Sé un buen NPC

Del hemiciclo a TikTok, proliferan los sermones que sueñan con una ciudadanía perfecta y sin albedrío: un mundo ideal en el que nadie querría vivir.
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El Congreso es la catedral de la democracia. Allí, los diputados y diputadas representan la pluralidad ciudadana, materializan la voluntad popular y se esfuerzan por afrontar sus retos con el debate como herramienta. O así sería, al menos, si el Congreso no fuera una extensión de TikTok.

Estos días, una diputada ha salido al estrado y nos ha echado la bronca a todos sus representados a cuenta de lo que han dicho un influencer y un insultador profesional muy querido por todos. Daba un poco igual, porque el hemiciclo estaba medio vacío. Si ha llegado hasta mí es, precisamente, porque el Congreso es una extensión de TikTok; un generador de lo que mi amigo Luis Platypus llama charobait y fachabait: frasecitas exasperantes elaboradas a partir de bellos ideales que corren como la pólvora por medios de comunicación y mantienen a la ciudadanía escandalizada con furias express.

Lo que ha querido decir la señora diputada, en representación del Pueblo, es que tal influencer y tal insultador han pensado mal. Regaña, en tono de profesora de primaria, porque ha pillado a estos dos pero sabe que hay muchos más. Y tiene razón en su diagnóstico: si todas las personas pensaran como ella dice, el mundo sería un lugar perfecto. No habría crímenes ni violencia, sino respeto y cordialidad. Es una pena que haya gente obstinada en no hacerle caso. Solo queda un camino: hacer pedagogía, vigilar a quien dice las cosas que no deben decirse, echar regañinas. Es decir, convertirnos en clones intercambiables que han renegado del libre albedrío. Santurrones sin concupiscencia ni pensamientos impuros, incapaces de desear lo desconocido, lo extraño, lo inesperado. En lenguaje contemporáneo a estas personas se les llama NPC o non playable characters, en referencia a los personajes de videojuego cuyo comportamiento está fijado y no se puede alterar. Asegúrate de ser un buen NPC, nos dice la representante del Pueblo, porque solo ellos conocerán un paraíso sin llanto ni dolor: el estado de enepecidad total.

En España invertebrada Ortega y Gasset nos explica esta posición: “Se trata de una actitud mental sobremanera cómoda. Es muy fácil, en efecto, dibujar una organización social esquemática que presente una faz atractiva. Basta para ello que supongamos imaginariamente realizados nuestros deseos o que, abandonando nuestro intelecto a su puro movimiento dialéctico, construyamos more geometrico un cuerpo social dotado de todas las perfecciones formales que tienen un polígono o un dodecaedro. Pero esta suplantación de lo real por lo abstractamente deseable es un síntoma de puerilidad. No basta que algo sea deseable para que sea realizable, y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se nos antoje deseable para que sea la más deseable.”

La señora diputada es solo un ejemplo de lo que Nietzsche llama sacerdotes ascéticos, denominación que tengo a bien actualizar como aestheticos, porque han proliferado fecundamente en el ecosistema de la comunicación digital. Son gente que se pasa el día regañando pero que, en cuanto les pillas en un descuido, resulta que hacen lo contrario de lo que predican. De ellos dice Nietzsche en La genealogía de la moral:

Disfrutan ya de sus recelos, de sus cavilaciones sobre maldades y perjuicios aparentes, revuelven las entrañas de su pasado y de su presente buscando historias oscuras y dudosas en las que puedan entregarse al placer de una sospecha mortificadora y embriagarse con el veneno de la propia maldad…, reabren las heridas más antiguas, se desangran por llagas curadas hace mucho tiempo, convierten en agresores al amigo, la mujer, los hijos y todo lo que tengan cerca. “Sufro: alguien debe tener la culpa”…, así piensa cualquier oveja enferma.

Los sacerdotes aestheticos, en su voluntad de poder, reparten culpa en nombre de la enepecidad. Será un mundo perfecto, dicen, solo hay que despojarse de la humanidad: del error, del pecado, de las pasiones. Un mundo ideal, pero un mundo en el que yo no querría vivir.


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