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Reforma electoral: un manual para la hegemonía

La reforma electoral propuesta por el gobierno reduce la equidad de la contienda electoral y debilita la certeza del proceso. Erosionar el consenso sobre las reglas democráticas tendría costos que van más allá de lo inmediato.
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La discusión pública sobre la reforma electoral se ha dividido en dos posiciones. Una la examina como un rediseño institucional con riesgos importantes, pero dentro de un marco aún democrático. La otra la entiende como una operación orientada a consolidar control político. Ambas coinciden en la alerta, aunque difieren en el diagnóstico.

Hay una tercera forma –más exigente– de evaluarla: no desde las intenciones, sino desde sus efectos. Una democracia necesita dos condiciones simultáneas: certeza en el proceso e incertidumbre en el resultado. Certeza significa reglas claras, árbitro profesional, información verificable y ejecución técnica sólida. Incertidumbre significa que nadie –incluido quien gobierna– tenga garantizado el triunfo por diseño.

El gobierno hizo público un Power Pointcon los ejes generales de la reforma. Ahí se agrupan cambios diversos: ajustes en la integración del Poder Legislativo, modificaciones al sistema de representación, recortes estructurales al aparato electoral y nuevas reglas operativas para la jornada y el cómputo. Son muchas piezas. Aquí me concentraré en algunas que inciden directamente en la competencia y en la certeza del proceso, porque es ahí donde se define algo más que un ahorro administrativo: se define la calidad de la alternancia.

La representación proporcional no existe para adornar la pluralidad. Existe para corregir la distorsión del sistema mayoritario. En 2024, con 54% de los votos, la coalición gobernante obtuvo cerca de 72% de los escaños en la Cámara de Diputados –más de 372 de 500 curules–. Esa diferencia de veinte puntos porcentuales entre voto y representación ha permitido reformas constitucionales sin negociación sustantiva. El mecanismo actual compensa, al menos parcialmente, esa distorsión. Si la bolsa de escaños proporcionales se reduce o se transforma en un esquema de “mejores perdedores”, el correctivo pierde potencia. Eso implica que una ventaja territorial en distritos –aunque sea por márgenes estrechos– puede convertirse con mayor facilidad en mayoría legislativa dominante. La competencia no desaparece, pero el sistema corrige menos.

La certeza en la noche electoral funciona de manera concreta. Al cerrar las casillas, las actas se digitalizan y se capturan en el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), permitiendo conocer tendencias preliminares en cuestión de horas. En 2018, antes de la medianoche, ya se había capturado más de 80% de las actas. En 2006, cuando la diferencia fue de apenas 0.56 puntos porcentuales, el flujo preliminar de información fue decisivo para establecer un punto de referencia común. El PREP no sustituye los cómputos oficiales, pero reduce el vacío informativo. Si se elimina ese programa y se depende exclusivamente de los cómputos distritales que inician días después, el país pasa de tener información preliminar pública la misma noche a esperar resultados consolidados varios días más tarde. En elecciones cerradas, ese intervalo es el terreno donde prosperan versiones contradictorias. La certeza procesal se debilita cuando el tiempo de incertidumbre informativa se amplía.

La infraestructura profesional del árbitro también tiene dimensión operativa. El INE instala más de 150 mil casillas en cada elección federal y moviliza a más de un millón de ciudadanos como funcionarios de mesa directiva. Esa operación descansa en juntas locales y distritales permanentes con personal especializado. Reducir o eliminar esas estructuras implica centralizar funciones o trasladarlas a esquemas menos estables. En sistemas electorales complejos, la profesionalización no es un lujo: es el soporte que permite que la ley se ejecute con precisión. Cuando la capacidad técnica disminuye, aumentan las impugnaciones y la litigiosidad postelectoral. La confianza no depende solo de normas escritas, sino de su ejecución.

El financiamiento público también opera según una lógica concreta. En la última elección federal, el monto destinado a partidos rondó los 10 mil millones de pesos en conjunto. Es una cifra visible, pero representa 0.11% del gasto público. Reducirlo de manera general puede parecer equitativo, pero el terreno no es simétrico. El partido gobernante dispone de exposición cotidiana desde el Ejecutivo federal, controla la agenda pública y cuenta con una red territorial respaldada por gobiernos estatales afines. Sin mecanismos que compensen esa ventaja estructural, la reducción del piso común de recursos impacta más a quienes dependen de él para competir. La contienda no se cancela; se inclina.

Vista en conjunto, la reforma no aparece como un ajuste aislado. Se suma a una trayectoria verificable: una sobrerrepresentación legislativa que permitió modificar la Constitución; una reforma judicial que alteró el equilibrio entre poderes; la extinción de órganos autónomos con funciones técnicas clave. Ahora se modifican las reglas de competencia electoral. Por eso puede llamarse una reforma “consistente”: porque cada paso avanza en la misma dirección, reduciendo espacios de corrección y concentrando capacidad decisoria.

Es aquí donde se vuelve inevitable preguntar si, después de esta reforma, el partido en el gobierno podrá perder la elección en condiciones equivalentes a las actuales.

Si la representación corrige menos, si la información preliminar se retrasa, si la capacidad técnica del árbitro se reduce y si la competencia financiera se vuelve más asimétrica, la probabilidad de alternancia disminuye. El voto sigue existiendo. La elección se celebra. Pero el resultado se vuelve más previsible.

La democracia necesita certeza en el proceso e incertidumbre en el resultado. Si el proceso pierde certeza o el resultado pierde incertidumbre, el sistema no desaparece; cambia de naturaleza.

Este no es un debate abstracto. México enfrenta la revisión del T-MEC, necesita recuperar dinamismo económico y convive con un factor externo impredecible: decisiones abruptas desde el Washington de Trump. En ese entorno, la estabilidad institucional se vuelve un activo económico estratégico. El país compite por atraer inversión asociada al nearshoring, pero también depende –y en mayor medida– de la inversión privada nacional, la que decide abrir una planta, ampliar una línea de producción o posponer un proyecto.

Esa inversión no se mueve solo por incentivos fiscales o costos laborales. Evalúa riesgo político. Evalúa reglas. Evalúa si los cambios institucionales generan previsibilidad o introducen fricción. Cuando las reglas electorales se modifican desde la posición de poder y reducen la incertidumbre competitiva o debilitan la certeza del proceso, la señal no es imparcial. Puede interpretarse como concentración y menor apertura futura. En mercados sensibles a la percepción, esa señal se traduce en cautela: decisiones diferidas, capital que espera, expansión que se posterga.

La cohesión nacional también descansa en esa ecuación. Cuando el mecanismo electoral es aceptado por todos, incluso por quien pierde, la competencia se procesa dentro de reglas compartidas. Si esa aceptación se debilita, la disputa política deja de ser ordinaria y se convierte en cuestionamiento sobre legitimidad. En un contexto externo exigente, erosionar ese consenso interno tiene costos que trascienden la coyuntura.

La reforma pudo haber sido una oportunidad para fortalecer la certeza del proceso y la confianza compartida. La cuestión es si, en su forma actual, preserva la condición más básica de una democracia: que el gobierno pueda perder. ~


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