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Ricardo Anaya, ¿el AMLO de AMLO?

Ricardo Anaya vuelve a estar en el centro de la discusión política, y una vez más está ahí por las razones equivocadas.
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Ricardo Anaya vuelve a estar en el centro de la discusión política, y una vez más está ahí por las razones equivocadas. El excandidato presidencial lleva un tiempo tratando de reposicionarse como líder opositor. Pero sus intentos han demostrado una y otra vez que su estilo retórico y sus antecedentes personales no logran generar las simpatías que se necesitan para encabezar un frente exitoso contra el movimiento populista de AMLO.

En las elecciones de 2018, Anaya trató de construir una marca centrada en atributos de juventud, innovación e inteligencia, llegando al extremo de emular a Steve Jobs con presentaciones audiovisuales en las que hablaba de supermercados sin cajeros, autos sin chofer y otras maravillas tecnológicas del futuro. La desconexión de ese discurso con los sentimientos, problemas y aspiraciones de las mayorías eran de tal magnitud que, aun si no lo hubieran acusado de corrupción, es muy probable que hubiera tenido los mismos resultados.

Pero de corrupción lo acusaron y eso tuvo un efecto tan negativo en sus aspiraciones presidenciales como sus anodinas presentaciones de Power Point. Sin voces creíbles que defendieran su honorabilidad, Anaya se defendía a sí mismo en enredados mensajes en video en los que aparecía explicando en un pizarrón la legalidad de sus millonarias inversiones en bienes raíces. En una campaña en la que la honestidad era el centro del debate, Anaya se quedó sin nada que ofrecer. Luego de la derrota, salió de México sin asumir responsabilidad alguna por su fallida campaña presidencial. Nunca un mensaje a los panistas rindiendo cuentas de sus decisiones como presidente del partido y candidato autoimpuesto. Mucho menos una explicación a los ciudadanos que votaron por él. Simplemente desapareció y reapareció cuando así lo consideró conveniente a sus intereses.

Anaya regresó a México en 2020 y anunció que buscaría de nuevo la presidencia en 2024. Para ello, reveló de inmediato una estrategia distinta: ahora se convertiría en un “político de tierra”, al estilo de López Obrador. Recorría municipios, hablaba con la gente, comía tacos en humildes viviendas, se subía al transporte público… o más bien, se esforzaba para que todos lo viéramos en videos en redes sociales haciendo todo eso. Al mismo tiempo, volvía a comunicar que él sabe exactamente cómo resolver los problemas del país y cuatro años antes de las elecciones ya estaba lanzando un grueso libro con ideas de política pública, la gran mayoría de ellas atendibles técnicamente, pero sin la capacidad para generar debate.

Con la pandemia y sus terribles consecuencias sociales y económicas vino el siguiente cambio en la estrategia de Anaya: tratar de convertirse en “el AMLO de AMLO”. Dándose cuenta de que el ánimo ciudadano no se moviliza con las propuestas sino con las narrativas, comenzó a construirse una historia de antagonista del presidente. De modo desafiante, Anaya interpelaba a López Obrador en videos criticando los desastrosos resultados que el populismo muestra en prácticamente todos los frentes. Usando un lenguaje coloquial, Anaya buscaba desesperadamente demostrar que la emoción de su discurso está centrada en la indignación por los efectos de los múltiples yerros, abusos y excesos del gobierno de AMLO. La estrategia parecía funcionar por momentos, sobre todo cuando el presidente respondía a los ataques, aunque también tenía sus desventajas, pues Anaya terminaba más a menudo como protagonista de memes en redes sociales que como portavoz del malestar con el gobierno.

Según Catherine Fieschi, la comunicación política en la era populista exige cuatro elementos: sencillez en las ideas y el lenguaje, inmediatez en los resultados prometidos, transparencia radical, es decir, una exhibición permanente ante la mirada del público y, el ingrediente central, autenticidad, entendida como la capacidad para mostrar al político tal cual es, con sus virtudes, pero sobre todo con sus defectos. Anaya nunca ha sido auténtico, es decir, nunca ha hecho una exhibición orgullosa de sus defectos. Al contrario, siempre trata de ocultarlos. Si se le acusa de seriedad, trata de hacer o decir cosas simpáticas. Si se le acusa de elitismo, trata de mostrarse sencillo con la gente de a pie o de replicar el habla de las clases populares, aunque sea evidente que él no habla así. Si se le señala por falta de emoción, repite en sus videos que tal o cual cosa “le da muchísimo coraje” o “mucha tristeza”. Ese esfuerzo desmedido por sobrecompensar sus carencias de modo calculado es tal vez lo que más lo aleja de la gente. Su falta de autenticidad se vuelve falta de credibilidad. Por eso, ante acusaciones de corrupción que no son mucho más graves que las que pesan sobre otros políticos, paga un costo muy alto.

Hoy, Anaya se encuentra de nuevo en una situación difícil. La Fiscalía General de la República ha lanzado nuevas acusaciones en su contra. Él se ha declarado perseguido político y ha anunciado su salida de México en un mensaje que guarda ecos del inflamado discurso que AMLO dio en 2005 durante su proceso de desafuero. Como en 2018, Ricardo Anaya decide que lo mejor es irse. Mientras tanto, López Obrador se sigue solazando en el uso faccioso de las instituciones del Estado para intimidar a sus enemigos políticos. Nada queda de aquel opositor que en 2005 denunciaba en su discurso contra el desafuero los “procedimientos deshonrosos para nuestra incipiente democracia” que “degradan las instituciones de la República”.

Sin duda, el acoso político y judicial desde el gobierno en contra de la crítica y de la oposición legítima es reprobable y debe rechazarse enérgicamente. Al mismo tiempo, la sociedad tiene derecho a demandar de la oposición liderazgos políticos sólidos y viables. Ante un gobierno que muestra sus rasgos autoritarios cada vez con mayor desparpajo, esa viabilidad exige un expediente personal que no pueda ser usado como arma de chantaje. Debemos alzar la voz para deplorar la burda persecución contra Ricardo Anaya o contra cualquier opositor. Pero también debemos alzarla para decirle a él, y a toda la oposición, que México necesita otro tipo de liderazgos si realmente se le quiere poner fin al costoso experimento populista en 2024.