sustento histórico” mediante la manipulación de la historia–, y por lo tanto inevitablemente autoritario. En la mayoría de los populismos occidentales, esta búsqueda se ha topado con el mismo sistema de valores institucionalizado que les ha permitido, precisamente, erigirse en contra de la democracia liberal, razón por la cual hay un grado de debilitamiento de sus capacidades, que sin embargo no debe ser sobrestimado.

Roger Scruton, al distinguir el mal de lo malvado en su ensayo Sobre la naturaleza humana, señala que “el genial hallazgo de Kant fue haberse percatado de que nos vemos obligados, por las propias exigencias de comunicación, a tratarnos entre nosotros no como meros organismos o cosas, sino como personas que actúan libremente, son responsables y que deber ser considerados como fines en sí”. Este punto del pensamiento de Kant, que sin duda es uno de los principios fundantes de la democracia liberal, es justamente el que la razón de Estado tiende a negar y poner en tela de juicio. Por ello, la tensión constitutiva, fundacional y perenne del Estado moderno debería ser un incentivo en la búsqueda del equilibrio entre democracia y razón de Estado, pues en ese equilibrio suelen gestarse el talento y la virtud de un buen líder de gobierno.

Vladimir Putin es un gran ejemplo de un liderazgo que solo parte de la razón de Estado, como tantos otros surgidos en el siglo XXI. Pero el caso del presidente ruso es paradigmático. Su historia personal cobra mayor importancia a la hora de comprender su modo de gobernar, ya que se ha formado consistentemente bajo este concepto de razón de Estado que alcanzó su máximo esplendor durante el siglo XX. Putin cree hacer esta guerra en nombre de Rusia, de una civilización que pretende restaurar, y en ese contexto imagina o fantasea su legado.

Es por esto que muchos movimientos occidentales –desde algunos sectores de derecha en Europa, vinculados con Rusia, hasta el kirchnerismo en Argentina, pasando por el independentismo catalán, el chavismo en Venezuela, la dictadura castrista ahora bajo el mando de Díaz-Canel en Cuba o el régimen dictatorial de Ortega en Nicaragua– han encontrado en Putin un prototipo seductor. Su impronta de ex KGB, aunada a su rechazo de algunos aspectos del comunismo –sobre todo en materia económica–, seducen a no pocos políticos y militantes que anhelan la recuperación de una suerte de “posición alternativa”: un intento, otro más, en la larga deriva de los movimientos antiliberales de separarse tanto del capitalismo “neoliberal” –concepto gastado por las izquierdas y las derechas tradicionalistas– como del fracaso comunista en materia económica.

El modelo al que muchos populistas aspiran es precisamente ese: el de un líder autoritario con una oposición casi extinguida o solamente funcional que permita simular ciertos grados de competitividad electoral, mientras mantiene “a raya” a un conjunto de oligarcas que deben invertir según un dirigismo que esta vez sí prioriza la rentabilidad y el sistema capitalista (de allí su faceta oligárquico-estatal), bajo el dominio de una administración púbica robusta en la que los funcionarios también forman parte de esa oligarquía.

¿El fin de la Rusia de Putin?

La invasión de Rusia a Ucrania termina de confirmar que este modelo autoritario de tintes totalitarios, basado en el miedo, solo puede perdurar mientras el pequeño grupo que lo regenta no caiga en lo que suelen caer los cabecillas de estos estados: en el intento de perpetuarse en el poder, que con frecuencia desencadena reacciones internas (pensemos en la Rumania de Nicolae Ceaușescu), y en la búsqueda de extender su territorio a costa de los estados fronterizos, elemento que tiene mayor probabilidad de ocurrir cuando se trata de una potencia.

En el caso de Rusia, el primer objetivo supo cumplirse: Putin tenía –y de alguna manera, todavía tiene– posibilidades de continuar su mandato hasta 2036, porque la Duma Estatal así lo ha querido, mientras en el camino los opositores reales a su gobierno han sido encarcelados, envenenados o asesinados. Sin embargo, el segundo objetivo, que se perfilaba ya desde su operación en los territorios de Abjasia y Osetia del Sur, en Georgia, y que se plasmó íntegramente en 2014 en Crimea, ha ido demasiado lejos: o bien Putin desoyó los informes de la inteligencia militar y del FSB respecto de que la población rusoparlante no necesariamente apoyaría una invasión, o el entusiasmo fue compartido y entonces todo ha fallado en esta operación de la Rusia de Putin.

Hoy en día, existen hipótesis de distinta naturaleza acerca del curso que podría tomar Rusia (ya no “la Rusia de Putin”). Una de ellas considera que no es improbable un golpe de Estado, que podría tener raíces en grupos del ejército apoyados por el estado anímico de una sociedad que supo apoyar a Putin, pero que hoy parece comenzar a susurrar su descontento, preocupada por los efectos que ya están teniendo las sanciones de Occidente en la economía rusa. Una sublevación popular o el simple apagamiento paulatino de Putin son otras posibilidades que hacen pensar en un escenario muy distinto para la posguerra.

Aun así, Vladimir Putin parece haber descuidado o subestimado que la fortaleza de su figura tenía un vicio de origen: el discutido rol del miedo y del autoritarismo en el siglo XXI, elementos puestos en tela de juicio hoy por la dinámica de las sociedades contemporáneas, que, a partir de la revolución tecnológica y comunicacional, parecieran romper drásticamente con los estándares tradicionales del fenómeno del poder. Podría decirse, citando un fragmento de Stefan Zweig en El mundo de ayer, que “se han destruido todos los puentes entre nuestro Hoy, nuestro Ayer y nuestro Anteayer”.

No es seguro que la guerra de Putin dé como resultado una nueva Rusia, más abierta, más democrática. De momento, solo puede advertirse que Putin no está en condiciones de restaurar su mundo de ayer, un mundo de Estados con pretensiones autocráticas, en el que solo primen las razones del poder.

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